El mundo está lleno de islas
Robinson
No está solo, decía aquella señal
Coetzee
Coetzee, en su conferencia de recepción del Nobel, titulada Él
y su hombre, nos cuenta historias sobre patos, sobre máquinas de ajusticiar,
o sobre la peste de Londres. Son historias que su hombre le cuenta a él.
A él nunca se le hubieran ocurrido, nos dice, a pesar de ser él
quien le ha enseñado a escribir. Son historias extrañas, reales,
claro, de ahí les viene quizá ese aire de extrañeza. Pero,
¿quién es ese hombre, se pregunta, que no le abandona nunca? ¿Cómo
llamarlo? ¿Cómo representarlo? «¿El señor
y el esclavo? ¿Hermanos gemelos? ¿Compañeros de armas?
O bien ¿enemigos, adversarios? Qué nombre pondrá a ese
compañero anónimo con quien comparte sus tardes y en ocasiones
sus noches también...». No es la primera vez que Coetzee hace una
cosa así. Quiero decir que se le invita a dar una conferencia y lee,
por ejemplo, un relato en que uno de sus personajes da una conferencia. Sutil
ardid literario sin duda. Le gustaría, dice, encontrarse algún
día con ese hombre, le gustaría que le contara sus cuitas, o «sus
aventuras en el oficio de escribir.
Pero se teme que este encuentro no tendrá lugar jamás, al menos
en esta vida (...) son como dos navíos que bogan en dirección
contraria (...) o mejor aún, son dos marineros faenando en sus navíos,
uno que hace la ruta del oeste y el otro la del este». De cuando en cuando
se cruzan en alta mar, pero no se reconocen, «demasiado ocupados para
saludarse siquiera». Es una conferencia preciosa, indudablemente, sobre
el oficio de escritor, sobre la duplicidad del mundo, sobre el poder de las
palabras, sobre la imitación, sobre el canibalismo cultural, sobre la
soledad, sobre el naufragio. Más que una conferencia yo diría
que es una lección, como las que componen su último libro, Elizabeth
Costello (2003). De hecho tiene mucho en común con ellas. Estas historias
tienen una dimensión distinta que la de sus novelas anteriores, creo
yo. Es como si se hubieran liberado de algunas convenciones relativas al género,
como si estuvieran menos sometidas a una voluntad narrativa, como si se escribieran
en definitiva solas, «fácilmente, sin ni siquiera reflexionar»,
como si se las dictara su hombre. Tal vez esto sea así porque lo que
son en realidad es una profunda reflexión literaria. Y cuando se reflexiona
sobre la literatura, se reflexiona también sobre su papel en la sociedad,
si es que todavía tiene alguno. Entonces no sólo queremos saber
cómo se escribe, sino también, y fundamentalmente, por qué
se escribe, para qué se escribe. Y la respuesta casi siempre está
en lo que se escribe.
¿Y qué escribe Coetzee? ¿Sobre qué escribe Coetzee?
¿Sobre Sudáfrica, sobre la vergüenza, sobre el poder, sobre
el deseo, sobre el cuerpo, sobre la humillación, sobre la soledad, sobre
la mentira, sobre la novela? Sobre todo eso sin duda. Los temas de siempre,
se dirá tal vez. Pero Coetzee lo hace como nadie. Empecemos por la libertad.
¿Hasta qué punto es libre un hombre abandonado a su suerte en
un medio hostil? Ésta bien podría ser una de las preguntas de
la libertad, claro que hay muchísimas más. Si hay una palabra
abierta a todas las preguntas, esa es la palabra libertad. «Todos, absolutamente
todos, sentimos en nuestros corazones la necesidad de ser libres; pero ¿quién
de nosotros podría decir qué es la libertad exactamente?»,
le pregunta Susan Barton a Foe. Tal vez efectivamente nadie sepa lo que es la
libertad exactamente, pero en cambio todo el mundo sabe lo que es exactamente
la pérdida de libertad. No resulta fácil leer algunas novelas
de Coetzee como si fueran únicamente novelas. Una novela que se lee únicamente
como una novela no cumple su función. A no ser que pensemos que la función
de la novela sea abstraernos del mundo. Por ejemplo, La edad de hierro (1990).
Empezamos a leer y al cabo de unos minutos nos parece que estamos leyendo una
crónica. Reconocemos hechos, reconocemos frases, reconocemos actitudes,
nos suenan, como se suele decir. «En mi época, leemos, los policías
hablaban con respeto a las señoras. En mi época los niños
no incendiaban escuelas».
Esto, seguramente, pensamos, se ha dicho en todas las épocas, un síntoma
de que que nos hacemos viejos, así que tratamos de evitar la frase. Mi
época es esta época nos decimos, pero la sospecha no nos abandona
ya, pues no es menos cierto que hubo otra época, como tampoco es verdad
que los niños hayan incendiado siempre las escuelas. Una generación
que tenía miedo a todo admira a una generación que no tiene miedo
a nada. Pero ¡cuidado con lo que admiramos!, nos advierte Coetzee, pues
estamos indefensos ante ello.
El drama ha ocurrido antes. Incluso antes de nuestro nacimiento. Los personajes
de las novelas de Coetzee no son personas desarraigadas, son personas solitarias.
Personas que se han ido quedando solas poco a poco, sin darse cuenta, pero también
sin poder hacer nada por evitarlo. Y es que al parecer se acabaron los tiempos
en que cuanto más viejo era uno más familiares había a
su alrededor. Hijos, nietos, sobrinos, yernos, nueras, primos, no es que no
existan hoy, pero cada uno está encerrado en su propia soledad. La forma
en que en las primeras páginas de sus novelas Coetzee crea ese clima
de desarraigo, de abandono, de soledad, es magistral. Por ejemplo, en Desgracia
(1999). A las pocas páginas ya sabemos que todo va a empeorar. Cincuenta
y dos años no es que sea la flor de la vida, pero de un profesor universitario,
que además escribe, podría esperarse que afrontara la vida con
mejor ánimo. La edad del hierro y Desgracia son dos extraordinarias novelas
difíciles de asimilar, como es difícil de asimilar lo que sucede
hoy en tantas partes del mundo. Las situaciones, de pronto, escapan a todo control,
los corazones se endurecen, la piedad, la compasión, desaparecen y ocupan
su lugar el odio, la crueldad, la indiferencia. Todo esto son palabras, sin
duda, y lo que escribe Coetzee no son más que ficciones. La señora
Curren no ha existido nunca, Vercueil no ha existido nunca, Bheki no ha existido
nunca, Magda no ha existido nunca, Lucy no ha existido nunca; no importa cuántas
veces nos repitamos que no han existido nunca porque sabemos en nuestro fuero
interno, como se decía antiguamente, que nos estamos engañando,
que han existido siempre, que existen, en Sudáfrica y en otros lugares,
y que seguirán existiendo. Porque en todos los naufragios siempre hay
supervivientes, siempre queda alguien para contarlo.