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Quimera 245 Quimera

Parricidios, filicidios, matricidios, fratricidios

por Jorge Ruffinelli
Quimera nº 245, junio 2004

Número de páginas: 2
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Parricidios, filicidios, matricidios y fratricidios han existido hasta en las mejores familias. Podría decirse, también, que han existido ante todo en las mejores familias. ¿Por qué extrañarse, entonces, al encontrarlos en la familia literaria?
La historia de la literatura latinoamericana abunda en ejemplos antiguos y modernos, locales, nacionales e internacionales. Es tal vez parte de un proceso natural de crecimiento; así como cada individuo alcanza su identidad cuando simbólicamente mata al padre, los escritores suelen afianzar su lugar en el mundo con asesinatos discretos e imperceptibles, o con matazones despiadadas y a mansalva. En este retrato familiar, podría creerse que la Madre es la custodia del hogar, no escribe sino que guarda las escrituras, mientras teje y enhebra el tejido amoroso de la gran familia, y por eso existen menos matricidios. Ésta es verdad a medias, porque cuando la Madre excede sus funciones esperables y ‘escribe', se convierte en objeto de las mismas reacciones de padres, hijos y hermanos. De ahí todo lo que Roberto Bolaño decía y escribía a propósito de Isabel Allende o Diamela Eltit.
Estas muertes imperceptibles o violentas forman parte de la vida, no hay por qué censurarlas ni elogiarlas. Octavio Paz (augusto Padre asesinado una y otra vez pese a la corte que lo protegía) hablaba de tradición y ruptura. Ningún escritor puede negar que proviene de escritores anteriores, pero en cambio se siente libre de romper con ellos.
Lo hizo Mario Vargas Llosa en los setenta cuando promovió la cruda separación entre ‘primitivos' y ‘modernos'. Modernos eran él mismo, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante, y primitivos los que se habían quedado rezagados en el realismo mimético sin sensibilidad innovadora.
Más tarde el crítico uruguayo Ángel Rama (1926-1983) advirtió que la modernización de la literatura no provenía sólo de los cosmopolitas -como Borges- sino también de los "transculturadores" -como José María Arguedas-, ambas alternativas con diferentes estrategias pero similares resultados.
Me he preguntado, a lo largo de estas dos últimas décadas, "qué se hicieron" de los renovadores del pasado. ¿Sucumbieron a la tradición? ¿Pasaron a ser blanco de los petardos de los jóvenes rupturistas?
Algunos cambios se iniciaron cuando escritores como la argentina Liliana Hecker y el chileno Antonio Skármeta advirtieron que al boom lo sucedería el crack . Que a aquella mirada ambiciosa y totalizadora de las novelas centrales ( Rayuela , Cien años de soledad , Conversación en la Catedral , Paradiso ) debían sucederlas otras que atendieran a lo real en detalle. Como decía Skármeta: acercándose a lo real con "la mirada de un miope". Sólo así podría reencontrarse lo cotidiano y lo individual, alejándose al fin de la épica, de la novela totalizadora, de las montañas mágicas y las nuevas biblias latinoamericanas.
A menudo se distingue el término boom de "nueva novela latinoamericana": el primero indica -por tomar prestado del léxico económico- una ampliación repentina del mercado; el segundo nos habla de formas estéticas o estrictamente literarias. Pero junto al boom económico pudo asociarse el boom de valores, una ampliación súbita de los valores que, una vez colocados en la balanza del tiempo, se probaron menos válidos. ¿Inflación de valores? ¿Es verdad que García Márquez es un `mal´ escritor como lo dice y señala Fernando Vallejo? ¿Ha perdido Mario Vargas Llosa el filo de su prosa? ¿Son hoy los escritores de la `Nueva Novela Latinoamericana´ -pasada la cuesta del milenio- valores inflados?
Sin embargo, las nuevas generaciones no han salido a barrer a las anteriores. Utilizan más la ironía que el barreno. Tal vez por falta de arrojo, de proyectos, de programas propios.
Cuando en los ochenta Mario Benedetti regresó al Uruguay, un grupo de jóvenes escritores locales calificó su obra más reciente de `copias xerox´ de sus libros anteriores. Más allá de que el cargo fuera o no acertado, lo grave es que los jóvenes escribían como si ellos mismos partieran de su `copia xerox´. Una literatura exangüe, pálida, sin fuerza. Sin rupturas más allá de las declarativas.
Ahora bien, las rupturas declarativas son también importantes. Cuando apareció la `generación McOndo´ en 1996, una nueva estética pareció aflorar: "McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde". A diferencia del de García Márquez, el Macondo de estos nuevos escritores asumía un realismo poco mágico y algo cínico: "En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que en el nuestro, cuando la gente vuela es porque anda en avión o están muy drogados". También a diferencia de los años sesenta, las opciones fueron más frívolas: "Si hace años la disyuntiva del escritor joven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh" (estas y otras autodefiniciones aparecen sabrosamente en "Presentación del país McOndo" del libro McOndo , 1996).
En México, apareció al fin otra generación: la del crack . Pasando revista a la experiencia craquera , Ignacio Padilla celebró parricidamente la desaparición del realismo mágico, aunque según él venía anunciada desde mucho antes; se felicitó por el carácter lúdico e irreverente de la joven literatura (tanto del crack como de McOndo), y aplaudió el hecho de que entre los dos grupos coetáneos no existiera una unidad estética. En el mismo libro en que Padilla reflexiona sobre sus excesos y aciertos ( Palabra de América , 2004), Guillermo Cabrera Infante descubre alborozado a esta nueva generación y prologa los textos de los doce apóstoles (así los refiere) y los compara con el boom , sintetizando este último (al estilo fratricida) en una sola novela: La ciudad y los perros , de Vargas Llosa.
Lo interesante es que, al par que celebrantes, McOndo y crack han tenido sus detractores, y no necesariamente de parte de los viejos maestros (entre los cuales se debe incluir a Caín ), sino de críticos perspicaces como Cristopher Domínguez M.
Un interesante artículo de Domínguez ("La patología de la recepción") se dedica a comentar, en los términos más duros de que se tenga noticia, la literatura de su compatriota Jorge Volpi, ante todo El fin de la locura (2003). Lo más insólito es la declaración de admiración que, luego de sus andanadas, le dedica a Volpi: "Tengo suficientes razones intelectuales para admirarlo. Me expresé con enérgica desaprobación de sus primeros libros. Y, caso insólito entre los muchos escritores con los que he tenido trato, a cambio no recibí de Volpi ni muecas ni insultos, sino el gallardo interés de quien acepta, no tanto las reseñas negativas, siempre circunstanciales, sino la necesidad y la existencia del crítico. Ese acuerdo literario de fondo permitió que nos hiciésemos amigos, sin por ello cesar ese intercambio franco y no pocas veces incómodo para ambas partes. Por ese camino, aprendí con rapidez a quererlo, y a creer en su tesonera capacidad de trabajo, y en la firmeza de su vocación". ( Letras Libres , 63, marzo del 2004, p. 52).
Lo que no se menciona -y es útil recordar- es que Domínguez resultó a su vez un personaje de El fin de la locura.
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