Dostoievski tiene en ese momento cuarenta y ocho años y frecuentes crisis de epilepsia,
magistralemente descritas por Coetzee. Sus deudas, a pesar del éxito
de Crimen y castigo, aumentan día a día, pues había vuelto
a jugar. En el momento que novela Coetzee en El maestro de Petersburgo (octubre
de 1869) Dostoievski debía de estar escribiendo El idiota. Naturalmente
todo esto es lo de menos, y Coetzee, como cualquier novelista, es muy libre
de prestar a su protagonista las cualidades que considere, pero dado que el
personaje elegido es nada menos que Dostoievski, cuya obra y cuya vida son generalmente
conocidas por los lectores, estas cualidades parecen más bien responder
a las necesidades del argumento que a la verdad de los hechos. Aunque, ¿dónde
reside la verdad de los hechos? «Pues aunque mi historia cuente la verdad,
no da testimonio de la verdad esencial», había puesto ya anteriormente
en boca de Susan Barton. Y lo que preocupa a Coetzee, de lo que quiere escribir
Coetzee, es de la verdad esencial. La verdad esencial es el argumento de sus
libros.
Coetzee no está escribiendo por lo demás ninguna biografía
sino una novela. Y lo mismo puede decirse de sus otros libros sobre Sudáfrica.
Él no escribe la historia del apartheid. No escribe lo que sucedió,
y ni siquiera lo que podía haber ocurrido, en el sentido histórico
de fidelidad a los hechos. «Hasta que no hayamos dado expresión
a lo inefable no habremos llegado al corazón de la historia». Coetzee
escribe y describe lo que sucede en una parte del mundo abandonada, pero también
lo que está sucediendo incluso entre nosotros que leemos sus libros traducidos
y en un lugar remoto, al menos geográficamente hablando, al lugar de
los hechos.
Existe una teoría, defendida todavía hoy por ilustres críticos
y novelistas, según la cual leemos y escribimos para escapar a la realidad
decepcionante de nuestras vidas y hacernos la ilusión momentánea
de una vida más rica. Nada más alejado de esta idea que la obra
de Coetzee. Sus novelas no sólo no nos proporcionan un escape de la realidad,
sino que nos devuelven casi brutalmente a ella. Guardando todas las distancias,
que son ciertamente muchas, Coetzee tiene una idea de la novela en cierto modo
similar a la que tiene otro premio Nobel, Günter Grass. La novela no tiene
por qué ser consoladora. Porque la literatura, por mucho que se empeñen
algunos, no es más rica, ni más estimulante, ni más exultante
que la vida, sino al revés. Y su función no es abstraernos de
ella, hacernos olvidar nuestra vida momentáneamente, concedernos un paréntesis
de ensoñación, sino todo lo contrario, recordárnosla y
devolvernos a ella. «Estoy corrompida hasta el tuétano por la belleza
de este mundo abandonado. Si es preciso decir la verdad, nunca deseé
escapar con los dioses del cielo. Siempre tuve, en cambio, la esperanza de que
descendieran a la tierra y vivieran aquí conmigo en el paraíso».
Estas son las últimas palabras de Magda, pronunciadas en medio de ninguna
parte.