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Turia 75 Turia

Philip Roth: la imaginación de los recuerdos

por Manuel Górriz Villarroya
Turia nº 75, junio-octubre 2005

Número de páginas: 6
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Extraño en la cultura americana y enajenado del judaísmo, al final sus quejas se expresan con letras mayúsculas y se matizan con la ironía del complejo de Edipo. Su estancia en Israel, humillante y traumática, será la prueba final de su apostasía, pues, cuando intenta acostarse con una mujer judía, que tal vez le recuerda a su madre, se muestra impotente. Y la novela se cierra con unas palabras significativas en boca del psicoanalista, el narratario, que habla por primera y última vez: «Bien, ahora quizá podamos empezar. ¿Sí?». El autor implícito se distancia del narrador: el texto confesional -«la poesía de la experiencia»- como ejercicio preliminar de «retórica de la neurosis» queda inconcluso, en todo caso.
La utilización de un lenguaje lascivo y las escenas de sexo hicieron que muchos consideraran el libro pornográfico y ofensivo. A este respecto, el autor ya aclaró algunos extremos [ 11 ] : en primer lugar, efectivamente, la obscenidad en el plano del vocabulario y la sexualidad como tema han estado disponibles desde Joyce, Henry Miller y Lawrence, y Roth se sirve de ellas por razones netamente literarias, no porque se acomoden más o menos a la práctica de una década rebelde; además, en este caso ni siquiera se busca la verosimilitud, antes bien, se pretende elevar la obscenidad a la categoría temática: Portnoy es obsceno porque desea ser salvado. El análisis de su pasión y la subsiguiente pugna con su conciencia es la sustancia de la novela. Y esa es la circunstancia en la que hay que ponderar asimismo la indignación de algunos rabinos que llamaron «antisemita» al escritor, cuando, a lo mejor, estaban ante un fenómeno de asimilación traumática.
Como oportunamente indicó Helge N. Nilsen [ 12 ] , Portnoy rechaza todo lo judaico, repudia los usos y costumbres tribuales, trata de exonerarse de una carga psicológica, procurando integrarse en un estilo de vida secular, liberal y políticamente radical. Otra cosa es que sea incapaz de esquivar una tradición, en la que ya no cree, y que, por eso mismo, sea una víctima al doble. En un contexto histórico amplio, su familia como tantas otras familias judías de los Estados Unidos, han progresado de la opresión y la miseria en Europa a la libertad y la oportunidad en América, pero esa evolución exige un precio, que el padre de Alex ha pagado y que éste trata de evitar, en vano, pues el remordimiento y la soledad serán el coste de su liberación y el efecto de su rebeldía.
Los excesos sexuales exteriorizan un denodado esfuerzo por emanciparse de su identidad. En sus relaciones con las mujeres impera el complicado vínculo maternal: la necesidad de amor es tan fuerte como el deseo de libertad y la aversión al compromiso, así que la solución más viable será la promiscuidad, con objeto de fijar esa libertad sexual que, por cierto, se manifestará utópica. Por una parte, cuando pretende a las chicas «gentiles», cree que mejorará su posibilidad de éxito si borra sus antecedentes étnicos, aunque, como amonesta su hermana, uno no puede escapar de su historial; por otra, en esas mujeres no judías persigue símbolos de posición social, supuesto un complejo de inferioridad que deriva, en parte, de sus orígenes. En sus relaciones con familias o instituciones distintas de la suya, su reacción es ambivalente.
Podemos decir que, a pesar de sí mismo, reacciona como un judío entre «gentiles», experimentando simultáneamente desprecio por su persona y orgullo por su cultura. La identificación del problema incluye, a veces, una aceptación determinista de los mismos estereotipos que rechaza con vehemencia. Finalmente, dispuesto a satisfacer el precio de la asimilación, escéptico y racionalista, comprende las motivaciones humanas, pero no puede solventar sus problemas emocionales. Queda así como un espectador impotente ante un conflicto interno que logra analizar, mas no resolver. Es el conflicto de la cultura occidental, entre el deber y el placer, entre la conciencia y la transgresión [ 13 ] .
The Human Stain es un libro que Nathan Zuckerman, el narrador superpuesto al autor implícito, empieza a concebir en el funeral de su vecino y amigo, Coleman Silk, quien dos años antes había requerido sus servicios como escritor profesional, ya que él, si escribía sobre sí mismo, no podía verificar el «distanciamiento creativo», por más que su vida fuera a constituir «un singular acto de invención». Zuckerman, ahora retirado en su cabaña de los Berkshires, incontinente e impotente a causa de una operación de próstata, sobrecogido por la historia de su amigo, lleva a cabo la tarea de descubrir las diversas capas del significado, mediante una narrativa de vaivén, alternativamente retrospectiva y sincrónica, a partir de las confesiones de Ernestine (hermana de Coleman), el borrador que éste le entregó y su propia imaginación. El extratexto nos emplaza en el verano de
1998, en terreno de la parábola política, cuando la «incontinencia carnal» de un presidente de mediana edad y el descaro de una empleada de veintiún años hicieron resurgir en América el «éxtasis de la mojigatería». Una época pertinente para que el personaje central confíe al narrador que, a sus setenta y un años, con la ayuda de Viagra, está manteniendo relaciones sexuales con una mujer de la limpieza a la que le dobla la edad. Faunia limpiaba la Universidad de Athena, en la que su amante había sido un decano eficiente y un profesor distinguido de filología clásica, hasta que se vio forzado a retirarse, dos años atrás, con su carrera y su reputación arruinadas, por utilizar la palabra «spooks» (espectros) para preguntar por dos alumnos a los que no conocía, pues, bien entrado el semestre, aún no habían aparecido por su clase. Se refería al «carácter probablemente ectoplásmico» de dos estudiantes que resultaron ser afroamericanos, ignorando que el término pudiera tener connotaciones racistas, pero la sazón era propicia para que se activara en el microcosmos del campus una campaña de controversia, resentimiento y miedo contra un hombre cuyo honor iba a ser asaltado por los guardianes de la «corrección política», capitaneados por Delphine Roux, la profesora de filología francesa versada en las últimas tendencias narratológicas, hipócrita, histérica y llena de contradicciones, en virtud de alguna de las cuales no puede admitir que desea a la persona que odia. Coleman, inicuamente juzgado y deshonrado, enloquecido por la muerte de su mujer, de la que también culpa a sus colegas de Athena, decide escribir un relato «no novelesco» sobre lo ocurrido; sin embargo, luego desecha el borrador, se libera del odio y vuelve a celebrar la vida al lado de una mujer que «ha convertido el sexo de nuevo en un vicio». En todo caso, su derrumbe es inevitable: a la persecución de su vieja enemiga feminista de la facultad, que, una vez descubierta su relación, lo acusa de abusar de una mujer maltratada e indefensa, se añade ahora el acosamiento de Lester Farley, el ex marido de Faunia, un peligroso veterano de Vietnam con trastorno de estrés postraumático. Son las consecuencias de la «mancha humana» ineludible, tal como la describe esta mujer víctima de las circunstancias, cruelmente atormentada y, sin embargo, extraordinariamente fuerte, valiéndose de la fábula del cuervo que «no tiene la voz apropiada», es decir, no conoce el lenguaje de su especie, pues ha sido criado por personas: «That's what comes of hanging around all his wife with people like us.The human stain (...) we leave a stain, we leave a trail, we leave our imprint. Impurity, cruelty, abuse, error, excrement, semen-there's no other way to be here. Nothing to do with disobedience. Nothing to do with grace or salvation or redemption. It's in everyone. Indwelling. Inherent. Defining» [ 14 ] .
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NOTAS
  • [ 11 ] Ver la entrevista de George Plimpton para The New York Times Book Review , reproducida en Harold Bloom, ed., Philip Roth's Portnoy's Complaint, pp. 5-10.
  • [ 12 ] Helge Normann Nilsen, «Rebellion Against Jewishness: Portnoy's Complaint », en Harold Bloom, ed., Philip Roth's Portnoy's Complain, pp. 61-70. Seguimos las perspicaces observaciones de la Dra. Nilsen, que sitúa la novela en la narrativa judeoamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial, una literatura que refleja los cambios producidos en la sociedad americana y las vidas de los judíos como grupo racial. Por ello, en muchas de las obras se observa un conflicto básico entre la herencia étnica del héroe y el medio secularizado en el que vive.
  • [ 13 ] Anteriormente, Bernard F. Rogers ya había asegurado que, andando el tiempo y a juzgar por la temática, la caracterización, el lenguaje, el estilo y los recursos cómicos de la novela, Portnoy se uniría a la galería de los personajes tradicionales de la literatura norteamericana -Hawkeye, Ahab, Huck Finn y Holden Caulfield. Como todos éstos, lo que desea aquél es liberarse de la carga del pasado, del peso de una conciencia culturalmente (de)formada. Como todos ellos, éste y otros héroes de Roth buscan una satisfacción total imposible, revolviéndose ciegamente contra el mundo en el que no pueden hallar esa liberación completa. Y su reacción frente a los conflictos tradicionales -individuo/sociedad, libertad/responsabilidad, placer/deber- es la de entregarse a las fantasías evasivas tradicionales. Bernard F. Rodgers, Jr., «In the American Grain ( Portnoy's Complaint )», en Harold Bloom, ed., Philip Roth's Portnoy's Complaint, pp. 27-42.
  • [ 14 ] Philip Roth, The Human Stain , Vintage, London, 2001, p. 242. «...es lo que ocurre por haber estado toda su vida con gente como nosotros. La mancha humana (...) dejamos una mancha, dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza, crueldad, abuso, error, excremento, semen..., no hay otra manera de estar aquí. No tiene nada que ver con la desobediencia. No tiene nada que ver con la indulgencia, la salvación o la redención. Está en todo el mundo, nos habita, es inherente, definitoria». Philip Roth, La mancha humana , Alfaguara, Madrid, 2004, pp. 298-299.

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