Más claramente: acusar a un novelista de engañar en sus novelas es como acusar a un delantero centro de meter goles. ¿Acaso nos pagan a los dos -novelistas y delanteros centro- por hacer otra cosa? Lo cierto es que tal vez nos hubiéramos ahorrado todo esta aclaración superflua si el periodista Espada, en vez de emplear su tiempo acusando a todo quisque de falsario con sus rentabilísimos bocinazos de talibán, hubiera atendido en la escuela, donde probablemente le leyeron esta frase que pronunció Gorgias hace veinticinco siglos, una frase que, de paso, también nos hubiera ahorrado muchas de las ñoñas reprimendas de seminarista presuntuoso que, campeón de descubrir la paja en ojo ajeno, inflige a diestro y siniestro: "La poesía es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar".