Lo que el protagonista no cuenta al narrador y lo que éste descubre cuando reconstruye la historia es un gran secreto que aquél ha ocultado celosamente durante cincuenta años a todo el mundo, incluidos su mujer, sus hijos y sus amigos: en realidad, es un afroamericano de piel clara que se ha hecho pasar por judío blanco desde que hizo el servicio militar, naturalmente negado por su propia madre y «perdido para toda su gente». La cabriola irónica es múltiple y surrealista: un hombre negro, que ha renegado de sus raíces y ha montado su vida sobre la gran mentira de que es blanco, será desacreditado públicamente por usar una expresión en su denotación correcta. El que quiso escapar de las definiciones de los demás, para tener el futuro en sus manos, no puede invocar el pasado para salvarse. La reinvención de la propia identidad, el destino alternativo y la recusación del pasado son los temas principales de la novela, que el propio Roth señala cuando retrotrae la idea original a la época de estudiante en la Universidad de Chicago. Allí y entonces tuvo una novia procedente de una familia de afroamericanos con la piel clara, y un día la madre de esta chica dijo que algunos de sus allegados «se habían perdido para los suyos», refiriéndose a que habían dejado de identificarse como negros y se habían unido al mundo de los blancos
[ 15 ] . Esto impresionó profundamente al autor y dio lugar a otra historia de ascenso y caída de un héroe que no se malogra por un acto de
hybris personal, como consecuencia de haber ignorado el aviso de los dioses, sino por un desajuste circunstancial. Como en otras ocasiones antedichas, discordancias del sueño americano, el personaje es devastado por el espíritu de la época, sorprendido por la trampa de la historia. Así concluye el narrador: «The man who decides to forge a distinct historical destiny, who sets out to spring the historical lock, and who does so, brilliantly succeeds at altering his personal lot, only to be ensnared by the history he hadn't quite counted on: the history that isn't yet history, the history that the clock is now ticking off, the history proliferating as I write, accruing a minute at a time and grasped better by the future than it will ever be by us. The we that is inescapable:
the present moment, the common lot, the current mood, the mind of one's country, the stranglehold of history that is one's own time. Blindsided by the terrifyingly provisional nature of everything»
[ 16 ] . Sabemos que acaba de salir a luz
The Plot Against America , una nueva obra de ficción histórica, una reconstrucción de hechos imaginados que plantea un destino alternativo para los Estados Unidos, a partir de una suposición aterradora: en las elecciones presidenciales de 1940, Franklin D. Roosevelt ha sido derrotado por el célebre aviador Charles A. Lindbergh, aislacionista inflexible y antisemita palmario que se mantiene neutral en la Segunda Guerra Mundial, ofrece su amistad a la Alemania nazi e instituye un clima de odio religioso que provoca el pánico al pogromo generalizado. Pero la última novela de Roth que ha llegado hasta nosotros es
El animal moribundo (
The Dying Animal , 2001), título extraído de una línea de «Sailing to Byzantium», el conocido poema de Yeats que medita sobre las paradojas del tiempo y la mudanza, la vida y el arte, el amor y la vejez, el deseo y la muerte. El narrador es David Kepesh, el de la «catástrofe endocrinopática», ya septuagenario en el tiempo de la escritura, que regresa al tiempo de la historia, ocho años atrás, en 1992, mediante un soliloquio retrospectivo o, mejor, un «diálogo interiorizado» entre el yo locutor y el yo receptor. El «profesor del deseo», que imparte un seminario de crítica práctica para estudiantes de último año, mantiene vivo su apetito sexual y sigue atrayendo a muchas alumnas, sobre todo porque lo conocen de la radio y la televisión, donde hace reseñas de libros o trata temas culturales. Al término de cada curso, naturalmente después del examen final y una vez entregadas las notas, organiza en su apartamento una fiesta para los estudiantes, que siempre sale bien. En esta ocasión se deja seducir una joven voluptuosa de veinticuatro años llamada Consuela Castillo, la hija de unos ricos exilados cubanos, cautivada por los libros y los discos, la biblioteca y el piano del inteligente seductor. El culto hedonista, libre de vínculos y emancipado de responsabilidades familiares desde que huyó de su matrimonio, sacrificando el amor de su hijo en aras de la revolución sexual de los sesenta, persuadido de que «el sexo es la venganza contra la muerte», va a ver trastocada su vida de esteticismo erótico. Inmediatamente es asaltado por la preocupación, la incertidumbre, las obsesiones que no conocía, el temor a perder la chica, los celos...
«How do I capture Consuela? The thought is morally humiliating, yet there it is. I'm certainly not going to hold her by promising marriage, but how else can you hold a young woman at my age? What am I able to offer instead in this milk-and-honey society of free-market sex? And so that's when the pornography begins. The pornography of jealousy. The pornography of one's down destruction. I am rapt, I am enthralled, and yet I am enthralled
outside the frame. What is it that puts me outside? It is age. The wound of age»
[ 17 ] .
El error, según alegó su amigo George, ha sido violar la ley de la distancia estética, personalizar, «sentimentalizar» la experiencia con la chica, olvidando que uno está completo antes de enamorarse y el amor lo fractura. Antes de dos años, se acabará la relación y Kepesh se sumirá en la depresión. Cuando Consuela contacte con él, en la nochevieja del milenio, la historia cobra tintes de amarga pérdida. Ahora es ella quien conoce la herida de la edad: la ironía funesta la ha convertido en el «animal moribundo». El relato se cierra apelando al suceso que lo originó: un conocido contó al autor que una bella joven, con la que había tenido una intensa relación erótica diez años atrás, se presentó una noche, inopinadamente, en su casa para decirle que tenía cáncer de pecho
. Al final, Consuela, a punto de ser operada y presa del pánico, llama a Kepesh para que vaya a su lado, pero alguien advierte a éste que no debe ir. De nuevo, el dilema: autonomía o sujeción. Así pues, el narrador, que en alguna otra ocasión ha abandonado el «lenguaje interior» y ha recurrido a enunciados metanarrativos, como cuando relaciona la lucha entre los puritanos de Plymouth y los licenciosos de Merry Mount con la convulsión de los sesenta, dialoga con alguien desconocido 19/pie> , quizá su yo receptor. La ley de la asociación, la transubstanciación de la experiencia, la imaginación de los recuerdos.