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Turia 71-72 Turia

J.M. Coetzee y el nuevo realismo

por Manuel Arranz
Turia nº 71-72, noviembre-febrero 2005

Número de páginas: 5
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El mundo está lleno de islas
Robinson
No está solo, decía aquella señal
Coetzee
Coetzee, en su conferencia de recepción del Nobel, titulada Él y su hombre, nos cuenta historias sobre patos, sobre máquinas de ajusticiar, o sobre la peste de Londres. Son historias que su hombre le cuenta a él. A él nunca se le hubieran ocurrido, nos dice, a pesar de ser él quien le ha enseñado a escribir. Son historias extrañas, reales, claro, de ahí les viene quizá ese aire de extrañeza. Pero, ¿quién es ese hombre, se pregunta, que no le abandona nunca? ¿Cómo llamarlo? ¿Cómo representarlo? «¿El señor y el esclavo? ¿Hermanos gemelos? ¿Compañeros de armas? O bien ¿enemigos, adversarios? Qué nombre pondrá a ese compañero anónimo con quien comparte sus tardes y en ocasiones sus noches también...». No es la primera vez que Coetzee hace una cosa así. Quiero decir que se le invita a dar una conferencia y lee, por ejemplo, un relato en que uno de sus personajes da una conferencia. Sutil ardid literario sin duda. Le gustaría, dice, encontrarse algún día con ese hombre, le gustaría que le contara sus cuitas, o «sus aventuras en el oficio de escribir.
Pero se teme que este encuentro no tendrá lugar jamás, al menos en esta vida (...) son como dos navíos que bogan en dirección contraria (...) o mejor aún, son dos marineros faenando en sus navíos, uno que hace la ruta del oeste y el otro la del este». De cuando en cuando se cruzan en alta mar, pero no se reconocen, «demasiado ocupados para saludarse siquiera». Es una conferencia preciosa, indudablemente, sobre el oficio de escritor, sobre la duplicidad del mundo, sobre el poder de las palabras, sobre la imitación, sobre el canibalismo cultural, sobre la soledad, sobre el naufragio. Más que una conferencia yo diría que es una lección, como las que componen su último libro, Elizabeth Costello (2003). De hecho tiene mucho en común con ellas. Estas historias tienen una dimensión distinta que la de sus novelas anteriores, creo yo. Es como si se hubieran liberado de algunas convenciones relativas al género, como si estuvieran menos sometidas a una voluntad narrativa, como si se escribieran en definitiva solas, «fácilmente, sin ni siquiera reflexionar», como si se las dictara su hombre. Tal vez esto sea así porque lo que son en realidad es una profunda reflexión literaria. Y cuando se reflexiona sobre la literatura, se reflexiona también sobre su papel en la sociedad, si es que todavía tiene alguno. Entonces no sólo queremos saber cómo se escribe, sino también, y fundamentalmente, por qué se escribe, para qué se escribe. Y la respuesta casi siempre está en lo que se escribe.
¿Y qué escribe Coetzee? ¿Sobre qué escribe Coetzee? ¿Sobre Sudáfrica, sobre la vergüenza, sobre el poder, sobre el deseo, sobre el cuerpo, sobre la humillación, sobre la soledad, sobre la mentira, sobre la novela? Sobre todo eso sin duda. Los temas de siempre, se dirá tal vez. Pero Coetzee lo hace como nadie. Empecemos por la libertad. ¿Hasta qué punto es libre un hombre abandonado a su suerte en un medio hostil? Ésta bien podría ser una de las preguntas de la libertad, claro que hay muchísimas más. Si hay una palabra abierta a todas las preguntas, esa es la palabra libertad. «Todos, absolutamente todos, sentimos en nuestros corazones la necesidad de ser libres; pero ¿quién de nosotros podría decir qué es la libertad exactamente?», le pregunta Susan Barton a Foe. Tal vez efectivamente nadie sepa lo que es la libertad exactamente, pero en cambio todo el mundo sabe lo que es exactamente la pérdida de libertad. No resulta fácil leer algunas novelas de Coetzee como si fueran únicamente novelas. Una novela que se lee únicamente como una novela no cumple su función. A no ser que pensemos que la función de la novela sea abstraernos del mundo. Por ejemplo, La edad de hierro (1990). Empezamos a leer y al cabo de unos minutos nos parece que estamos leyendo una crónica. Reconocemos hechos, reconocemos frases, reconocemos actitudes, nos suenan, como se suele decir. «En mi época, leemos, los policías hablaban con respeto a las señoras. En mi época los niños no incendiaban escuelas».
Esto, seguramente, pensamos, se ha dicho en todas las épocas, un síntoma de que que nos hacemos viejos, así que tratamos de evitar la frase. Mi época es esta época nos decimos, pero la sospecha no nos abandona ya, pues no es menos cierto que hubo otra época, como tampoco es verdad que los niños hayan incendiado siempre las escuelas. Una generación que tenía miedo a todo admira a una generación que no tiene miedo a nada. Pero ¡cuidado con lo que admiramos!, nos advierte Coetzee, pues estamos indefensos ante ello.
El drama ha ocurrido antes. Incluso antes de nuestro nacimiento. Los personajes de las novelas de Coetzee no son personas desarraigadas, son personas solitarias. Personas que se han ido quedando solas poco a poco, sin darse cuenta, pero también sin poder hacer nada por evitarlo. Y es que al parecer se acabaron los tiempos en que cuanto más viejo era uno más familiares había a su alrededor. Hijos, nietos, sobrinos, yernos, nueras, primos, no es que no existan hoy, pero cada uno está encerrado en su propia soledad. La forma en que en las primeras páginas de sus novelas Coetzee crea ese clima de desarraigo, de abandono, de soledad, es magistral. Por ejemplo, en Desgracia (1999). A las pocas páginas ya sabemos que todo va a empeorar. Cincuenta y dos años no es que sea la flor de la vida, pero de un profesor universitario, que además escribe, podría esperarse que afrontara la vida con mejor ánimo. La edad del hierro y Desgracia son dos extraordinarias novelas difíciles de asimilar, como es difícil de asimilar lo que sucede hoy en tantas partes del mundo. Las situaciones, de pronto, escapan a todo control, los corazones se endurecen, la piedad, la compasión, desaparecen y ocupan su lugar el odio, la crueldad, la indiferencia. Todo esto son palabras, sin duda, y lo que escribe Coetzee no son más que ficciones. La señora Curren no ha existido nunca, Vercueil no ha existido nunca, Bheki no ha existido nunca, Magda no ha existido nunca, Lucy no ha existido nunca; no importa cuántas veces nos repitamos que no han existido nunca porque sabemos en nuestro fuero interno, como se decía antiguamente, que nos estamos engañando, que han existido siempre, que existen, en Sudáfrica y en otros lugares, y que seguirán existiendo. Porque en todos los naufragios siempre hay supervivientes, siempre queda alguien para contarlo.
Número de páginas: 5
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