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Turia 91 Turia

Para una tumba con nombre: En el centenario de Juan Carlos Onetti (1909-2009)

por Fernando Aínsa
Turia nº 91, Junio / Octubre 2009

Número de páginas: 8
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El Doctor Díaz Grey -en el que algunos críticos y el propio Onetti han querido identificar como su alter ego [ 10 ] - asume su papel protagónico en Jacob y el otro, aunque parte también de una marginalidad derivada del estado indiferenciado del tedio: "yo estaba aburriéndome en la mesa de poker del Club y sólo intervine cuando el portero me anunció el llamado urgente del hospital".
Esta necesidad de un acontecimiento exterior que irrumpa en la monótona atmósfera donde reina el aburrimiento puede ser un simple recuerdo, como el evocado en La casa en la arena con el que se neutraliza el "aburrirse sonriendo" en que están inmersos, como idiotizados, sus entumecidos personajes [ 11 ] . Ese fondo -el estado del aburrimiento-puede conducir también a la anamorfosis de caras "infladas por el aburrimiento". En un caso extremo -como Julia en Juntacadáveres y Moncha Insaurralde en La novia robada- el suicidio es el resultado de un acto deliberado, de un "echarse a morir" porque se está "aburrida de respirar".
Aburrimiento, tristeza y felicidad pueden ir, sin embargo, de la mano en una perspectiva filosófica marcada por una piadosa resignación. Jorge Malabia, en el cuidadoso análisis que hace de sus sentimientos en Juntacadáveres, maneja con sutileza ese pasaje de un estado -el aburrimiento- a otro -la tristeza - y el equilibrio posible que puede brindar en algún momento la felicidad: "Yo, éste al que designo diciendo éste, al que veo moverse, pensar, aburrirse, caer en la tristeza y salir, abandonarse a cualquier pequeña, variable forma de la fe y salir". En las sucesivas salidas de un estado al otro puede llegar a "aquel punto exacto del sufrimiento que me hacía feliz; un poco más acá de las lágrimas, sintiéndolas formarse y no salir". En ese "punto exacto" se rozan las emociones aparentemente más contradictorias, permitiendo que todo sea "un poco nebuloso, tristón, como si estuviera contento, bien arropado y con algo de ganas de llorar".
Paul Valery decía que el tedio, esa forma sofisticada del aburrimiento y el hastío de vivir en que se traduce, sirve para ver la existencia sin aderezos, desnuda, para comprender "las cosas tales como son". En ese aburrimiento casi visceral, por no decir metafísico, se adivina una esperanza: la de una lucidez del absurdo de la existencia que salva del crimen o del suicidio. Desde el hastío se contempla el mundo como un paisaje ajeno, deliberadamente distanciado por el cansancio.
A partir de ese fondo existencial sobre el cual se edifican otras sensaciones o actitudes, el aburrimiento -tal como lo entiende Onetti- se inscribe en una trayectoria filosófica que tiene su mejor expresión en una página de Soren Kierkegaard en O lo uno o lo otro (Entweder-Oder), cuando expresa que:
Los dioses se aburrían y crearon al hombre. Adán se aburría porque estaba solo, y así se creó a Eva... Adán se aburría solo, y luego Adán y Eva se aburrieron juntos; entonces Adán y Eva, y Caín y Abel se aburrieron en familia; entonces aumentó la población del mundo, y las gentes se aburrieron en masa. Para divertirse a sí mismos, idearon construir una torre lo bastante alta para alcanzar los cielos. La idea misma es tan aburrida como la altura de la torre, y constituye una prueba tremenda de cómo el aburrimiento ha alcanzado a la mano superior [ 12 ] .
¿Malestar perpetuo o spleen baudeleriano?
¿Es, entonces, el aburrimiento una forma suprema de conocimiento? Por ello, me pregunto si no hay algo del spleen de Baudelaire en la actitud displicente de Onetti que desemboca en ese "ennui" distanciado e indiferente. Linacero, Brausen Díaz grey, Jorge Malabia, podrían repetirse: "Sufro de una ociosidad perpetua manejada por un malestar perpetuo", que solo puede calmar la escritura. En el poema Spleen et idéal  con que se abren Las flores del mal, se anuncia la irrupción del poeta -el escritor- en un mundo aburrido, sumido en el gran bostezo que se tragaría todo a su alrededor.
Así, "lorsque, par un décret des puissance suprêmes,/ Le Poëte apparait en ce monde ennuyé", el tedio es desalojado de nuestros espíritus y trabaja nuestro cuerpo como secreción de una realidad ocupada por "la sottise, l'erreur, le péché, la lésine". Lo hace para alimentar "nos aimables remords, /Comme les mendiants nourrissent leur vermine". Ese aburrimiento reenviado al lector: "Tu le connais, lécteur, ce monstre délicat, -Hypocrite lecteur, -mon semblable,- mon frère" [ 13 ] , invita a contagiarse de una progresiva resignación de la que solo se puede salir mediante la escritura. Por ello, el poeta de Las flores del mal irrumpe en el mundo aburrido que bosteza y nos salva con estilo y elegancia. Linacero cuando empieza a escribir afirma: "estoy contento por que no me canso ni me aburro", aunque añade "no sé si esto es interesante, tampoco me importa" [ 14 ]
¿Es la escritura un ensalmo contra el aburrimiento? Esta idea sería feliz, si no fuera banal. La escritura no alivia, apenas distrae, brinda la ilusión de una posible coherencia en un mundo condenado a la desolación. Se trata de escribir para no sucumbir a la tentación del crimen o del suicidio [ 15 ] . Es apenas un alivio para exorcizar el tedio, para salir de la simple y pasiva contemplación de lo ajeno, aunque sea también un modo de descuartizar la comodidad de quienes creen que todo va bien.
Por ello, cree salvarse Linacero escribiendo sus pesadillas y "el sueño de la cabaña de troncos" y Brausen cuando se sienta ante una mesa donde "tenía bajo mis manos el papel necesario, un secante y la pluma fuente" para describir la ciudad a la que finalmente se evade, la emblemática Santa María escenario del resto de su obra. Allí un monumento se levanta luego a su memoria (La novia robada), un bar lleva su nombre y se lo invoca para erradicar la sequía (Cuando ya no importe). La ciudad incendiada en las páginas finales de Cuando entonces se reconstruye en el astillero de la escritura.
Y Onetti, supremo artífice, se salva para marcar un destino que cumplió con ejemplar cabalidad a lo largo de su larga vida, consciente que solo el arte y la apariencia pueden constituir la compensación estética de una realidad engañosa e insuficiente [ 16 ] . No es contradictorio afirmar -por lo tanto- que gracias a esa falta de fe en cualquier dogma que no fuera su propia condición de creador, dispuso de la libertad que le permitió traspasar los planos de un presunto realismo (que sabía al fin de cuentas tan producto de la imaginación como lo puramente fantástico) hacia una estructura onírica de las que El pozo y La vida breve son su paradigma.
Número de páginas: 8
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NOTAS
  • [ 10 ]

    Onetti confiesa a Ramón Chao: "A Díaz Grey lo siento como mi alter ego, pero no totalmente, claro. Hay cosas de Díaz Grey que son onettianas. La indiferencia, el escepticismo, aunque al cabo es una persona que se preocupa por los demás". Un posible Onetti, .o.c., p.199.

  • [ 11 ]

    "La casa en la arena", Un sueño realizado y otros cuentos, o.c. p.53.

  • [ 12 ]

    Soren Kierkegaard, O lo uno o lo otro, Madrid, Ediciones Trtotta, 2008.

  • [ 13 ]

    Charles Baudelaire, Les fleurs du mal, Oeuvres completes, Paris, La Pléiade, 1954, p.81-83.

  • [ 14 ]

    El pozo, o.c., p.22.

  • [ 15 ]

    Para todos aquellos personajes a los que la escritura no pudo salvar -como lo hacen  Linacero o Brausen- la muerte es la inevitable compañera que los lleva a la liberación del suicidio, al frío asesinato (la adolescente de La cara de la desgracia; Magda en Cuando entonces; el crimen de La muerte y la niña) o a un dejarse morir en la "naturalidad" de un viaje o en la "realización" de un sueño (Un sueño realizado). Se suicidan Risso en El infierno tan temido, el deportista tuberculoso de Los adioses, Julia en Juntacadáveres, la protagonista de Tan triste como ella; Julián en La cara de la desgracia. Elena Sala se muere como si estuviera "de vuelta de una excursión con las revelaciones de lo cotidiano, no recogidas por nadie. Muerta y de regreso de la muerte, dura y fría como una verdad prematura, absteniéndose de vociferar sus experiencias, su derrotas, el botín conquistado" (La vida breve, p.273). Ossorio, al final de su fatigada huída en Para esta noche, sonríe por primera vez cuando adquiere conciencia de su muerte inminente. Moncha Insurralde en La novia robada se deja morir. Por algo el certificado de defunción que extiende el Doctor Díaz Grey establece que el "estado o enfermedad causante directo de la muerte" es "Brausen, Santa María, todos ustedes, yo mismo" (La novia robada).

  • [ 16 ]

    Lucien Goldmann desarrolla la idea de que "sólo el arte y la apariencia pueden constituir la compensación estética de una realidad engañosa e insuficiente" en El teatro de Jean Genet, Caracas, Monte Ávila, 1967.


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