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Turia 75 Turia

Philip Roth: la imaginación de los recuerdos

por Manuel Górriz Villarroya
Turia nº 75, junio-octubre 2005

Número de páginas: 6
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En la segunda, afligido por una extraña enfermedad que lo mantiene dolorido y prácticamente postrado, el narrador se pasa el tiempo buscando remedios, viendo a médicos, sometiéndose a tratamientos e imaginando las posibles causas psicosomáticas de la afección, como el sentimiento de culpa que le provoca su éxito, penas que no puede ahogar del todo con las mujeres. Zuckerman completará su «educación» en Praga, lugar al que Roth había acudido durante varias primaveras, con objeto de observar la deplorable situación de los escritores checos y contrastarla con la suya propia. Allí y entonces se originó la secuencia [ 4 ] : primero, el joven creador en ciernes, cargado de propósito moral; luego, el hombre que adquiere una prominencia insólita como consecuencia de ciertos excesos artísticos; finalmente, el escritor perplejo, atrapado en sus propias contradicciones, que no puede eludir su destino. El conjunto se cierra temporalmente con Contravida ( The Counterlife , 1986), el libro más experimental de todos. Una estructura acabada, que distingue varios estratos en la metaficción, da la primera oportunidad al autor para acometer un análisis sistemático de lo que significa ser judío a finales del siglo XX . Las posiciones encontradas de Nathan y su hermano, Henry, exteriorizan la dicotomía entre los judíos de América y los judíos de Israel. A medida que progresa el nivel de la ficción, se eleva la intensidad autobiográfica, pero los «hechos» pueden no ser la «verdad».
Uno no acepta que las fantasías del otro no sean «reales» y éste se niega a dejar de vivir en la ficción. Y es que la imaginación y la experiencia se hallan tan entrelazadas que resulta muy difícil separarlas, tanto en la literatura como en la vida. De la década de 1990 destacamos primero dos obras que siguen profundizando en esta cuestión. Patrimonio ( Patrimony , 1991) es una «historia verdadera», según reza el subtítulo, que convierte al autor en biógrafo de su padre, Herman Roth, un viudo de ochenta y seis años, otrora fuerte, vital, terco y encantador, que lucha por su vida contra un tumor cerebral. El entorno de confusión y ansiedad, el paisaje de muerte y deterioro motivan un relato equilibrado por la nobleza y el amor de un hijo narrador que resiste una experiencia nueva de la que «no hay que olvidar nada». Operation Shylock (1993) se subtitula «Una confesión», pero bien podría tratarse de una novela de espías, un thriller político, una especulación sobre la identidad o una simple alucinación. En 1988, un novelista judeoamericano llamado Philip Roth se está recuperando en Nueva York de los perniciosos efectos secundarios de un somnífero, cuando le avisan de que un doble desconocido ha robado su nombre, ha usurpado su biografía y va por el mundo haciéndose pasar por él, de suerte que «el otro» Philip Roth se encuentra en Jerusalén, siguiendo el juicio de John Demjanjuk [ 5 ] y propagando la doctrina del «diasporismo», según la cual, los judíos deben abandonar Israel y regresar a su verdadera patria, que es Europa. El problema habrá de complicarse con el concurso de la OLP y el Mossad. Al final, el autor decide suprimir el capítulo 11, en el que concluía la operación, y explicarlo todo en un epílogo cuyo epígrafe advierte que «las palabras, por lo general, sólo sirven para echarlo todo a perder». Y, para acabarlo de arreglar, en una última nota se previene al lector de que «esta confesión es falsa». Uno se pregunta si se refiere a la propia nota o a la novela que la precede. Hablando de intertextualidad, conviene recordar aquí que Roth se ha casado en 1990 con Claire Bloom, la actriz inglesa con la que estaba viviendo desde 1976, pero en 1994 se separan y, dos años después, la que había protagonizado varios guiones y «adaptaciones» del escritor publica Leaving a Doll's House ( Abandonando una casa de muñecas ), una memoria que atribuye a su ex marido un destacado papel de misógino egocéntrico. Son los tiempos de la televisión «confesional» y de las peleas conyugales lucrativas, una buena sazón para esa mixtura de realidad y ficción que puede tener consecuencias en algún contexto posterior, también corrompido por una delicada actriz. Para ello hay que esperar a que reaparezca Nathan Zuckerman en una segunda trilogía que ha sido denominada «americana» e «histórica» [ 6 ] .
En efecto, las relaciones entre el individuo y la historia son ahora más precisas, al tiempo que la «serie histórica» -los determinantes socioeconómicos- cobra mayor relevancia en la caracterización de los «materiales» del texto. El consabido personaje sale de sí mismo y se precipita en el contexto: sigue siendo el narrador, pero ya no es el héroe, pues ha descubierto que existen otros, así que el protagonista va a ser un conocido, un profesor o un vecino. Aquel joven disipado y presto a la aventura sexual, ahora entrado en años y con problemas de próstata, prácticamente retirado, como testigo de su circunstancia, se dedica a escribir relatos de individuos señalados que representarán los conflictos culturales de algunos periodos decisivos en la historia americana, como son los años sesenta con la guerra de Vietnam, los cincuenta con el macartismo y los noventa con el escándalo Lewinsky, respectivamente.
Así pues, Pastoral Americana ( American Pastoral , 1997), premio Pulitzer, es una crónica del ascenso y la caída de Seymour Levov, antigua celebridad deportiva, casado con la Miss New Jersey de 1949, padre de familia modélico, laborioso y dinámico en los negocios, constructor de un paraíso que va a ser completamente aniquilado cuando su hija, la que fuera la niña de sus ojos, activista convertida al terrorismo, hace estallar una bomba: con el edificio de correos vuelan todos los triunfos e ideales de su familia. El sueño americano se trueca en pesadilla, como la de Me casé con un comunista ( I Married a Communist , 1998): en la era McCarthy, un actor de la radio, Ira Ringlod, será excluido, perseguido y arruinado cuando su esposa, una actriz de cine mudo, publique una memoria acusándolo de ser un espía de la Unión Soviética. En fin, La mancha humana ( The Human Stain , 2000) muestra cómo la torpe coyuntura de lo políticamente correcto genera una nueva «caza de brujas».
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NOTAS
  • [ 4 ] Ver la entrevista de Mervyn Rothstein, «The Unbounded Spirit of Philip Roth», en The New York Times , August 1, 1985.
  • [ 5 ] Un trabajador de la industria automovilística de Cleveland acusado de ser el Iván el Terrible de Treblinka. Tal como advierte la nota a pie de página en el «Prefacio» de la edición española (Alfaguara, 1996), «Demjanjuk fue devuelto a los Estados Unidos en septiembre de 1993, por falta de pruebas concluyentes. Quienes llevaron el caso ante la justicia israelí siguen afirmando su culpabilidad. Yoram Sheftel, abogado de Demjanjuk, ha publicado, en Victor Gollancz, Londres (1993), un libro titulado The Demjanjuk Affair ». Hay otro incidente que parece haber inspirado al autor. Lo relata el novelista Richard Elman, atribulado al ver que la bella actriz que ha seducido se despide de él, por la mañana, convencida de que ha pasado la noche con Philip Roth. Así pues, la fascinación por los dobles implica interesantes aspectos que tienen que ver con la intertextualidad y la «heteroglosia».
  • [ 6 ] Ken Gordon, «The Zuckerman Books», en Salon.com.

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