En la página siguiente, García de Pruneda cuenta cómo en todos los ámbitos, los residentes, "[s]abedores de su singularidad, un poco ajenos a la sociedad que allí se esparcía, habían reafirmado en su disposición al andar la conciencia del grupo, subrayando el que de manera física ahora formaban mediante una proximidad"... Una distorsión parecida, pero no tan debida a distancias ideológicas como a propósitos directamente cómicos y crudamente paródicos, es la que, llegados de nuevo a la narrativa de nuestro tiempo, desplegó Antonio Orejudo al retratar a los habitantes de la Residencia de Estudiantes en esa divertida gamberrada que tituló
Fabulosas narraciones por historias [ 18 ] . Allí, en una narración que consigue ser insolente sin dejar de ser graciosa, leemos desternillantes conspiraciones en las que los "dones" o
seniors de la Residencia y su periferia, reunidos en una antigaldosiana "Junta para el Apoyo de la Juventud y las Artes" (en la que están Jiménez Fraud, José Ortega y Gasset, Moreno Villa, Ramón Gómez de la Serna o Federico García Lorca como único joven implicado), se habrían inventado estratégicamente la "deshumanizada" generación del 27 y, en general, la "nueva literatura", el "arte puro"..., para imponerlos artificiosa y deshonestamente tras discutir mucho y decidir entre todos sus características, sus objetivos, sus rumbos, sus nóminas (en lo que constituye una versión grotesca de una operación interesada y muy bien calculada que, en cierto sentido, y con protagonistas muy distintos, realmente se produjo).
Pero llegando a lo más reciente (y dejando a un lado recreaciones cinematográficas como
Buñuel y la mesa del rey Salomón, de Carlos Saura, o
Little ashes, de Paul Morrison), ha sido Antonio Muñoz Molina el último en situar en la Residencia de Estudiantes varios episodios narrativos, y lo ha hecho en una obra tan ambiciosa como
La noche de los tiempos [ 19 ] . La primera mención a la Residencia está en la página 22 (y lo digo con exactitud porque en las primeras palabras de esa misma página se afirma con razón que "Importa la precisión extrema. Nada real es vago"...). Allí nos enteramos además de que el arquitecto Ignacio Abel, el protagonista, dio una conferencia en la Residencia el 7 de octubre de 1935, algo que él recuerda desde su temprano y todavía tembloroso exilio estadounidense
[ 20 ] .
Poco después, en la página 41, nos enteramos de que unos días antes, la tarde del 29 de septiembre, Abel entró "en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes buscando a Moreno Villa y una mujer de espaldas tocaba el piano y cantaba por lo bajo para sí misma, en la sala desierta"... Ese encuentro entre Abel y Judith, dichoso o fatal, desata muchas de las riendas de la novela, y creo que si Muñoz Molina ha elegido ese salón de actos como punto de inicio de una novela de tal envergadura es porque sabe que esa habitación fue también el epicentro de muchas otras cosas de naturaleza muy distinta, y el recinto por el cual, en buena medida, entró en España el siglo XX, de mano de muchas de las personalidades científicas o artísticas más relevantes de aquellos años.
Ignacio Abel había estado en su día becado por la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar en Weimar (p. 96); Judith, al llegar a España, ha intentado ocupar una habitación de la Residencia de Señoritas (p. 138); los hijos de Abel estudian en el Instituto-Escuela (p. 255); también aparece en esta novela La Barraca, con la que está a punto de colaborar el tío Víctor antes de afiliarse a Falange (p. 362), y se explica que al iniciarse la guerra civil la Residencia fue convertida en un hospital (p. 291)..., pero yo, para terminar este repaso, no me resisto a destacar y aplaudir el magistral capítulo 3, en el que, en una novela de frases largas y periodos amplificados a veces hasta el límite de la inteligibilidad, se dibuja un retrato admirable sobre quién era José Moreno Villa a la altura de 1935, y se hace en un banquete de veinte páginas de prosa brillante hasta la perfección (ver pp. 55-74). Tras su romance neoyorquino ("cuando supo que no iba a recobrarlo el dolor que sentía estaba matizado por un fondo mezquino de alivio"), Moreno Villa es "un hombre que ya no es joven y al que casi cualquier cambio empieza a parecerle una injuria personal" y "casi siempre huésped secundario en las fotografías de otros, más célebres que él, siempre discreto en ellas, huidizo, formal, a veces ni siquiera identificado con su nombre, no reconocido, sin la sonrisa abierta o la pose arrogante que otros exhiben, como si ya estuvieran seguros de su lugar en la posteridad"... Lo que Muñoz Molina dice al respecto no sólo es justo con la parte de mérito y descubrimiento que le corresponde al malagueño, sino también justiciero respecto a Lorca, Buñuel, Dalí, Bergamín o Salinas, que no salen indemnes del boceto subjetivo que trenzan a medias la voluntad del narrador y la perspectiva suavemente rencorosa del personaje, aunque "su propio resentimiento le irritaba más que el éxito de otros, ligeramente amargo para él incluso cuando lo consideraba merecido". "La celebridad de los otros lo volvía invisible", pero su bonhomía y estoicismo le salvaron, y siguió siendo así incluso cuando, como él mismo contó en su Vida en claro, apagó las luces de la Residencia de Estudiantes en julio de 1936, antes de ser ocupada por médicos, enfermeras y heridos. Pero, por desgracia, ese epílogo perteneció a la realidad: no sólo al escenario de Muñoz Molina sino al hogar de Moreno Villa, a la Residencia histórica, y para conocer mejor las circunstancias de aquel final y de todo lo que antecedió y de todo lo que sucedió después, convendrá buscar en otros sitios, en otra bibliografía. 2010 va a ser un año óptimo para ello.