Onetti bajó así con discreción el telón de una representación con el signo de "una muerte anunciada" que nunca pudo ser otra cosa que una comedia, aunque se quisiera tragedia. En forma deliberada ponía fin a un largo monólogo existencial y anunciaba la salida del mundo con la misma lucidez paralizante, el mismo rigor, dignidad y pudor con que acompañó la reflexión de su escritura desde aquel lejano día de 1939 en que Eladio Linacero decidió escribir un sueño y el instante que lo precedía, mientras se paseaba y fumaba sin parar en la desordenada habitación de un inquilinato oliéndose alternativamente las axilas con una mueca de asco. Como entonces, pero desprovisto ahora de sueños liberadores, Onetti dictaba, a través de Carr, su última voluntad. Lo hacía con una inesperada paz y sosiego, convirtiendo "los adioses" plurales de su obra en un consciente salto al vacío, atravesando "el bulevar de los sueños perdidos", aceptando "con hastío y resignación" lo irremediable.
De Una tumba sin nombre de Rita a la tumba con nombre de Carr bajo cuya lápida se "filtra pertinaz la lluvia", protegido por "la indiferencia y el desdén", Onetti culmina el largo monólogo existencial y la rigurosa reflexión sobre la escritura iniciada cincuenta y cuatro años antes. Una lucidez que pudo ser paralizante durante su vida y que, gracias a la muerte, se transformó en una forma descarnada de la sabiduría.
Con esta novela que puede leerse como un verdadero testamento literario -"el maestro", como lo solíamos llamar afectuosamente en Uruguay- cerró el ciclo narrativo de su obra con un sabio mutis por el foro del teatro de la vida y recordó desde el propio título a todos aquellos que lo ensalzaban como uno de los autores más representativos del boom latinoamericano que nada, en definitiva, importa. Nos hizo ver la condición deletérea de lo que "ya no importa", la inútil vanidad de toda fama a la que él mismo tuvo legítimo derecho y a la que nunca prestó atención.
De escribir hasta el final, de eso se había tratado siempre.