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Turia 71-72 Turia

J.M. Coetzee y el nuevo realismo

por Manuel Arranz
Turia nº 71-72, noviembre-febrero 2005

Número de páginas: 5
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Dostoievski tiene en ese momento cuarenta y ocho años y frecuentes crisis de epilepsia, magistralemente descritas por Coetzee. Sus deudas, a pesar del éxito de Crimen y castigo, aumentan día a día, pues había vuelto a jugar. En el momento que novela Coetzee en El maestro de Petersburgo (octubre de 1869) Dostoievski debía de estar escribiendo El idiota. Naturalmente todo esto es lo de menos, y Coetzee, como cualquier novelista, es muy libre de prestar a su protagonista las cualidades que considere, pero dado que el personaje elegido es nada menos que Dostoievski, cuya obra y cuya vida son generalmente conocidas por los lectores, estas cualidades parecen más bien responder a las necesidades del argumento que a la verdad de los hechos. Aunque, ¿dónde reside la verdad de los hechos? «Pues aunque mi historia cuente la verdad, no da testimonio de la verdad esencial», había puesto ya anteriormente en boca de Susan Barton. Y lo que preocupa a Coetzee, de lo que quiere escribir Coetzee, es de la verdad esencial. La verdad esencial es el argumento de sus libros.
Coetzee no está escribiendo por lo demás ninguna biografía sino una novela. Y lo mismo puede decirse de sus otros libros sobre Sudáfrica. Él no escribe la historia del apartheid. No escribe lo que sucedió, y ni siquiera lo que podía haber ocurrido, en el sentido histórico de fidelidad a los hechos. «Hasta que no hayamos dado expresión a lo inefable no habremos llegado al corazón de la historia». Coetzee escribe y describe lo que sucede en una parte del mundo abandonada, pero también lo que está sucediendo incluso entre nosotros que leemos sus libros traducidos y en un lugar remoto, al menos geográficamente hablando, al lugar de los hechos.
Existe una teoría, defendida todavía hoy por ilustres críticos y novelistas, según la cual leemos y escribimos para escapar a la realidad decepcionante de nuestras vidas y hacernos la ilusión momentánea de una vida más rica. Nada más alejado de esta idea que la obra de Coetzee. Sus novelas no sólo no nos proporcionan un escape de la realidad, sino que nos devuelven casi brutalmente a ella. Guardando todas las distancias, que son ciertamente muchas, Coetzee tiene una idea de la novela en cierto modo similar a la que tiene otro premio Nobel, Günter Grass. La novela no tiene por qué ser consoladora. Porque la literatura, por mucho que se empeñen algunos, no es más rica, ni más estimulante, ni más exultante que la vida, sino al revés. Y su función no es abstraernos de ella, hacernos olvidar nuestra vida momentáneamente, concedernos un paréntesis de ensoñación, sino todo lo contrario, recordárnosla y devolvernos a ella. «Estoy corrompida hasta el tuétano por la belleza de este mundo abandonado. Si es preciso decir la verdad, nunca deseé escapar con los dioses del cielo. Siempre tuve, en cambio, la esperanza de que descendieran a la tierra y vivieran aquí conmigo en el paraíso». Estas son las últimas palabras de Magda, pronunciadas en medio de ninguna parte.
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