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Turia 71-72 Turia

J.M. Coetzee y el nuevo realismo

por Manuel Arranz
Turia nº 71-72, noviembre-febrero 2005

Número de páginas: 5
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Una vez más, como dice Elizabeth Costello, él es un secretario de lo invisible. «Me apresuro a aclarar que la frase no es mía -nos dice Elizabeth- la he tomado prestada de un secretario de primer orden, Czeslaw Milosz, poeta, tal vez lo conozcan, a quien le fue dictada hace años». Secretario de primer orden y testigo de excepción, como se suele decir, de otro cautiverio, de otro gran naufragio. Si leemos, de éste último, por ejemplo la entrada desgracia de su Abecedario (Diccionario de una vida), encontraremos cierta similitud en su afrontamiento de la vida. «Las desgracias personales y las desgracias de las naciones indican que la acusación dirigida contra Dios, y que puede resumirse en un porqué gritado al cielo, permanecerá siempre vigente». Y Milosz concluye taxativamente: «Quiero vivir». Mientras que Coetzee, en La edad de hierro, escribe: «esta vida en la tierra, en el cuerpo de la tierra: ¿hay otra mejor, puede haberla? Pese a toda la tristeza, la desesperación y la cólera, no he dejado de amarla». ¿Es que no hay justicia en este mundo? Esta pregunta es como un leivmotif en toda la obra de Coetzee. Unas veces implícita y otras explícita, recorre la mayoría de sus libros de ficción.
Foe es una parábola del naufragio. Nuestras vidas, parece querer decirnos Coetzee, están compuestas por pequeños y grandes naufragios no siempre fáciles de evitar, y que en ocasiones incluso, lo mejor es no intentar evitar. «Quiero que tenga bien presente una cosa, le dice Cruso a la protagonista en un momento dado, no todo aquel que lleva la marca del naufragio se siente náufrago en el fondo de su corazón». Hay algo así como una condición de náufrago que comparten la mayoría de los personajes de Coetzee. Pero ya que hemos hablado de similitudes, Susan Barton es una anticipación de la propia Elizabeth Costello. Ella no es escritora profesional, pero escribe, y comparte con Elizabeth la misma idea sobre el oficio.
Elizabeth se define a sí misma como una «secretaria de lo invisible». «Soy escritora y lo que escribo es lo que oigo. Soy secretaria de lo invisible, una de las muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria al dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado». Mientras que Susan Barton por su parte escribe: «Cuando me paro a pensar en mi historia se me antoja que mi papel es el de aquel que llega, levanta acta de testigo, y todo lo que desea es volver a irse cuanto antes (...) ¿es ese, acaso, el destino de todo narrador?». Porque a la postre, las cartas que escribe esta aventurera a un escritor, son cartas de una mujer culta que levanta acta de lo que ve y que emplea conscientemente símiles para explicarse como este: «En mi opinión, el deseo de que nuestras preguntas obtengan respuesta es idéntico a ese otro deseo de abrazar o ser abrazado por otro ser humano». Pero por si los símiles no fueran suficientes para hacernos comprender que el problema del realismo en la novela está tratado aquí muy libremente, la protagonista se entrega a continuación a disquisiciones existenciales sobre la identidad. «¿Quién es ella?, ¿quién es el autor?, ¿por qué hablo, a quién le hablo, cuando no hay ninguna necesidad de decir nada?». Y es que para Coetzee el problema del realismo en la novela no es otro que el problema de la novela en el realismo. Elizabeth Costello es una novela a falta de denominación mejor. Y es también, en varios sentidos, una lección sobre la novela. Sin duda gustará a los novelistas, pues en ella, como se suele decir, Coetzee riza el rizo varias veces. La novela, que empezó siendo una respuesta, ha acabado siendo una pregunta. Susan busca respuestas que la puedan convencer, que nos puedan convencer. Magda, por su parte, la solterona de En medio de ninguna parte, que ha vivido toda su vida en medio de ninguna parte como reza el título de la novela, escribe nada menos en su diario: «¿Es meramente una visión de una segunda existencia, una existencia suficientemente apasionada para transportarme de la mundanidad del ser a la duplicidad de la significación?
Una vez más, si en la forma de expresarse de los personajes ciframos todo el realismo de la novela, las novelas de Coetzee no son realistas. Y sin embargo lo son. Lo son porque el realismo no se basa únicamente en la verosimilitud. Lo son porque nos hablan de una realidad concreta. También de unas personas concretas y de unas vidas concretas, a las que Coetzee lo único que hace es prestar el lenguaje, la expresión, poner en escena el argumento de sus vidas con la ayuda de una forma, la forma de la novela. Por eso al leer sus novelas uno tiene la sensación de que lo que sucede en ellas es lo que ocurre en el mundo. Y no es que lo que sucede en el mundo nos guste especialmente, pero eso es lo que ocurre. No tenemos elección. Y aunque no nos guste oír hablar de degradación, de humillación, de odio, de vergüenza, no por eso van a desaparecer del planeta. Tal vez si hablamos contribuyamos a que desaparezcan. Coetzee nos lo recuerda. Nos lo recuerda insistentemente.
Pero no todo es vergüenza, y esto también nos lo recuerda. En el mundo también hay que tener dignidad, honor, compasión. Pensemos en la señora Curren de La edad del hierro, en su enorme y ejemplar dignidad, pero también en su compasión por personas que no le gustan, personas que se aprovechan de su desvalimiento sin siquiera ocultarle su desprecio. Personas a las que no puede querer, pero tampoco odiar. Y en el señor Vercueil, un personaje a mi juicio grandioso, del que apenas sabemos nada y lo que sabemos posiblemente sea mentira, un personaje sin grandes gestos, sin grandes palabras, un superviviente en cierto modo, otro superviviente.
¿Es que no hay justicia en este mundo? En El maestro de Petersburgo, uno de cuyos personajes principales es una niña, Matryona, se cierne amenazadora la sombra de una historia que los conocedores de la biografía de Dostoievski no pueden olvidar mientras están leyendo el libro. Esa historia no es otra que la de la violación de la niña que Dostoievski confesó a varias personas, entre ellas a Turguéniev, y que sus admiradores se niegan a dar crédito, pues les parece demasiado dostoievskiana para ser verdad.

Fuera o no verdad, y el asunto no es en absoluto indiferente, Dostoievski incluyó esta escena en Crimen y castigo y en Los demonios. «Nunca habría llegado tan lejos, de no ser porque me daba miedo que utilizaras a Matryosha de la misma forma», le dice Anna Sergeyevna a Mijailovich después de hacer el amor con él, a lo que éste contesta: «Esa es una acusación terrible (...) Nunca le pondría un dedo encima, lo juro». Coetzee presta a la figura de Dostoievski cualidades morales y sentimientos que éste, a juicio de sus biógrafos y de personas que le conocieron, estaba bastante lejos de poseer. Por ejemplo, después de su estancia en la cárcel, y a fin de obtener permiso para publicar sus obras, no tiene ningún reparo en reconocerse culpable del delito que se le había imputado y confesar que está arrepentido, a la vez que hace un elogio público del zar. Y en cuanto a la madre de Pavel, María, efectivamente parece que murió en sus brazos, pero después de haber sido abandonada por una joven de veinte años, Polina Suslova, a la que poco después pediría matrimonio sin éxito. Se casaría en cambio con Anna Grigorievna, también una mujer de veinte años, a la que efectivamente su hijastro, el Pavel de El maestro de Petersburgo, casi de su misma edad, parece que hizo la vida imposible.

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