En En medio de ninguna parte (1977), Magda, otra mujer joven, una solterona como ella misma se describe,
anota en su diario lo que ocurre a su alrededor, lo que piensa, lo que sueña,
cuenta su naufragio. En los lugares donde la vida es difícil, todavía
es más difícil para las mujeres. En medio de ninguna parte es
la segunda obra de Coetzee publicada, y ya está presente en ella la dimensión
ética, o social si se prefiere, tan característica de todas sus
novelas. No diremos que Coetzee escribe para denunciar la injusticia humana,
pero sí en cambio que su concepción de la novela, o del realismo
dentro de la novela, es inconcebible sin esa dimensión ética.
Y ya que ha aparecido esta palabra, digamos que hoy la moral necesita casi siempre
un adjetivo: ambigüedad. Coetzee no habla en sus novelas del bien y del
mal, habla de ambigüedad moral, habla del mal que nos infligimos unos a
otros, del mal de que somos víctimas y, muchas veces también,
causantes. Coetzee no es un moralista, es un novelista, su papel no es juzgar
sino ver y levantar acta de lo que ve. Incluso Foe (1986), aparentemente un
divertimento, la recreación de un mito literario clásico, es una
reflexión sobre lo justo y lo injusto del destino humano, y Susan Barton,
su protagonista, una aventurera a la que ese mismo destino no ha tratado demasiado
bien, y que podía perfectamente haber perdido sus escrúpulos,
no abandona en ningún momento a Viernes, le protege, le cuida, le da
de comer, comparte voluntariamente su destino, a pesar de no amarle en absoluto
y dudar de las intenciones que él pudiera albergar para con ella. «Si
a mí me asaltaran, ¿por qué iba a pensar que tal hecho
le afectaba también a él? (...) ¿por qué habría
de salir en defensa mía?». Los personajes de las novelas de Coetzee,
ya se trate de la señora Curren, de David Lurie, de Magda, de Susan Barton,
o por supuesto de Elizabeth Costello, son personajes todos ellos con una idea
del bien y del mal, tienen todos ellos una conducta moral, se guían por
unas normas, anticuadas al parecer, pues hoy todas las normas están anticuadas,
pero normas al fin y al cabo a las que no pueden renunciar so pena de renunciar
a sí mismos. Y todos ellos, por cierto, de un modo u otro, escriben.
Sin embargo, en Desgracia hay a mi juicio una cierta inconsistencia en el comportamiento
de los personajes.
No se comportan como parece que debieran hacerlo, es como si les faltara convicción.
O quizá se trate, como en la ópera que David Lurie se ha propuesto
componer, sin demasiado entusiasmo por lo demás, tal vez porque en la
ópera está retratando sin darse cuenta su vida, en que hay un
error de concepción. No es fácil ponerse del lado de David Lurie.
Su caso, su enfrentamiento con la universidad, no denuncia la hipocresía
de unas normas ni se enfrenta a ningún poder constituido como él
quiere hacernos ver. David Lurie a lo que se enfrenta es a su soledad, como
él mismo sospecha, y, como buen conocedor de Byron y amante de Wordsworth,
a sus demonios. «Estamos intentando protegerte de ti mismo», le
repiten una y otra vez sus colegas de la comisión que investiga su caso.
Él sabe que no es así, que en el fondo sólo intentan protegerse
a sí mismos, que la frase ni siquiera es una frase bienintencionada.
Pero, ¿puede alguien protegerse de su deseo? No ya sólo renunciar
a él, cosa sin duda frecuente, sino renegar de él. «Mi deseo
se apoya en los derechos del deseo», sentencia orgulloso y un poco teatral,
pero sabe que es una sentencia dudosa, y, desde luego, peligrosa. Coetzee toca
en esa novela un tema muy serio. ¿Qué sucede con nosotros después
de haber caído en desgracia? ¿Podemos seguir confiando en nosotros
mismos? ¿En nuestros semejantes? ¿Y quienes son nuestros semejantes?
En En medio de ninguna parte se cuenta en cambio una historia edípica
que hubiera hecho las delicias del propio Freud. Todo está permitido,
«todo me lo puedo permitir (...) en una región que se encuentra
fuera de la ley, en la que las barreras que nos protegen del incesto a menudo
están derruidas». Aquí no hace falta caer en desgracia,
porque siempre se ha estado en desgracia, se vive en desgracia. A Magda le gustaría
convertirse en Klein-Anna, la amante de su padre, entrar en ella, hacer que
los agujeros de su cuerpo coincidieran. «Quiero meterme en el cuerpo de
Klein-Anna, quiero introducirme por su garganta, mientras duerma, y extenderme
con toda suavidad dentro de ella, mis manos en sus manos, mis pies en sus pies,
mi cráneo en la benigna quietud de su cerebro, donde fluyen imágenes
de jabón, de harina y de leche, los agujeros de mi cuerpo exactamente
en los agujeros del suyo, para aguardar en ellos mansamente lo que haya de entrar,
el canto de los pájaros, el olor de las bostas, las partes del hombre...».
El maestro de Petersburgo data de 1994, y en ella Coetzee vuelve a plantear
las complicadas relaciones paterno filiales, en este caso a raíz del
asesinato de un hijo y la compleja mezcla de sentimientos de piedad, arrepentimiento
y amor, que se despiertan tardíamente en el padre. Coetzee perdió
a su propio hijo, Nicolas, en 1989, cuando éste sólo contaba veintidós
años de edad, la misma edad por cierto que el Pavel de la novela. No
quiero decir naturalmente que se haya servido de la ficción para relatar
su propia experiencia, que por lo demás ignoro, pero los sentimientos
del protagonista de El maestro de Petersburgo hacia el hijo muerto son tan confusos
e incontrolables que uno no puede evitar pensar que Coetzee sabe de lo que habla
por experiencia propia. Las relaciones paterno filiales están presentes
por lo demás en casi todas sus novelas. Elizabeth Costello tiene un hijo
del que no está especialmente orgullosa. Tampoco él de ella, todo
hay que decirlo. La señora Curren, de La Edad del hierro, le escribe
una larga carta a su hija que huyó, por decirlo de algún modo,
a Estados Unidos, y la dejó sola. No se lo reprocha, dice, pero se lo
recuerda en su carta. Y en la relación de David Lurie con su hija Lucy
en Desgracia, hay una mutua incomprensión de fondo, a pesar del afecto
que los une. «Esto de que los jóvenes den la espalda a sus padres,
a sus casas, a su crianza, solo porque no son de su agrado, terminará
por convertirse en una de las peores lacras de nuestro tiempo. Poco a poco no
habrá nada que les satisfaga, nada, salvo ser hijos de Stenka Razin o
de Bakunin», dice amargamente Dostoievski en El maestro de Petersburgo.
Aquí estamos oyendo hablar al padre, naturalmente. Coetzee se olvida
momentáneamente de las razones del hijo, que expondrá sin embargo
con la misma crudeza en Infancia. Escena de una vida en provincias (1997), y
Juventud (2002). «Ese hombre, como llama a su padre en Infancia, está
todavía aquí. Seguramente ya está despierto. ¿Será
posible que, maravilla de las maravillas, se haya suicidado?». Pero no,
el padre no se suicida, y el hijo tiene que soportar su humillación.
En cuanto pueda huirá de su casa, de su país, y se irá
a vivir a Londres. Quiere escribir, sólo quiere escribir, piensa que
solo sirve para eso. Juventud es como un nuevo Retrato del artista adolescente.
En Londres escribe un cuento, el cuento transcurre en Sudáfrica naturalmente,
y entonces piensa: «Si mañana se levantara un maremoto desde el
Atlántico y barriera el extremo sur del continente africano, no derramaría
ni una sola lágrima. Él se contaría entre los supervivientes».
No hay que olvidar sin embargo que quien escribe esto también ha escrito
la frase: «Estoy corrompida hasta el tuétano por la belleza de
este mundo abandonado». Una vez más la figura del náufrago
superviviente.