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Quimera 274 Quimera

Contener la desaparición y la ausencia: Fotografía y memoria en W.G Sebald

por Txetxy Aguado
Quimera nº 274, Septiembre 2006

Número de páginas: 4
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De aquí arranca la necesidad del viaje, de la búsqueda de lo significativo, por parte del yo narrador en Vértigo o en Los anillos de Saturno , de ese moverse casi compulsivamente de un lugar a otro recorriendo paisajes y arquitecturas, entablando conversaciones con personajes singulares y recuperando memorias. Ya se trate del exilio voluntario-Sebald decidió marcharse a vivir a Inglaterra en 1970-, la emigración de los judíos de Los emigrados o los recorridos de Austerlitz por media Europa, el viaje nunca está en Sebald sesgado por la mirada turística. Sus personajes, lejos de moverse por el espacio insensibles a lo que les rodea, nunca vuelven a casa reafirmándose en la bondad de lo propio, como hace el turista; nunca consumen viaje como si de un producto de supermercado se tratara. Por el contrario, el viaje es la incursión en el territorio de un otro, en sus ruinas de memoria, para impregnarse de su pasado y reconocer en su recorrido vital parte de lo que nos es más personal. Es así que los personajes de Sebald no viajan como los de Claudio Magris en El Danubio [ 5 ] . Éstos últimos se dejan impregnar suavemente de la memoria de los paisajes navegados por las orillas del río, bien es verdad que trayéndola al centro de la discusión sobre el presente. Por su parte, los personajes de Sebald descienden, si no a los infiernos como dice el tópico, sí al centro del dolor de algún alguien, o al punto de horror sobre el que indefectiblemente se asienta una arquitectura, para volver muchas veces a la superficie con las manos vacías. Si se ha realizado el movimiento del viaje, poco importa el propósito frustrado; más importante es el peso de memoria acumulado en las maletas.
En el momento del viaje, Sebald resignifica los lugares, que hasta entonces han sido simples geografías, con la emoción de los que han vivido en ellos; les añade el transcurso del tiempo para recuperar la pátina, ese otro brillo también perdido, de lo que fueron un algún momento y ahora no consiguen, o no se los deja, expresar del todo. El recorrido por la memoria de los personajes, paisajes, geografías y arquitecturas más que un desplazamiento en el espacio, lo es en el tiempo. Es un movimiento en busca de una memoria perdida para, mediante un proceso de restauración, devolverla a su esplendor original. Pero en ningún momento se trata de crear una ilusión de posesión total del pasado, como si el tiempo no hubiera transcurrido y no lo hubiera arrugado todo con su paso. Sebald ya no vive en el tiempo de Marcel Proust donde una simple, y maravillosa, magdalena tenía la capacidad de trasladarnos al espacio difuso, pero t reme ndamente satisfactorio, del recuerdo. Unos cuantos años después, los objetos no contienen historia porque han perdido su tiempo y, entonces, se nos presentan totalmente desligados de su existencia en el ayer. No invocan ni convocan nada. Existen en el vacío por su incapacidad para contener en sí mismos, y en las sensaciones que nos prodigan, la carga de recuerdo de la magdalena de Proust.
La operación memorística tiene que ser otra distinta a la evocación proustriana. No deja de sorprender lo arcaico del lenguaje utilizado por Sebald, apuntado entre otros críticos por Mark McCulloh [ 6 ] y probablemente perdido en la traducción, como si una voz remitiera a otra, pero no de manera directa conectando una sensación producida por un objeto a una memoria. Más bien, unas palabras remiten a otras, al igual que unos objetos a otros, como si del atisbo de un eco perdido se tratara. Así quizás se expliquen las innumerables listas de actos u objetos con las que la voz narrativa-fácilmente asociada a la del propio autor-nos abruma a veces, sin entender bien del todo su propósito o razón. En la saturación con los hechos de una cotidianidad que no va a ninguna parte y perdido entre los entresijos más intrascendentes, aparece ese momento excepcional: un momento de clarividencia por donde el tiempo pasado, y sus memorias, se cuelan en el presente. Parece como si el exceso del detalle no tuviera otra finalidad que el de hacer emerger un elemento perdido en la enumeración: invocar aquello que ha quedado sumergido gracias a la letanía descriptiva.
Desde la cotidianidad, Sebald, sus voces narrativas, tienden trampas a los objetos y situaciones del presente, en la forma de enumeraciones detallistas, a veces puntillosas, para lograr que suelten su memoria. Así sucede en Los emigrados , cuando Max Ferber entrega al narrador los diarios de su madre, Luisa Lanzberg. Ésta nos cuenta quiénes eran sus vecinos, sus nombres, y a qué se dedicaban, qué hacían cuando eran pequeñas, sus amistades, qué objetos contenía el salón de la casa de sus padres, o a qué se dedicaban durante los veranos. Todo ello quizás irrelevante si no fuera porque antes de dar entrada a la voz escritural de Luisa Lanzberg, y sin ánimo de interrumpir su relato, el narrador nos dice que ya no quedan judíos en Steinach y que sus antiguos vecinos no quieren recordarlos porque se han quedado con sus bienes y propiedades. Y es que las arquitecturas de la memoria entregadas con intensidad a la edulcoración del pasado no consiguen limitar los vacíos dejados por los que han sido exterminados. Las áreas de la ausencia crecen en lugar de reducirse; los silencios de la historia aumentan en lugar de aminorarse. La cotidianidad narrada de Luisa Lanzberg sería una más si no fuera porque en el Steinach reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial no quedan más que restos. Uno de ellos, el mal cuidado cementerio judío; otro, los diarios de la madre de Max Ferber.
La estrategia memorística de Sebald no es sólo una de indagación narrativa. Las numerosas fotografías que pueblan sus libros hablarían de una recuperación del pasado que no es lingüística en exclusiva, ni siquiera principalmente. La variedad de objetos fotografiados y añadidos a la narración guardan a ratos una relación directa con lo contado; otras veces lo ilustran como si de un apoyo visual se tratase; mientras que otras la razón de su inclusión no se hace explícita. Queda, en este último caso, al albedrío del lector la reconstrucción de su posible sentido en el esquema narrativo. El material gráfico de sus textos incluye una variedad t reme nda de objetos: recuerdos turísticos o fotografías tomadas por el autor, a veces de él mismo, a veces de personas que ha ido encontrando en sus viajes, lugares particulares, postales, recortes de periódico, dibujos, grabados, esquemas, croquis, fotogramas de películas, sellos, anuncios de productos, ventanas de hospital, cuadros, representaciones navales, paisajes, objetos curiosos, edificios, y un sinfín de artefactos. Todos ellos le permiten al narrador acumular la experiencia y los recuerdos vividos, siempre elusivos, en la materialidad de los objetos fotografiados.
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NOTAS
  • [ 5 ]

    El Danubio . Barcelona. Anagrama, 1997.

  • [ 6 ]

    Mark R. McCulloh. Understanding W.G. Sebald . Columbia, South Carolina, U of South Carolina P, 2003, página 22. También Ciro Krauthausen habla del "lenguaje culto de tiempos pasados" de Sebald cuando lo entrevista en el Babelia del 14 de Julio de 2001: "Crecí en una familia posfascista alemana".


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