Aunque pueda resultar abrupto, conviene explicar bien desde esta primera línea que cuando el título de este artículo habla de la Residencia de Estudiantes como "espacio literario" no se refiere a la indiscutible importancia que esa institución tuvo y tiene como lugar de encuentro, debate y crecimiento para escritores, sino al modo en que "la Colina de los Chopos" ha sido retratada en algunas obras literarias, tanto en su época histórica (1910-1936), como tras su reapertura en 1986. Ocurre, en efecto, que en el territorio de la ficción, al otro lado de ese inquietante y consolador espejo, también hay una Residencia de Estudiantes, y en ella han sucedido cosas dignas de ser contadas. Algunas de éstas se parecen mucho a acontecimientos que verdaderamente sucedieron en la realidad (y yo soy uno de esos que cuando hablan de la "realidad", o de la "Historia"..., hablan todavía de lo verificado, de lo comprobado, de lo que se sabe que sucedió en algún momento en algún lugar del universo conocido), mientras que otras son perfectamente imaginarias, pero pudieron haber sido, y otras no sólo son ficticias sino que están narradas de forma explícita y saludablemente caricaturesca o aun esperpéntica, buscando no la verosimilitud sino la parodia o, en el caso -mucho menos divertido- de algunos escritores vencedores de la Guerra Civil, el desprestigio. Así, la Residencia de Estudiantes no sólo ha constituido un sereno pero activo espacio literario, sino que en cierto sentido (y especialmente, como veremos enseguida, en la poesía) se ha "literaturizado" hasta casi convertirse en un personaje, y un personaje que, por lo general, cae bien a quienes lo han llevado a su obra.
Al hablar de reconstrucciones literarias dejo fuera, por supuesto, los innumerables textos que hablan de esa Residencia de Estudiantes que todavía se alza y trabaja en la madrileña calle Pinar. Ahora mismo no nos va a interesar demasiado esa institución histórica y actual que tantas páginas protagoniza en memorias, autobiografías, epistolarios, ensayos, biografías y artículos de prensa. Nos vamos a quedar con algunas de sus versiones literarias, y digo "algunas" porque también he de advertir de que lo que sigue no sólo no va a ser un repaso exhaustivo sino que, aparte de incompleto, resultará más bien caprichoso, a modo de pequeñas notas sobre un tema que daría para una monografía con varios milímetros de lomo o, tal vez mejor, para una coqueta antología de poemas.
En el caso de que ésta llegase a existir, seguramente comenzaría, como tantas otras cosas relacionadas con la poesía en nuestro idioma, con Juan Ramón Jiménez, y en concreto con alguno de los aforismos y poemas en prosa con los que formó
La colina de los Chopos, parcialmente adelantado en las primeras páginas del número 2 de la
Revista de Occidente (de agosto de 1923) y posteriormente convertido en un libro que hoy puede ser íntegramente leído en varias recopilaciones.
[ 1 ] La segunda página sería para Federico García Lorca, que aportaría un delicado y no muy conocido poema de 1924, "Tardecilla del Jueves Santo", dedicado a su amigo José Bello Lasierra:
Cielo de Claudio Lorena.
El niño triste que nos mira
y la luna sobre la Residencia.
Pepín, ¿por qué no te gusta
la cerveza?
En mi vaso la luna redonda,
¡diminuta!, se ríe y tiembla.
Pepín: ahora mismo, en Sevilla,
visten a la Macarena.
Pepín: mi corazón tiene
alamares de luna y de pena.
El niño triste se ha marchado.
Con mi vaso de cerveza
brindo por ti esta tarde
pintada por Claudio Lorena.
[ 2 ]
Y después vendría, tal vez tras algún apunte lírico o alguna "caramba" de José Moreno Villa, ese extenso poema, titulado "Mi Residencia de Estudiantes", que Gabriel Celaya, residente entre 1927 y 1935, dedicó en los primeros años sesenta a Alberto Jiménez Fraud, y en el que recuerda al director "gobernándolo todo como quien no hace nada". Allí "[n]adie me restringía. Nadie me atropellaba. / Todo era en torno un orden tranquilo funcionando", y pudo aprender "esto que nos hacía limpios y responsables. / Se bebía en el aire. Se veía en los otros. / Era en mi Residencia como un mundo más grande".
[ 3 ]
A partir de ahí, dando ya un buen salto, llegaríamos a los versos de los años noventa, cuando algunos de los becarios que la Residencia ha tenido tras la llamada "reconquista", culminada en 1986, y con la reapertura de las puertas en 1990, han evocado aquel lugar en sus poemas. La primera fue, seguramente, la jiennense Esther Morillas, quien en varios de los textos de su ópera prima, Algunas ciudades, retrató aspectos muy reconocibles del lugar, en lo que casi constituye un diario lírico de los días de su estancia allí, al menos parcialmente. Así sucede por ejemplo en el poema "Julio", donde, a la espera de la clásica y multitudinaria fiesta de verano, la autora presiente ya la nostalgia que habrá de vivir cuando esa vida privilegiada termine y toque hacer las maletas:
Se mueve la lámpara con el aire, se mueve la sombra de la lámpara en la pared. Están barriendo las hojas en el jardín: preparan la fiesta de mañana, se descuentan los días y lo sabemos, preocupados, aliviados por no poder hacer nada, dejándonos llevar.
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Después de Morillas han llegado poemas de, entre otros, Joaquín Pérez Azaústre (ese "Recital de Chavela en nuestra casa" es, desde luego, el concierto que dio Chavela Vargas en el salón de actos de la Residencia el 3 de julio de 2001)
[ 5 ] y Ariadna G. García (que diseccionó la habitación que habitó entre 2001 y 2002 en uno de los poemas de
Apátrida),
[ 6 ] o, con referencias mucho más oblicuas, Mercedes Cebrián (esa "
naranja preparada" de su poema "Clientela" ha sido uno de los postres habituales en el comedor de la Residencia), Andrés Navarro en el muy reciente
Un huésped panorámico (ese "conserje [que] carraspea / en postura de búho, noche tras noche, / sin levantar la vista"...), o David Mayor, que en "Helsinki" (el poema que prefiero entre todos los que forman su excelente
En otra parte) se apea en la estación de metro de Gregorio Marañón, que es por la que se accede a la Residencia desde el Paseo de la Castellana (mientras que quien quiera llegar desde la calle Serrano hará bien en bajarse en la parada de República Argentina)...
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También el añorado Eugenio Montejo dejó testimonio de una de sus visitas al
locus amoenus de la calle Pinar en "El mirlo", el más "keatsiano" de los poemas de
Fábula del escriba. Luce como epígrafe la advertencia de que fue inspirado o escrito en los "(Jardines de la Residencia de Estudiantes, Madrid)", donde efectivamente casi siempre se puede ver a alguno de esos pájaros, en guerra permanente con los gatos y acompañados de la inquieta indiferencia de los gorriones.
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