EL día 15 de febrero se ha cumplido el centenario del nacimiento de Pedro Laín Entralgo en Urrea de Gaén. Su larga vida le permitió no sólo vivir intensamente gran parte del siglo veinte, el suyo, sino también asomarse al veintiuno. Él perteneció a la llamada «generación de 1936», la de aquellos jóvenes que vivieron su adolescencia en los turbulentos años de la segunda república y que llegaron a la primera madurez de sus treinta años en plena guerra civil. Se la ha llamado también la generación de la guerra civil. A todos les marcó para el resto de sus vidas. Los historiadores suelen decir que sólo transcurridos unos cincuenta años de los acontecimientos se gana la suficiente perspectiva para poderlos juzgar objetivamente. Ya se ha cumplido ese plazo con la generación de Laín. Por eso no puede extrañar que sea ahora cuando está comenzando su estudio riguroso.
Han abierto la brecha varios trabajos importantes sobre el más político de los miembros del grupo de Burgos, Dionisio Ridruejo. Este año, el del centenario del nacimiento de Laín, debe servir para que se inicie la recuperación seria y objetiva de su figura y, sobre todo, de su obra. Intentaré explicar por qué.
Se trata de hacer historia. Laín es un personaje importante de la historia de España en varios sentidos; al menos en dos, el político y el intelectual. Es el momento de situar a Laín en el contexto de la historia contemporánea de España. No es tarea fácil. Sobre todo porque padecemos una crónica e inveterada confusión entre historia y biografía, cuando no entre historia y hagiografía. No es fácil hacer historia. De ahí que se la confunda con cosas que se le parecen pero que no lo son. La más frecuente es la biografía. Historiar a Laín Entralgo no se identifica con narrar su vida. La diferencia entre biografía e historia es la misma que Hegel estableció entre espíritu subjetivo y espíritu objetivo. Pocas personas lo han visto con tanta claridad como Ortega. Él dijo y repitió que la historia no se ocupa de las personas sino de aquellas estructuras objetivas que tienen vigencia supra o extraindividual, que funcionan con lógica propia y se imponen a los propios individuos. En el orden social, eso sucede con lo que Ortega llamó «usos» y «costumbres». Y en el histórico, con las «generaciones». De ahí que Ortega les concediera tanta importancia. Los seres humanos hacemos cosas, creamos, innovamos, pero siempre dentro de unos contextos que nos determinan o, al menos, condicionan. Tales son la geografía, la lengua, la economía, etc. Pero también los hábitos sociales, los usos y costumbres de las sociedades. Podemos innovar, por supuesto, pero dentro de ese marco que nos trazan cosas que nos vienen impuestas y se hallan dotadas de carácter absolutamente impersonal.
Lo impersonal en la historia
La historia es por completo impersonal. Hoy suele expresarse esto diciendo que tiene carácter social. Así es, si se entiende correctamente lo que eso significa. No hay «historia personal»; es un contrasentido, lo mismo que lo es también hablar de «historia natural». Historia no tienen más que los seres humanos. Pero su vida personal sólo se hace historia por vía de impersonalización. Si es personal, no es histórico; y si es histórico, no es personal. Veamos por qué.
Pensemos en cualquier creador señero, Goya, Picasso, el propio Ortega y Gasset. El pintar los fusilamientos del dos de mayo, la pradera de San Isidro, los frescos de San Antonio de la Florida, o la maja desnuda, fueron actos de creación personal. Goya vivió el arte, la belleza y supo recrearla, plasmarla en cuadros inolvidables. Esas obras son creaciones personales suyas. Pero una vez pintados, esos cuadros cobran vida propia, por supuesto distinta a la de su autor, hasta el punto de que desaparecido éste continúan ganando o perdiendo vigencia, etc. Una es la vida de Goya y otra la de sus cuadros. Éstos son elementos de eso que llamamos cultura, y que no es otra cosa que la objetivación de las creaciones humanas sobre la tierra. La cultura es espíritu objetivo u objetivado, es decir, espíritu que ha perdido su momento de subjetividad, aquél que hizo nacer esas obras, pero que una vez producidas desaparece, o al menos camina por unos derroteros distintos a los de lo creado. La función del historiador es descubrir y describir la estructura de ese espíritu objetivo, su lógica, sus características fundamentales. No se trata de saber lo que hacen las personas sino, muy al contrario, de conocer las estructuras impersonales en que las personas viven y desde las que conciben y ejecutan sus propias creaciones.
Lo personal en la biografía
La mayor dificultad no está, empero, en comprender lo que es la historia sino el sentido de la biografía. ¿Qué es una biografía? ¿Se trata de una historia en pequeño, de un intento de historiar una persona, en vez de hacerlo con un país o una época? ¿Es la biografía una historia menor, una minihistoria? Así se ha concebido múltiples veces. En última instancia, el biógrafo tiene que servirse de las mismas artes que el historiador, el estudio de los datos fehacientemente documentados o testificados, la reconstrucción de los llamados hechos históricos. En la historia social esos hechos serían supraindividuales, en tanto que en la biografía serían individuales; si se quiere, personales.
Esta tesis es tanto más plausible, cuanto que la mayor parte de las biografías se limitan a eso. Habría una gran historia, la historia social, y una pequeña historia, la historia individual. Al biógrafo le sucede lo mismo que al historiador social, que ha de quedarse en la periferia del personaje que estudia, en lo objetivo que es también, necesariamente, lo más impersonal. Sería absurdo pretender otra cosa. La biografía siempre se hace «desde fuera». Los intentos de penetrar en los secretos de los personajes, tantas veces repetidos, siempre acaban en fracaso. Nadie puede estudiar a un personaje «desde dentro». Los psicólogos y psicoanalistas lo han intentado mil veces, y siempre de modos poco satisfactorios. ¿Pero qué puede significar el estudio de un personaje «desde dentro»? Indudablemente, no el meterse dentro de él. Es obvio que eso resulta imposible. De ahí que no debamos suponerlo cuando personas inteligentes lo dicen. Por ejemplo, Ortega escribió un famoso ensayo titulado Pidiendo un Goethe desde dentro. ¿A qué se refería? ¿Qué significado tiene en su obra la expresión «desde dentro»? Merece la pena que lo analicemos, pues ello nos va a dar la clave de lo que puede y debe entenderse por biografía.
Ser, deber ser, tener que ser
Ortega se revela contra las personas que escriben biografías como quien hace historia. Su propio método les obliga a quedarse en la sobrehaz del personaje, en los «hechos», lo que esas personas «hicieron» o «fueron». Pero más allá del «ser», dice Ortega, está el «deber ser». Una cosa es lo que hicieron y otra muy distinta lo que debieron ser y no fueron. Esto se advierte muy bien comparando la biografías antiguas con las modernas. En éstas se relatan hechos, se nos dice lo que el personaje hizo. En las biografías antiguas no sucede así. Los poemas homéricos, las canciones medievales de gesta, las vidas de santos, los propios textos sagrados, no tienen como objetivo contar lo que sus protagonistas hicieron, sino lo que debieron hacer, aquello que debieron ser. Por eso acaban haciendo de ellos personajes ejemplares, admirables. Lo que el biógrafo se propone es crear un modelo de vida, que pueda servir de ejemplo a los demás. Su función no es descriptiva sino prescriptiva; no histórica sino moralizadora. El mundo real, el del ser, no es el más importante; el mundo por antonomasia es el del deber ser, por más que pertenezca al orden de lo irreal.