No podemos ignorar las facetas de Philip Roth como editor y ensayista, muy relacionadas entre sí. Desde que se inauguró en 1974 hasta 1989, ha dirigido una serie de Penguin, «Writers from the Other Europe», que ha acercado al público anglosajón la obra de escritores como Milan Kundera, Primo Levi, Bruno Schulz u otros con los que el novelista conversó en sus frecuentes viajes a la Europa del Este. Las comparaciones eran inevitables y, por ende, una expresión de respeto y homenaje -incluso un cierto ademán de expiación
[ 7 ] - del que tiene la suerte de poder enseñar, escribir y expresarse libremente por aquellos colegas que murieron en la guerra, sufrieron el martirio en los campos de concentración, fueron prohibidos o tuvieron que escribir en secreto y publicar con seudónimos, siempre perseguidos e intimidados en un medio hostil. Todo ello queda patente en
Reading Myself and Others (1975), una colección de entrevistas y ensayos que el autor aprovecha para «imaginar a los judíos» o proyectar a Kafka en su profesor de hebreo, pero, sobre todo, para vincular una vez más la experiencia vital con el proceso creativo, tanto el propio como el extraño. En una compilación más reciente -
El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (
Shop Talk: A Writer and His Colleagues and Their Work , 2001)- encontramos conversaciones e intercambio epistolar con otros autores, como Isaac B. Singer, Edna O'Brien..., así como ensayos previamente divulgados en
The New York Times Book Review ,
The New York Review of Books ,
The New Yorker o
Vanity Fair , y que vuelven a examinar la importancia de la religión, la política y la historia en la creación literaria. Las entrevistas de los escritores checos, Ivan Klima y Milan Kundera, proporcionan una interesante visión de la lucha que determina su literatura. Las conversaciones con Primo Levi y Aharon Appelfeld ofrecen un valioso enfoque de la singularidad biográfica que da forma sustancial a la escritura.
Además hay dos retratos, breves pero espléndidos, de sendos amigos, Malamud y el pintor Philip Guston, este último también «colabora» con unas originales ilustraciones. Finalmente, sobresale una discusión valorativa de las obras de Bellow. Cuando Albert Goldman anuncia, en el número de la revista Life correspondiente al 7 de febrero de 1969, la inminente aparición de la tercera novela de Roth -420.000 copias vendidas en un año-, ciertamente, antes que crítica, está haciendo historia. Habla del advenimiento de un nuevo héroe americano, Alexander Portnoy, como salvador y víctima propiciatoria de los sesenta, destinado a cargar con todos los pecados del hombre moderno, obsesionado por el sexo, y a expiarlos en una crucifixión tragicómica.
Hace saber que el evangelio que verifica la pasión de ese mesías apócrifo es un relato psicótico, cuyo título insinúa un triple juego de palabras, para significar que el protagonista es un lamentador, un amante y un enfermo. Y certifica que tan grande es la fama de la novela, incluso antes de su publicación, que está siendo aclamada como el libro de la década y como una obra maestra en la tradición de
Huckleberry Finn [ 8 ] .
Portnoy's Complaint es un monólogo ininterrumpido que registra las confesiones íntimas de un paciente, Alex, en el diván de su psiquiatra, el Dr. Spielvogel -una buena fórmula para intercambiar y confundir los reinos de la fantasía y la realidad-. En una presentación autobiográfica, coherente y lineal, aunque sin renunciar a la libre asociación de ideas, la primera persona narrativa repasa su vida desde la infancia, la somete a una crítica rigurosa y halla la causa de sus neurosis en una educación estricta y en un medio familiar opresivo, como corresponde a la circunstancia de la clase media judía en la Nueva Jersey de los años cuarenta: un padre pasivo, débil y sumiso, tanto en su casa como en la compañía de seguros donde trabaja, y una madre posesiva, dominante, histérica y supersticiosa -la quintaesencia de la «madre judía»-, tan profundamente clavada en la conciencia de su hijo que, durante el primer año de la escuela, éste creía verla disfrazada en cada una de sus maestras. Cargado de culpas e inseguridades, pasa la mitad de su adolescencia encerrado en el cuarto de baño, disparando su «taco» en la taza del retrete, o en el cesto de la ropa sucia, o contra el espejo del botiquín...La masturbación obsesiva se lleva a cabo en cualquier lugar y de todas las formas posibles, hasta con una porción de hígado recién comprada en la carnicería. La ansiedad se transforma en irritación, la cual da lugar a la paranoia y ésta al sentimiento de culpabilidad que desemboca en una farsa antisemítica desesperada. Lo que pide Portnoy, una y otra vez, es que lo saquen del papel que está representando, el del hijo ahogado en el chiste judío; lo que busca el paciente es consuelo psíquico y redención moral: «Doctor Spielvogel, this is my life, my only life, and I'm living it in the middle of a Jewish joke! I am the son in the Jewish joke -
only it ain't no joke! Please, who crippled us like this? Who made us so morbid and hysterical and weak? Why, why are they screaming still, ‘Watch out! Don't do it! Alex -no!' and why, alone on my bed in New York, why am I still hopelessly beating my meat? Doctor, what do you call this sickness I have? Is this the Jewish suffering I used to hear so much about? Is this what has come down to me from the pogroms and the persecution? from the mockery and abuse bestowed by the
goyim over these two thousand lovely years?»
[ 9 ] .
Se ha graduado en Derecho con el mejor expediente académico de su promoción. A los veinticinco años ya era asesor especial de un Subcomité de Vivienda del Congreso. Ahora tiene treinta y tres, y es el Subdelegado de Igualdad de Oportunidades para la ciudad de Nueva York. Pero la culpabilidad malogra sus éxitos. Como se aclara en la entrada de un diccionario ficticio que sirve de epígrafe a la obra, este desorden emocional hace que los impulsos altruistas y éticos se enfrenten continuamente con los instintos sexuales extremos. Y en una cita del supuesto psicoanalista Spielvogel se añade que, si bien son abundantes los actos de exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo, coito oral..., dada la «moralidad» del paciente, ni la fantasía ni la acción producenuna gratificación sexual genuina; antes bien, engendran sentimientos imperiosos de vergüenza y de terror al justo castigo, particularmente en forma de castración. Así que Alex se entrega a sus aventuras (y desventuras) de sexo compulsivo con tal variedad de chicas «gentiles» -La Mona, La Calabaza, La Peregrina- que cree estar descubriendo América: «What I'm saying, Doctor, is that I don't seem to stick my dick up these girls, as much as I stick it up their backgrounds -as though through fucking I will discover America.
Conquer America- maybe that's more like it. Columbus, Captain Smith, Governor Winthrop, General Washington -now Portnoy. As though my manifest destiny is to seduce a girl from each of the forty-eight states. As for Alaskan and Hawaiian women, I really have no feelings either way, no scores to settle, no coupons to cash in, no dreams to put to rest -who are they to me, a bunch of Eskimos and Orientals?»
[ 10 ] .