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Turia 93-94 Turia

Luis Mateo Díez o el arte de la fabulación

por Asunción Castro
Turia nº 93-94, Marzo / Mayo 2010

Número de páginas: 6
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La memoria y la imaginación
El origen de la creación literaria ha sido tradicionalmente asociado con procesos espirituales de origen recóndito y misterioso que los románticos llamaban inspiración. Pío Baroja prefería hablar del "fondo sentimental del escritor", esto es, el lugar donde yacen amalgamados los recuerdos y las experiencias fundamentales de la infancia y la adolescencia, el sedimento de la personalidad, todo ello adecuadamente fermentado por la memoria, y donde el escritor encuentra el sustrato de su imaginación creadora. En el caso de Luis Mateo Díez este proceso está vinculado directamente con la memoria infantil y adolescente, y más concretamente, con la experiencia de la oralidad. Cuando en el año 2001 Luis Mateo Díez leyó su Discurso de ingreso en la Real Academia Española, dedicó sus palabras a mostrar su personal experiencia de la creación ficcional. Y sus primeras reflexiones le llevaron a rastrear el origen de su imaginario personal en su temprana toma de conciencia de la fabulación.
El propio escritor ha rememorado con frecuencia su vivencia infantil de los filandones, las reuniones vecinales donde se iban contando historias al calor de la lumbre en los largos inviernos nevados de la comarca de Laciana, en la montaña leonesa donde vivió sus primeros años. La fascinación por la palabra hablada que trasladaba con naturalidad la atención del quehacer cotidiano o la noticia doméstica al ámbito de la memoria ancestral y mítica  fue definitiva en su temprana conciencia de lo imaginario y de la capacidad creadora del lenguaje. La estructura del filandón, en cuanto encadenamiento de relatos autónomos sin más vinculación que el marco de enunciación viene a ser la misma que la de los antiguos relatos con marco del tipo Calila e Dimna, Panchatantra, Las mil y una noches, que darían lugar en la civilización occidental a las obras de Bocaccio, o don Juan Manuel.  Aunque con un marco narrativo más elaborado, este esquema primigenio está al fondo de la estructura de novelas del autor tan aparentemente dispares como Apócrifo del clavel y la espina, Las horas completas, Camino de perdición, El espíritu del Páramo, o La ruina del cielo.
Su primera novela corta, Apócrifo del clavel y la espina (1977), es seguramente la más deudora de esa filiación con el esquema oral, también por su referencia rural en la recreación del declive de los señoríos rurales montañeses. El personaje narrador  sostiene en su discurso la memoria secular del valle montañés en que habita a través de los relatos que el pueblo ha ido transmitiéndose oralmente generación tras generación. El esquema habitual del "autor-transcriptor" de textos escritos se modifica en este caso por el de un "autor-recopilador" de memorias. Y esa memoria colectiva es el mecanismo de incorporación de los arquetipos tradicionales y míticos que constituyen la trama de la novela: tradiciones, leyendas, romances, cuentos. El contexto rural propicia esta disposición contadora en esta primera obra, y también en parte de La fuente de la edad, o en Las horas completas. Pero no es éste su ámbito exclusivo, y a medida que Luis Mateo Díez va madurando sus mundos ficcionales, se va confirmando esa predisposición de su narrativa hacia el puro placer de la narración. De modo que, de un modo u otro, prácticamente todas su novelas están salpicadas de cuentos, relatos insertos, porque cualquier momento es bueno para escuchar una historia. Incluso en Camino de perdición, se incorpora un filandón cuando el protagonista central, Sebastián Odollo, se ve obligado a detenerse por la noche en lo alto de un puerto, y la figura fantasmal del guarda de un pueblo abandonado le invita a acercarse al fuego en compañía de otros tres desconocidos en sus mismas circunstancias, cada uno de los cuales contará su propia historia como si de una fábula se tratara.
De modo que las novelas de Luis Mateo Díez se constituyen como obras polifónicas, donde la estructura principal acoge otras estructuras narrativas subordinadas -cuentos, fábulas, romances, sueños-, que los personajes relatan en una constante fiesta del contar. Estos relatos insertos unas veces sirven para ejemplificar la trama principal, pero también responden al mero placer de entretenimiento. En todo caso proyectan sobre la realidad cotidiana y realista de los personajes otras referencias entrecruzadas que proceden de la leyenda, el mito, la tradición oral y literaria. Lo fantástico, lo maravilloso, lo onírico, también el humor interfieren con la realidad cotidiana y multiplican el sentido de la trama. La misma vida de muchos personajes se describe en clave de fábula, con lo que se supera la particularidad concreta para alcanzar un sentido más amplio de ejemplaridad sobre la condición humana. De modo que muchas características recurrentes de la narrativa del escritor -desde la preferencia por personajes habladores que continuamente cuentan historias, pasando por el continuo entrecruzarse de niveles narrativos,  el humor, o el mismo estilo característico con el que se expresan narrador y personajes- tienen en la experiencia de lo oral su sustrato originario.
Pero regresemos al origen de su vocación como urdidor de historias. Indudablemente, hay en la obra de Luis Mateo Díez una deuda sentimental con su memoria infantil y adolescente que se manifiesta diáfana en algunos títulos  de su ya larga producción narrativa. En 1981 publicaba Luis Mateo Relato de Babia, un libro con la apariencia de un ensayo antropológico, donde recogía el testimonio oral de los habitantes del valle montañés de Babia para preservar la memoria de unas costumbres que van desapareciendo,  unas voces lastradas por el peso de una tradición ancestral, la memoria de lo legendario que brota de los filandones. Al interés antropológico de este Relato, se superponía sin embargo otra lectura: el relato de cómo se conformó el sustrato imaginario que determinó ya desde la infancia la orientación literaria del escritor.     
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