Se puede
relacionar su interés por la autobiografía con su obsesión por el retrato y
el autorretrato, las cuales arrancan de antiguo. A grandes rasgos se pueden
distinguir tres tipos distintos de autorretratos: de género en su juventud;
los surrealistas, en los que su faz se confunde con otros objetos en los cuadros
anamórficos; o los autorretratos dobles, de sus últimos años, en los que aparece
junto a Gala. Desde muy joven Dalí cultivó el autorretrato como tema pictórico.
De la época de Madrid sobresalen "Autorretrato con ‘L'Humanité'" (1923), en
el que su rostro aparece ya sin boca (como en "El gran masturbador") y "Autorretrato
con ‘La Publicitat'" (1925), en el que somete la figura a una dinámica de planos
en aceleración vertical, siguiendo el ejemplo del futurismo o el vibracionismo
de Rafael Barradas. Con García Lorca compartió esta afición, como comprobamos
en "Retrato triple de García Lorca", Café Oriente, Madrid, 1924, o "Autorretrato
dedicado a Lorca" (1926-27). En "Pez y ventana (Naturaleza muerta al claro
de luna malva)" (1925) reconoció que había dibujado un retrato de Federico
García Lorca, "pero la sombra del busto es la sombra que corresponde a mi propia
sombra, o sea un poco la sombra de un autorretrato."
[ 5 ] En 1926, ilustró un texto de J.V. Foix, "Introducción
a Salvador Dalí" , en
L'Amic de les Arts, que más tarde serviría para
presentar la primera exposición en la Galería Dalmau, con un dibujo de las
cabezas unidas de Dalí y Lorca, para el que escogió el título de "Autorretrato".
En la época surrealista desarrolló una versión de su rostro
de perfil, con los ojos cerrados y sin boca, inspirado en una roca de la cala
Cullaró del cabo de Creus. Esta versión se repite en gran número de cuadros,
la cual le sirve para ilustrar su condición de onanista. En las memorias lo
explicó así: "Representaba una gran cabeza, amarilla como la cera, muy encarnadas
las mejillas, largas las pestañas, y con una nariz imponente apretada contra
la tierra. Este rostro no tenía boca, y en su lugar había pegada, una enorme
langosta. El vientre de la langosta se descomponía y estaba lleno de hormigas.
Varias de esas hormigas corrían a través del espacio que habría debido llenar
la inexistente boca de la gran cara angustiada, cuya cabeza terminaba en arquitectura
y ornamentación estilo 1900."
[ 6 ] En efecto, la base de la cabeza
sugiere un pedestal de estilo modernista que se repite en diversas ocasiones.
Es semejante al pedestal de la estatua dedicada a Frederic Soler, también conocido
como Serafí Pitarra (1838-1895), que se encuentra en la Rambla de Barcelona,
cerca del Liceo.
Más tarde explicó el cuadro así: "El erotismo es una parte
infinitesimal de nuestro mundo interior. Después de Freud, es el mundo exterior,
el de la física, el que convendría erotizar y cuantificar. Todo el horror
de este cuadro está para mí en el hecho de que la cara no tiene boca. En su
lugar, hay un terrorífico saltamontes."
[ 7 ] El rostro de Dalí contrasta la
dureza de las rocas en que se apoya, con la fragilidad de esta nariz apoyada
en el suelo. Además, hay una serie de símbolos fálicos: el lirio, la lengua
del león. El autorretrato de "El gran masturbador" aparece en una versión en
miniatura debajo de un busto de Guillermo Tell, en "La memoria de la mujer-niña"
(1931).
En "Profanación de la hostia" (1929) repite cinco veces la
misma cara de "El gran masturbador". De la cara situada en la parte superior
del cuadro cae semen manchado de sangre encima de la hostia. El cuadro no debe
leerse sólo en clave antirreligiosa, sino como expresión del rechazo del deseo
y con la teoría del simulacro que había teorizado en "El asno podrido". Para
Dalí hay tres grandes "simulacros": la sangre, los excrementos y la putrefacción.
Sangre y putrefacción aparecen en este cuadro. Rompe así con grandes tabús.
Como ha indicado Lubar, Dalí llega a invertir el dogma católico de la transubstanciación
de Cristo para atacar a los agentes de la represión. La idea de la transubstanciación
es una metáfora de la disolución del yo, puesto que el deseo amoroso y el rechazo
o la llamada de la muerte, son los dos grandes instintos que controlan los
límites corporales y psíquicos.
[ 8 ] Santos
Torroella ha indicado que el tema del semen y la hostia puede tener su origen
en la novela de Ernesto Giménez Caballero,
Yo, inspector de alcantarillas (1928),
en la cual un viejo jesuita recuerda cómo un compañero suyo de colegio solía
alardear de haber eyaculado encima de un cáliz, mientras exclamaba "me corro
en Dios y en la Virgen, su madre, y en el copón bendito."
[ 9 ] (
VD,).