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Quimera 271 Quimera

La poesía de la normalidad (explicada a los niños)

por Vicente Luis Mora
Quimera nº 271, Mayo 2006

Número de páginas: 2
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De este modo, la "poesía de la normalidad" no incluye hoy a una serie de personas concretas. Por ejemplo, el último libro de Luis García Montero, La intimidad de la serpiente , alcanza la velocidad de escape de esa órbita al tornar su mirada hacia las vanguardias (Lorca, Alberti), de donde el autor siempre ha obtenido sus mejores frutos poéticos, pese a sus reiteradas declaraciones ensayísticas contra la vanguardia. Carlos Marzal y Vicente Gallego intentan en sus últimos poemarios huidas semejantes vía Claudio Rodríguez, aunque creo que habrá que esperar a sus próximos libros para ver con exactitud hacia dónde dirigen su búsqueda. La poesía de la normalidad es sólo un código, un canal sin protagonistas concretos, que extiende sus tentáculos allí donde hay un poeta que no entiende que la poesía es la búsqueda personalísima de una voz propia , inaccesible a modulaciones o limitaciones. Institucionalizada desde premios de renombre, públicos o privados, defendida por una crítica servil y en muchos casos anacrónica, la poesía de la normalidad vive del miedo de los poetas de todas las edades, pero especialmente de los jóvenes, a quedarse fuera de no se sabe bien qué. Un miedo atroz a permanecer a la intemperie, al margen de la carrera literaria. En España hay dos tipos de poetas: los que piensan que su carrera depende del número de veces que aparezca su nombre en uno de los tres suplementos culturales nacionales ( Babelia, El Cultural, ABCD ), y los que creen que depende de hacer una labor solitaria, depurada y ajena a la recompensa inmediata. Los primeros son carne de la poesía de la normalidad. El problema es que, por desgracia, esa misma inquietud y angustia mediática ha calado en algunos editores de poesía, para los cuales no estar periódicamente en esos suplementos es poco menos que el canto del cisne del negocio. Y es que, como digo, y por cuanto acaban entrando factores de mercado, estamos ante un problema que ya no es solamente literario sino, en parte, sociológico.
Para que en la poesía española no haya más discos duros que los de los ordenadores, debería subvertirse este sistema de cosas. El problema es el cómo, por supuesto. Como sigo pensando que uno de los cánceres fundamentales es la mala crítica literaria, uno de los modos de ir limando este estado de cosas es la creación de un "centro" crítico mucho más amplio, que no deje tantas y tan interesantes poéticas en la periferia. Hay autores, jóvenes y no tan jóvenes, que son por completo desconocidos del público porque su apuesta estética es opuesta a lo normalizado. Excelentes libros como los últimos de Mariano Peyrou, Julieta Valero, Carlos Piera, o Martín Rodríguez-Gaona, apenas han tenido repercusión en prensa porque buena parte de la crítica actual no sabe cómo acercarse a ellos, cómo leerlos. De otros poemarios notables como En ningún paraíso , de Diego Doncel (uno de los grandes libros de los últimos años) o Resurrección , de Manuel Vilas, que han tenido acceso a los medios porque un jurado consistente se fijó en ellos, provoca sonrisas (de tristeza) el modo anacrónico, desinformado e increíblemente conservador con el que han sido a veces reseñados. Así que vemos que el gran problema de la poesía de la normalidad sigue siendo el mismo que la originó: una crítica instaurada incapaz de reaccionar, que lleva años sin estudiar , galvanizada, absolutamente absorta en la tradición poética española y al margen de los últimos e indispensables movimientos intelectuales que se han venido sucediendo en Francia, Alemania y, sobre todo, Estados Unidos. En España vivimos una situación surrealista donde un poeta de treinta años suele saber más y está intelectualmente más al día que la mayoría de críticos que, en un momento dado, pueden abordar su obra desde la parte mediática del reseñismo literario. Salvo casos puntuales como el de Jaime Siles (que, por desgracia, no aborda poemarios en castellano) y el de Túa Blesa, perfecto conocedor del posestructuralismo y la deconstrucción, y pocos más, existe un preocupante desfase en los temas candentes en la teoría literaria internacional, como el del canon, las literaturas de la colonización, la deconstrucción o el posmodernismo literario y sus posibles sucesores, asunto este último que jamás se toca en las reseñas de la crítica central o que cuando se toca se aborda, como denuncio en mi ensayo, con una des información aberrante.
La parte más polémica del ensayo es, seguramente, aquella en la que repaso los problemas estructurales, siempre epistemológicos, de la poesía de la normalidad; y es que ajustarse a una norma, cuando la misma no es la más correcta a la hora de enfrentarse con el agudo test de la escritura, provoca, necesariamente, ciertas taras de nacimiento. Así, se repasan la ausencia de rigor crítico para entender los mecanismos que producen realidad dentro de un texto, la confianza en el lenguaje como si fuera capaz de superar la crisis de la representación sin una severa corrección teórica, la escasa presencia de pensamiento poético en nuestra lírica, y el complicado problema de la ideología en esta poesía y su incardinación con el problema mayor: el mismo problema ideológico que vive la cultura española desde el experimento consensual de la Transición a la democracia. Como es obvio, no son temas planteados para ser resueltos, sino para animar al debate: más bien, se citan para que sean contestados, aunque en estos lares la práctica habitual con este tipo de libros es el ninguneo, para evitar cualquier debate teórico, ya que ese es, precisamente, uno de los mandamientos de la poesía de la normalidad: no llegar jamás al debate de ideas . Con esto no queremos decir que los poetas de la normalidad no tengan ideas, sólo que es muy difícil conocerlas.
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