El distingo que ha presidido su vida sigue siendo esencial. "Los que se acercan a la literatura pueden dividirse en dos grandes categorías -precisa en esos años- "Los que quieren llegar a ser escritores y los que simplemente quieren llegar a escribir. Sólo respeto a estos últimos". Y añadía con tono elíptico: "la palabra creación me parece desmesurada. Algunos se autodenominan "creadores"; otros, "hombres de letras". Yo no soy nada de eso. Como Eladio Linacero, soy un hombre cualquiera que escribe en los rincones de la ciudad".
Como ese antihéroe solitario -protagonista de El pozo- que "se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas", Onetti podía seguir repitiéndose cincuenta años más tarde: "me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no. O los sueños. Desde alguna pesadilla, la más lejana que recuerde". La vida de Linacero y la del propio Onetti se identificaban y tenían su secreta razón en ese refugio -la escritura- la misma en que se reconoció Brausen, protagonista de La vida breve (1950), cuando descubre la noche en que decide "hacer algo" que "cualquier cosa repentina y simple iba a suceder y yo podría salvarme escribiendo".
Refugio y salvación en la escritura
Escribir para salvarse, sí, pero no escribir de cualquier manera, porque la salvación no puede ser ni sencilla ni directa. No basta sentarse y escribir sueños y pesadillas para quedar libre de su espectro. Como dice el viejo Lanza en La novia robada hablando de su creador, es decir del propio Onetti: "Es fácil la pereza del paraguas de un seudónimo, de firmar sin firma : J.C.O. Yo lo hice muchas veces. Es fácil escribir jugando". La imagen, casi surrealista, de la "pereza del paraguas" la había aclarado años antes en un reportaje periodístico cuando lo interrogaron sobre las influencias que reconocía haber tenido en su escritura: "Centenares pienso. Tuve, desde la adolescencia, el terror de aparecer -luego de años de trabajo- descubriendo el paraguas. Y de exhibirlo con sonrisa satisfecha".
Sin pretender haber descubierto el paraguas y sin exhibicionismos, con "sonrisa satisfecha", bajo la apariencia de un anti intelectualismo llevado al extremo de ser abrupto, como trasuntara tantas veces en el curso de entrevistas periodísticas o comparecencias públicas, Onetti esgrimió, sin embargo, el mejor catálogo de técnicas de la narrativa contemporánea que sus insaciables y numerosas lecturas nutrían: la ambigüedad de Hermann Melville, los puntos de vista de Henry James, el monólogo interior de James Joyce, los personajes colectivos de Sherwood Anderson, la redonda perfección del relato de Stephen Crane, la realidad vista a través de una mirilla de L'enfer de Henri Barbusse, el estilo jadeante de Le voyage au bout de la nuit de Céline, la absoluta indiferencia y el hondo desencanto de L'Etranger de Camus o la atmósfera trágica del condado de Yoknapatawa en William Faulkner que Onetti transforma en el sombrío patetismo del reino de Santa María.
Lejos de toda verdad absoluta
Una salvación por la escritura construida, sin embargo, sobre la duda, lejos de toda verdad absoluta, apoyándose en las realidades múltiples de un mundo que no puede ser unívoco y que, por lo tanto, apuesta a las virtudes de la distorsión. Deformación de la realidad que es sinónimo de creación y supone siempre la "responsabilidad de una elección". De otro modo -precisaba Onetti- se "hace periodismo, reportajes, malas novelas fotográficas".
Seleccionar y deformar han sido operaciones fundamentales en la configuración de la escritura del creador de Santa María. La conciencia de que "la literatura es lo irreal mismo" o más exactamente que la ficción dista de ser una copia analógica de lo real, surge de la integralidad de su universo. Sin embargo, esta conciencia de la irrealidad de la literatura no es una conciencia de lo irreal del lenguaje, sino el resultado de una postura filosófica previa traducida a un código literario. La "racionalidad arbitraria" con que selecciona y deforma los hechos obedece al principio de lo que podría ser "una ética de la estética".
La selección y deformación debe conservar, en todo caso, "el alma de los hechos", idea central que ya aparece en
El pozo, cuando Linacero, después de su frustrado intento de reconstruir
una escena del pasado en que había sido particularmente feliz con Cecilia, escribe: "Hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llena"
[ 2 ] . Este proceso creativo no importa tanto como mecanismo de liberación de la fantasía, sino de la
conciencia a través de los cuales se percibe la realidad: el punto de vista del narrador. Son los protagonistas "testigos" de la acción ajena, narradores de lo que observan desde "afuera" sin comprometerse, pero desde una primera persona que instaura la ambigüedad del punto de vista, los que seleccionan y deforman.
El manejo del punto de vista, a partir de la conciencia individual o colectiva siempre marginal, permite a Onetti borrar en muchos casos las hipótesis de la narración. Resuelto con eficacia en el final de
La cara de la desgracia, el procedimiento es explicado en
Una tumba sin nombre, cuando el personaje-testigo expresa: "Esto era todo lo que tenía después de las vacaciones. Es decir, nada; una confusión sin esperanza, un relato sin final posible, de sentido dudoso, desmentido por los mismos elementos de que yo disponía para formarlo"
[ 3 ] . El narrador prefiere ignorar lo que ha visto, porque le resulta "repugnante" la idea de averiguar y cerciorarse. Es decir, hay un rechazo de la certeza como posibilidad de conocimiento que dignifica la posición marginal, que justifica cualquier desinterés en nombre de una especie de pudor por todo lo que sea participación efectiva.
Protagonistas testigos del quehacer ajeno
Por otra parte, el manejo de la primera persona del singular, que en la novela tradicional supone un compromiso del protagonista con la acción que se desarrolla, le permite recordar que el "yo" es siempre otro, lejos del testimonio o la connotación autobiográfica. En Onetti, el yo del narrador no habla de sí mismo, sino de los demás, distancia que teóricamente permitiría una cierta objetividad, pero que en realidad imprime al relato un sesgo que puede llegar a ser una deformación. La primera persona no es titular de un rol protagónico, sino la de un testigo secundario que observa, cuando no imagina, versiones contradictorias sobre lo que ocurre a su alrededor y, por lo tanto, subjetiviza indirectamente el relato.