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Turia 85-86 Turia

Laín Entralgo «desde dentro»

por Diego Gracia
Turia nº 85-86, Marzo / Mayo 2008

Número de páginas: 6
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Otro término que aparece en el discurso es el de «destino». Ya hemos visto la significación que tuvo en la obra de Ortega. El destino es eso que nos trasciende y orienta nuestra vida. José Antonio había utilizado antes el término «síntesis trascendente». Ahora aparece la palabra «destino»: «Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino». Frente a la división, la síntesis, frente a la separación, la unidad. ¿En qué? En los valores comunes, que son trascendentes, pero que se van descubriendo a lo largo de la historia, como Scheler señaló. Los valores son trascendentes; por eso José Antonio dice, poco después, que el ser humano es «portador de valores eternos». Pero el descubrimiento y la realización de esos valores son siempre históricos. El destino de España viene determinado, pues, por esos valores eternos y su realización a lo largo de la historia de nuestro pueblo. José Antonio lo tiene claro: España ha sido grande al permanecer fiel a ese su destino, y ha entrado en decadencia y en luchas fratricidas al hacer lo contrario.
No todos los valores son espirituales. Hay otros de rango inferior. El destino se cumple cuando, como señala Scheler, se respeta su «jerarquía». He aquí otro término que Laín conocía bien y que encuentra repetidamente en el discurso. «Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros retendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.
El «gueto al revés»
Lo que José Antonio proponía era una revolución, frente a la reacción de las derechas. Pero una revolución de los valores eternos y superiores, los personales, no la revolución de la lucha de clases, para la que los valores más importantes son los económicos. Laín lee todo esto en la Pamplona de finales del verano del año 1936, al comienzo de la guerra civil. Sus antiguos planes tienen, cuando menos, que esperar a que la contienda acabe. Ahora hay que arrimar el hombro, tomar partido. Y decide afiliarse a Falange. Quiere contribuir a la revolución del espíritu, al diseño de una España mejor. Resulta que ha tenido que iniciar la aplicación de sus ideas antropológicas aun antes de formuladas.
La guerra es cruel. Supone la lucha a muerte entre seres humanos, lo que Laín más despreciaba. De ahí su propósito: hacer lo posible porque se alcance cuanto antes la concordia, la unidad, y que ese pío deseo de José Antonio, que todos los españoles puedan vivir en paz y armónicamente en España, se haga realidad. Los militares no lo entienden así. Bien lo va viendo a medida que transcurre el tiempo. Quieren condenar al enemigo a las tinieblas eternas. La política de Franco secunda esa actitud. Los falangistas de Burgos lo ven con preocupación, y se constituyen a sí mismos en un gueto , el que llamaron «gueto al revés». Era el gueto de quienes pretendían acabar con los guetos , en una España en la que cada vez eran más frecuentes.
Los valores morales del nacionalsindicalismo
La guerra acaba y las cosas siguen en el gobierno de Franco igual o peor. Ya no cabe la excusa de la guerra. Y el gobierno continúa ajeno por completo a los ideales de la Falange. Los falangistas se convencen, poco a poco, de que en la guerra han ganado las derechas tradicionales, las de siempre, las que ellos tanto odiaron. Esto comenzó con la Unificación de 1937, o quizá ya antes, con la toma del poder por el general Franco. Cada vez se ven a sí mismos menos franquistas; son falangistas, no franquistas. Es la época en la que Laín Entralgo escribe Los valores morales del nacionalsindicalismo. Es el texto de una conferencia pronunciada en noviembre de 1940 en el Primer Congreso Sindical. En ese momento, convencidos de que la política del gobierno se halla en manos no sólo ajenas sino hostiles al falangismo, creen que su única posibilidad está en la revolución sindical. El delegado nacional de Sindicatos, Gerardo Salvador Merino, hace lo posible para que así sea. Y Laín da la conferencia a petición suya. ¿Qué dice en ella? El título resume muy bien su contenido. Que la revolución falangista es una revolución moral, basada en los valores, en los valores superiores, los personales, y que eso hay que realizarlo a través de los sindicatos. Ellos son los que deben devolver la plusvalía de la producción a los trabajadores. No puede quedar en manos del capital, como dice la derecha, ni tampoco ser propiedad del Estado, como pretende la izquierda. No es de unos ni de otros, sino de todos, pero especialmente del trabajador.
Ni que decir tiene que esto también fracasó. Las derechas no estaban dispuestas a que los falangistas se salieran con la suya. Y Franco, tampoco. En julio de 1941 Salvador Merino es destituido. Con él se van al traste las últimas esperanzas falangistas de dirigir la política nacional. Ya no les queda más que una esperanza, que la ayuda venga de fuera. Y empiezan a pensar en que sólo el triunfo de los movimientos europeos antiliberales y anticomunistas, el nazismo alemán y el fascismo italiano, pueden hacer que el gobierno de España torne a la senda que nunca debió abandonar. No es que sean en el rigor de los términos nazis ni fascistas, pero sí consideran que son los movimientos que les pueden ayudar a que en España se instaure un régimen auténticamente falangista. Ellos saben muy bien que su jefe de filas, José Antonio, tomó distancias con el nazismo y el fascismo en cuanto los conoció de cerca, tras su viaje a Alemania en mayo de 1934. Hay similitudes entre nazismo, fascismo y falangismo. Pero hay también enormes diferencias. El nazismo exaltó hasta el paroxismo los valores vitales, algo que los falangistas, como católicos, no podían consentir. Si ellos buscaban algo era precisamente lo contrario. Tanto la exaltación por parte de los movimientos marxistas de los valores económicos como la de los valores vitales por el nazismo chocaban con sus convicciones más profundas. Los valores que tenían que triunfar eran los jerárquicamente superiores, los espirituales, los personales. Esto tampco se daba en el fascismo italiano, que puso en la cumbre los valores políticos, la Patria, el Estado, pero no los valores personales y religiosos. El nazismo fue ateo; el fascismo, pagano; la falange quería ser católica. En cualquier caso, a la altura de 1940, los falangistas creían que su ayuda resultaba necesaria para enderezar el curso de la política española. Y se hicieron filo-fascistas.
De la «asunción unitaria» al «pluralismo por representación»
Pero también esto fracasó con el final de la segunda guerra mundial. ¿Qué hacer entonces? Hay un periodo, que va desde 1944 hasta 1956, en que los falangistas de Burgos, Laín entre ellos, creen que sólo es posible buscar el cambio mediante el trabajo en el interior del propio sistema franquista. Es lo que cabe llamar la «apertura desde dentro». Se trata de hacerle respetuoso con el pluralismo, y conseguir que éste se halle representado en las estructuras del régimen. Es la fase que Laín ha llamado del «pluralismo por representación». Los sucesos universitarios de febrero de 1956 acabarán con estas ilusiones. Habrá que pensar en otra táctica. Comenzará entonces la fase que Laín ha llamado del «pluralismo auténtico».
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