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Turia 85-86 Turia

Laín Entralgo «desde dentro»

por Diego Gracia
Turia nº 85-86, Marzo / Mayo 2008

Número de páginas: 6
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Pero hay, dice Ortega, un tercer mundo. Junto al orden del «ser» y el del «deber ser», está el del «tener que ser». Es la «vocación », o lo que clásicamente se llamaba así, eso que surge con fuerza irresistible desde el interior de nosotros mismos y que se nos impone de forma imperativa. Lo cual significa, continúa Ortega, que hay un imperativo superior al del deber ser, el del tener que ser. Si el imperativo es el dominio de la ética, es preciso concluir que ésta hunde sus raíces no en ese fondo insobornable que nos dice a todos lo que tenemos que ser. La ética del deber ser es la de las normas genéricas, abstractas, universales. Por el contrario, el tener que ser es personal e intransferible, es lo que debemos ser si queremos mantenernos fieles a nosotros mismos. El otro término que suele utilizarse para caracterizar este nivel radical del tener que ser, es el de «destino». Destino es palabra que en español cubre dos ámbitos semánticos que otras lenguas designan con términos distintos. Así, el alemán distingue perfectamente Schicksal de Bestimmung. El primero es el destino implacable de las leyes de la naturaleza, que no está en nuestras manos el cambiar. Destino es aquí sinónimo de fatalidad. El otro, por el contrario, es el destino personal, que sí podemos torcer. En este segundo sentido, se puede ser o no fiel al propio destino. Este significado es el que viene a identificarse con vocación. Pues bien, él es el propio del tener que ser. Estamos destinados a hacer tales cosas, a ser pintores, o poetas, etc. Esa vocación podemos seguirla o no. Cuando no lo hacemos, violentamos toda nuestra vida, convirtiéndola en falsa, en inauténtica, negándonos a nosotros mismos. Nuestro destino habrá fracasado, y con él nosotros.
Eran necesarias estas precisiones para dar ahora una definición precisa de lo que es una biografía. Se trata de comprender a una persona «desde dentro», lo cual no se identifica con hacer arriesgadas interpretaciones psicológicas o psicoanalíticas, sino ver si el sujeto en cuestión fue fiel a su propio destino. Hay personalidades plenamente logradas, porque su trayectoria vital parece coincidir por completo con lo que fue su destino, y otras que son palmarios fracasos. Adviértase que el destino o la vocación no coinciden necesariamente con las habilidades. Hay personas muy dotadas para la pintura y que sin embargo no tienen vocación de pintores. Ortega piensa que éste fue el caso de Velázquez. Nadie más dotado que él, pero a la vez pocos con menos interés por lo que hacía que él mismo. Las habilidades pueden llevar al éxito en la vida, al reconocimiento social. Velázquez lo tuvo. Le admiramos como pintor, pero su vocación no fue otra que la de cortesano, gentilhombre, noble. Otras veces el éxito es el gran enemigo de la propia vocación. Tal fue, para Ortega, el caso de Goethe. Su éxito se convirtió en su gran trampa. De ahí que en el fondo del personaje anide un profundo fracaso. Si visto «desde fuera» Goethe fue todo éxito, «desde dentro» cabe verlo como una vida frustrada, inauténtica, falaz.
Goya, Servet, Cajal
Hay veces en que la vocación o el destino consiguen modelar ejemplarmente la vida de las personas. No sucede con frecuencia, pero cuando ocurre se convierte en un caso ejemplar, señero, admirable, modélico. Aragón ha sido pródiga en este tipo de personajes. Ortega recuerda uno, Goya. Para él, es la antítesis de Velázquez. Si éste fue un pintor con éxito pero sin vocación, a aquél le sucedió exactamente lo contrario, su dominio de la técnica no fue a veces perfecto, pero tuvo una inmensa vocación de pintor, y toda su obra no fue otra cosa que el testimonio pictórico de su destino personal. A Goya no podemos entenderlo más que como pintor. Eso fue su vida. Él vivió pintando, y vida y pintura se funden en él indisolublemente.
Decía que Aragón ha sido tierra pródiga en este tipo de personalidades. Citaré dos más, Servet y Cajal. Miguel Servet fue médico, pero su gran vocación fue teológica. Él fue un reformador religioso, la única gran aportación española al movimiento de la «reforma radical» del cristianismo, frente a la «reforma institucional » luterana, calvinista y anglicana, y a la «contrarreforma» católica.
No es éste el momento de exponer en qué consistió aquélla, pero sí es del caso añadir que la mayor prueba de coherencia entre vocación y vida está en dar esta última por aquélla. Y eso es lo que hizo Servet: dar su vida en defensa de su vocación, frente a su adversario Calvino.
Se puede dar la vida por la religión. Puede darse también por la ciencia. Es el caso de Cajal. Quien haya leído Mi infancia y juventud sabe perfectamente cuál era la vocación primera del joven Santiago, la pintura, el dibujo. Pronto fue descubriendo en el interior de sí mismo otros intereses, el principal, el investigar los misterios de la vida y, de ese modo, contribuir a la regeneración de España. Centró su atención en la histología del sistema nervioso, la sede del pensamiento. ¿Renunció por ello a su primera vocación, la de dibujante? Por supuesto que no. Basta contemplar los cuidadosísimos dibujos histológicos de Cajal para darse cuenta de que consiguió realizar su primera vocación en el trabajo histológico. Cajal no hubiera sido lo que fue sin su pasión por captar visualmente los detalles y plasmarlos en una superficie blanca. En Cajal, en fin, su vida y su vocación muestran una sorprendente y admirable convergencia. Visto «desde dentro», es una vida lograda.
El joven Pedro Laín
Pues bien, algo muy similar cabe decir de Pedro Laín Entralgo, otro aragonés de pro. Tengo para mí que la llamada tozudez del aragonés no es otra cosa que su persistencia en el objetivo de llevar a término su propia vocación, de ser sincero y honesto consigo mismo. En la vida de Laín eso ha sido una constante. De ahí que, a pesar de los vaivenes de una existencia movida, a veces convulsa, haya en su biografía una enorme coherencia interna, una gran fidelidad a sí mismo, un intento denodado por ser aquello que creía en cada momento tener que ser.
Nace Laín en Urrea de Gaén el 15 de febrero de 19 08. A su padre lo describe como agnóstico y liberal, pero con un exquisito sentido del deber, y a su madre como ferviente católica. Pronto despunta en él la vocación intelectual. Comienza a estudiar Ciencias Químicas en Zaragoza, y se apasiona por los avances de la naciente física, que permiten explicar a nivel atómico y molecular el mundo de la materia. A ello quiere dedicar su vida. Las circunstancias le llevan a estudiar Medicina, y allí descubre otro enorme horizonte, el de las ciencias humanas. También esto le apasiona, quizá más que lo primero. Y en un intento por compaginar ambos intereses, lee, lee mucho, sobre todo filosofía: Dilthey, Scheler, Heidegger, Unamuno, Ortega, Zubiri. Y decide que su verdadera vocación es la filosofía. De hecho, en los primeros meses del año 1936 ha resuelto iniciar una tercera carrera, la de filosofía, en la Facultad en la que enseñan Ortega y Zubiri. ¿Con qué objetivo? Con el de llegar a ser, si las circunstancias lo permiten, profesor de Antropología filosófica en esa misma Facultad. Lo que más le interesa es el ser humano, la Antropología. En la Facultad de Madrid, que tan buenos profesores tiene, no hay una cátedra dedicada a su estudio, no se le dedica la atención que él cree que merece, y que testimonian sus lecturas alemanas. Cree que su propia formación científica, en Química y en Medicina, le permite enfocar el tema del hombre en una perspectiva más amplia y comprensiva que la de los meros filósofos, por un lado, y la de los puros científicos, por otro. A la altura de 1936, cuando Laín tiene veintiocho años, cree haber dado, definitivamente, con su vocación. Ya sabe lo que quiere ser; aún más, lo que tiene que ser en la vida para conservar la fidelidad a sí mismo.
Laín descubre su vocación
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