En los primeros meses de 1936, Laín tiene una idea bastante madura de lo que quiere. No es una elección ciega. Para comprender su proyecto es preciso retrotraerse al año 1925. Las conferencias de un franciscano, Antonio Torró, le descubren algo que ya no abandonará nunca en su vida. El frailecito le explica que la esencia del cristianismo es el amor, el amor entre los seres humanos, el amor a las cosas; que Dios es amor. Hasta entonces, Laín había considerado las prácticas religiosas, bajo la influencia paterna, como ritos arcaicos, reaccionarios y de pésimo gusto estético. El cristianismo lo identificaba él con el tinglado eclesiástico, siempre dispuesto a tomar las actitudes más conservadoras, en defensa del poder establecido y de la oligarquía económica. Él ha visto con despego y displicencia eso que hoy se llama la «religiosidad externa» o puramente ritual. Torró le descubre que hay otra dimensión, la única creíble y auténtica, la propia de la «religiosidad interna». Su núcleo es el amor, el amor que une, que perdona, que descubre en las cosas y en las personas lo mejor que todas ellas tienen, que crea valores.
Pronto pondrá Laín en conexión este descubrimiento con dos lecturas, una española y la otra alemana. La española, las primeras páginas de las Meditaciones del Quijote de Ortega, publicadas en 1914. En ellas está el programa intelectual que Ortega se trazó a sí mismo al llegar a su primera madurez, a los treinta años de edad. ¿Cómo olvidarlas? «Hay dentro de toda cosa la indicación de una posible plenitud. Un alma abierta y noble sentirá la ambición de perfeccionarla, de auxiliarla, para que logre esa su plenitud. Esto es amor -el amor a la perfección de lo amado». Por eso él pensó llamar a este su primer libro no «Meditaciones» sino «Salvaciones». Salvar la realidad, y salvarla a través del amor, que nos la hace comprensible en toda su riqueza. «¡Santificadas sean las cosas! ¡Amadlas, amadlas! Cada cosa es un hada que reviste de miseria y vulgaridad sus tesoros interiores, y es una virgen que ha de ser enamorada para hacerse fecunda». Y más adelante: «El amor nos liga a las cosas, aun cuando sea pasajeramente [...] Hay, por consiguiente, en el amor una ampliación de la individualidad que absorbe otras cosas dentro de ésta, que las funde con nosotros. Tal ligamen y compenetración nos hace interesarnos profundamente en las propiedades de lo amado. Lo vemos entero, se nos revela en todo su valor». De ahí la consigna orteguiana, el «afán de comprensión», que le lleva a formular como canon moral el que llama «imperativo de la comprensión».
Todo esto, Laín lo integra, a la altura de 1936, con sus lecturas alemanas. La de Dilthey, el gran maestro de la comprensión como método de conocimiento; y la de Scheler, el teórico de los valores. De este autor son varios los libros que le influyen de modo decisivo. He aquí sus títulos y las fechas de publicación: El resentimiento en la moral, 1912, El formalismo en la ética y la ética material de los valores, 1913-1916, Esencia y formas de la simpatía, 1913-1922, El puesto del hombre en el cosmos, 1928. Algunos de ellos los lee traducidos por Revista de Occidente, como el primero. En Scheler descubre Laín las virtualidades filosóficas del amor en general, y del amor cristiano en particular. El amor, como decía Ortega, nos abre al mundo del valor, sobre todo al de los valores superiores, que son, precisamente, los personales. El ser humano es portador de valores. Esta expresión, que luego encontrará en José Antonio Primo de Rivera, forma parte de su gran proyecto de 1936. Scheler acabó prometiendo una Antropología filosófica que la muerte le impidió dar a luz. ¿Por qué no proponerse esa meta? En el esbozo que elaboró, ya al cabo de su vida, de esa antropología, en el opúsculo titulado El puesto del hombre en el cosmos, Scheler hace gala no sólo de una enorme creatividad filosófica, sino también de un importante bagaje científico. Es la líneaque Laín ha encontrado ya en Bergson y, en el caso español, en Zubiri. Eso es lo que quiere hacer en lo que le reste de vida. Elaborar una antropología a la altura de los tiempos, que integre los datos de la nueva ciencia y el tipo de aproximación propio de la nueva filosofía, la fenomenológica que cultivan los pensadores que él más admira, Scheler, Heidegger, Ortega, Zubiri.
Heridas de guerra
Y en esto le sorprende la guerra civil. Él es un sincero católico, y tiene clara la condena eclesiástica a que los católicos colaboren en partidos políticos socialistas o comunistas. Por otra parte, no hacía falta que la jerarquía se lo recordase. La experiencia de la segunda república le ha marcado profundamente. Ha asistido con inmensa decepción al espectáculo ofrecido por los partidos políticos. De una parte, los partidos de derechas, celosos en la defensa de los viejos privilegios, tanto monárquicos, el caso de Renovación Española y la Comunión Tradicionalista, como católicos, el de Acción Popular, o más tarde la CEDA . Él no tiene nada que ver con ellos. Los desprecia profundamente. Pero tampoco puede comulgar con la izquierda, a pesar de sus antecedentes familiares y de que su hermano José sea uno de los líderes de las juventudes socialistas. Las izquierdas defienden la lucha de clases, la antítesis de esa unión por el amor y la comprensión que él ha convertido en santo y seña de su vida. De la Santander republicana en que se halla el 18 de julio, pasa, a través de Francia, a Pamplona. Allí se pone, como médico, al servicio del ejército llamado nacional. Y le dan a leer un librito con discursos escogidos de José Antonio. ¿Qué encuentra en ellos?
En primer lugar, la decepción de un hombre joven, algo mayor que él, con finura intelectual y sensibilidad estética, ante el espectáculo de la política española del momento. José Antonio se revela contra los que llama tres grandes males de España: la escisión territorial (el tema de los separatismos), la escisión política (los partidos políticos) y la lucha de clases (el sindicalismo obrero). Son tres premisas basadas en el odio y el egoísmo, lo más opuesto al amor y la comprensión que pensarse pueda. El diagnóstico que José Antonio hace de los males de la segunda república coincide completamente con el suyo. El espectáculo de los partidos políticos fue bochornoso, la escisión de la unidad nacional, desgarradora, y el principio de la lucha de clases, inaceptable.
¿Y el tratamiento? ¿Qué terapéutica proponía José Antonio? Abramos el primero de los discursos que sin duda leyó, el del acto fundacional de Falange Española, pronunciado en el teatro de la Comedia el 29 de octubre de 19 33. «La Patria es una unidad total en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir ». Frente a la lucha de clases, la unidad de todos en esa síntesis trascendente que es la Patria. Para Laín eso que llamaba José Antonio «síntesis trascendente» adquiría un sentido preciso: el respeto de los «valores personales», esos que Scheler consideraba superiores, jerárquicamente superiores a todos los demás y que descubría el amor, en especial el amor agápe, el amor cristiano. No era una interpretación arbitraria. En el discurso había múltiples textos que apoyaban la lectura de Laín. He aquí uno: «Cuando se tiene un sentido permanente ante la historia y ante la vida, ese propio sentido nos da las soluciones ante lo concreto, como el amor nos dice en qué caso debemos reñir y en qué casos nos debemos abrazar, sin que un verdadero amor tenga hecho un mínimo de programa de abrazos y de riñas».