Múltiple en su desaforo, surrealista
en sus inicios, rebelde contra tantas causas, oportunista en la edad madura. El
sueño sería poder reducir todo Dalí en un objeto, como alguien intentó concentrarlo
en un rostro. Las dificultades serían muchas, la selección casi imposible. De
hecho podría reducirse toda su obra a un inmenso autorretrato, en el que de
forma superficial, en ocasiones, y llegando a los recovecos más espeluznantes
de su ego, en otras, describe los avatares de una personalidad tremendamente
narcisista. Pero, por fortuna, los artistas son varios, pasan por fases diversas,
evolucionan y al culminar su vida vuelven a unos, pocos, mitos y obsesiones
de juventud, las que de verdad impulsaron un choque contra el mundo. Dalí,
excelente escritor siempre, artista excepcional, aunque discutido a partir
de 1940, nos ha dejado una larga serie de señuelos a lo largo de su trayectoria. Y
manifestó por escrito en varias ocasiones su intimidad.
Dalí es una figura incómoda. Genial, irreverente, insultante. Su obvia
genialidad roza, por momentos la inocencia más absoluta y se le convierte en
un engorro. Para sí mismo, para muchos de sus lectores, para los espectadores.
Hay un tono de suficiencia y superioridad que preside buena parte de sus escritos: "Tengo
la seguridad de que mis facultades de analista y de psicólogo son superiores
a las de Marcel Proust. No sólo porque, entre los múltiples métodos que él
desconocía, yo me apoyo en el psicoanálisis, sino, sobre todo, porque la estructura
de mi espíritu es de un tipo eminentemente paranoico y, por tanto, el más indicado
para esta clase de ejercicio, mientras que la estructura del suyo es la de
un neurótico deprimido, es decir la menos apta para sus investigaciones."
[ 1 ]
Hay una
gran unanimidad de criterio en la valoración positiva de la obra pictórica
de Dalí anterior a 1940. Las disensiones se abren después de esas fecha. Pero
es obvio que el mercado artístico y el gran público han continuado favoreciendo
su obra a pesar de las opiniones divididas de gran parte de la crítica. Un
lugar común en los estudios dalinianos dice que el artista efectuó un cambio
radical en su trayectoria a partir de 1940. Y como tantos lugares comunes
tiene un fondo de verdad. Después de la residencia de más de 8 años (de 1940
a 1947) en los EEUU, con motivo de la segunda guerra mundial y la ocupación
nazi de Francia, Dalí cambió radicalmente. En los fundamentos de su arte,
en su sistema de relación con el mundo artístico. Desaparecieron los marchantes
y fueron sustituidos por Gala. Y se inició un giro en su arte que puede ser
leído como relectura y parodia de su paso por el surrealismo. Como en otros
artistas, se produce una relación especular (parecida a la que se produce entre
el Antiguo y el Nuevo Testamento) entre la primera parte de su vida, de formación
y triunfo, y una segunda de formalismo y decadencia.
Y en esa maniobra,
de reinvención y de reordenación, juega un papel decisivo la literatura autobiográfica. Esta,
a través de sus diversos modos, nos permite la ilusión de un acceso privilegiado
a su intimidad. Aunque, por su misma naturaleza, y por su conocimiento espaciado,
no completamente controlado por Dalí, se ha convertido en un campo de minas.
De sorpresas y contradicciones. De denuncias y confirmaciones.
Nativo del Ampurdán, una comarca famosa por la gran cantidad de "esventats"
tocados por la tramuntana, el fuerte viento del norte, que ha producido, Dalí ha
conseguido integrar en su obra obsesiones y paisajes genuinamente ampurdaneses,
de Figueras, Cadaqués y Port Lligat. Son paisajes -ahora ya engullidos por
el torbellino del ladrillo-, que eran de una mineralidad intensa, de una belleza
pura, de una dureza liminar. En un caso bien particular de lo que Hobswan calificó como
"la invención de la tradición", Dalí se creó a sí mismo a partir de la apropiación
de la tradición. O de la invención de una, a la medida de sus propios intereses
y necesidades. La notable
Vida secreta es un ejercicio de dimensiones
colosales en una melagománica ceremonia de la confusión, en una maniobra de
la perversión. Como afirmó Luis Romero: "Inquietante y paradójico Dalí, derrochador
de ingenio extrapictórico, discutible, discutido, catártico, racionalizador
de lo irracional, suscitador de entusiasmos desbordados, catalizador de reacciones
furibundas, subversivo, virulento, injusto con quien siguen distintas vías."
[ 2 ]
He apuntado al principio
que podría resumirse la totalidad de la obra de Dalí, literaria y pictórica,
a un inmenso autorretrato. Los biógrafos y críticos que aprovechan su voz,
a través de sus escritos literarios (prosas poéticas, memorias, diarios y ensayos,
entrevistas) deben hacerlo siempre cum grano salis, puesto, ¿hasta qué punto
es creíble su voz? Buena parte de la obra pictórica de Dalí puede ser leída
como capítulos de una inmensa autobiografía. Dejo para ellos la labor ingente
de analizarla desde esa perspectiva. Pero, desde la palabra, Dalí nos presenta
una obra mucho más limitada. De hecho, me interesan tres aspectos de su obra:
las memorias de 1942 (escritas a la edad de 37 años), con las que organiza
y justifica un abandono del surrealismo y el proceso de comercialización que
adoptó; los diarios escritos entre 1952 y 1964, que son, en apariencia, una
clara maniobra de autopromoción, pero que, al mismo tiempo contienen reflexiones
importantes sobre su estado en aquel momento; las cartas escritas a los amigos,
recuperadas después de su muerte, que no han podido ser manipuladas y son unas
de las vías de acceso más veraces a la intimidad del maestro ampurdanés.
Como afirmó Gilbert
Lascault, los textos literarios de Dalí despiertan dos tipos de respuesta:
la sospecha y la agresividad; o los subordinan a una lectura los cuadros.
[ 3 ] Por
fortuna se adivina otra, más útil, centrada estrictamente en el valor literario
de los mismos y, entonces, Dalí sobresale siempre como un autor original: una
de las voces mayores del Surrealismo, en su etapa catalana y parisina. Y un
autobiógrafo de gran calibre. A pesar de la crítica negativa de
La vida
secreta que escribiera Georges Orwell, en la que le criticaba el hecho
de no cumplir con una condición de las grandes autobiografías: revelar alguna
desgracia. Pero Dalí sí cumple con una condición general que impuso hace tiempo
Paul Ricouer: "Existe entre la actividad de contar una historia y el carácter
temporal de la experiencia humana una correlación que no es puramente accidental,
sino que presenta una forma de necesidad transcultural. O dicho de otro modo:
que
el tiempo se hace tiempo humano en la medida en que es articulado en un modo
narrativo, y que la narrativa alcanza su plena significación cuando se hace
condición de la existencia temporal. "
[ 4 ] Dalí se
ocupó en tres frentes simultáneos de cumplir con esta articulación del tiempo:
a través de una autobiografía, los diarios y las cartas.