Me pide Fernando Valls, director de Quimera , que explique qué cosa es un relato real. No hay (o no debería haber) mucho que explicar. Acuñé ese marbete, sólo a medias en serio, y a lo que se ve un tanto temerariamente, para acoger bajo su protección un puñado de crónicas -textos de naturaleza híbrida, que a su modo, como tal vez toda crónica, aspiraban a participar de la condición del poema, de la del ensayo y, quizá sobre todo, de la del relato- que había ido yo publicando, más o menos desde finales de 1997 hasta finales de 1999, en la edición catalana del diario El País . El libro se llamó Relatos reales
El título, como han notado algunos críticos -desde el propio Fernando Valls hasta Ignacio Echevarría-, es equívoco, deliberadamente equívoco. En el prólogo del libro, con el fin de explicar la naturaleza de aquellas crónicas, yo mismo me adelantaba a tratar de aclarar esa equivocidad; reproduzco algo de lo que dije entonces, no porque me parezca exacto, sino porque ahora mismo no sabría formularlo mejor: "En rigor, un relato real es apenas concebible, porque todo relato, lo quiera o no, comporta un grado variable de invención; o dicho de otro modo: es imposible transcribir verbalmente la realidad sin traicionarla (...) Ello por supuesto no equivale a ignorar la fundamental diferencia que separa periodismo y ficción. Todo relato parte de la realidad, pero establece una relación distinta entre lo real y lo inventado: en el relato ficticio domina esto último; en el real, lo primero. Para crear la suya propia, el relato ficticio anhela emanciparse de la realidad; el real, permanecer cosido a ella. Lo cierto es que ninguno de los dos puede satisfacer su ambición: el relato ficticio siempre mantendrá un vínculo cierto con la realidad, porque de ella nace; el relato real, puesto que está hecho con palabras, inevitablemente se independiza en parte de la realidad".
Cabría prolongar lo anterior añadiendo que un relato real es el que surge de una conciencia lo más acusada posible de sus limitaciones -a sabiendas quien lo escribe de que, aunque pugne con desesperación por conseguirlo, nunca podrá apresar lo real, que no se halla a su alcance- y empieza a operar una vez se ha hecho cargo de ellas y, por así decirlo, sin perderlas nunca de vista. En un sentido laxo, un relato real sería una especie de crónica o reportaje escrito por alguien que, pese a perseguir encarnizadamente la verdad de los hechos, posee la suficiente conciencia de su oficio como para conocer las limitaciones de su instrumental, que carece de las potencialidades de la ciencia, y la suficiente humildad -o el suficiente ímpetu o entusiasmo- como para seguir trabajando a partir de ello, pero sobre todo a pesar de ello. Simplificando al máximo, un relato real vendría a ser, pues, una historia empeñada en ser verdadera, rigurosamente verdadera, capaz de acoger en su tejido todos los matices infinitos de la infinita complejidad de lo real, escrita por quien sabe que escribir esa historia no está a su alcance, ni al de nadie si se exceptúa a Dios, que no existe.
No es difícil, como se ve, aclarar el voluntario equívoco conceptual, apenas suavemente burlón, que contiene la noción de relato real, una noción que en definitiva contiene un oxímoron; menos aún debería serlo aclarar un segundo equívoco, éste del todo involuntario por mi parte, generado por el primero. En apariencia, la plasmación más extensa de la idea del relato real se halla, al menos en lo que a mi trabajo respecta, en mi novela Soldados de Salamina . Digo en apariencia porque la verdad es que Soldados de Salamina no es, ni pretende ser, un relato real, sino solo una novela -sea esto lo que sea, cosa que ahora no es el momento de discutir-. Algunos, sin embargo, no lo han entendido así, o sólo lo han entendido tarde, embarazosamente tarde. En un libro titulado Diarios , el periodista Arcadi Espada me reprocha, tan altanero y malcarado como de costumbre, que le haya hecho leer hasta el final mi novela con un señuelo de trilero: "Si he caído en la trampa", se lamenta, "es por lo que el autor llama, con pomposo pleonasmo, relato real ".
Lo del pleonasmo es exacto, desde luego, siempre que no se acierte a leer esa expresión más que como la leería un párvulo (el relato real sería en tal caso un relato que posee una existencia cierta, cosa que naturalmente todos los relatos poseen); pero lo más sustancioso -y la raíz de este segundo equívoco- es lo de la trampa. Porque lo primero que se enseña en las escuelas -lo primero que debería enseñarse- cuando se enseña a leer una novela es que una cosa es el autor y otra cosa el narrador; no voy cometer la grosería de explicar aquí en qué consiste una y otra cosa, porque no me cabe duda de que todos ustedes, a diferencia del periodista Espada, habrán aprovechado su paso por la escuela y en consecuencia entenderán que, cuando en Soldados de Salamina se lee una y otra vez que aquello es un relato real, es sólo el narrador quien lo afirma, y no el autor.
Ello comporta una diferencia dramática en el modo de entender el libro. Porque lo segundo que se enseña en la escuela -lo segundo que debería enseñarse- cuando se enseña a leer una novela es que, aunque la novela persiga a toda costa el asentimiento del lector al mundo ficticio que propone, y aunque el lector, dejando en suspenso su incredulidad en el curso de la lectura, deba acatar ese mundo como si fuera real -como por lo común hace de forma espontánea-, en última instancia el lector nunca debe fiarse del todo del narrador de una novela, en particular si ésta está narrada en primera persona: como todo el mundo, con la excepción de Dios y al parecer del periodista Espada, quien narra una historia puede engañarse, o carecer de la información necesaria para contarla, o incluso puede querer engañarnos; su punto de vista, en suma, a diferencia del punto de vista de Dios y al parecer del periodista Espada, es limitado. Del partido que extraiga de las limitaciones del narrador, de la astucia con que las administre, dependerá en gran medida el triunfo o el fracaso -ahora sí- del autor, el triunfo o el fracaso de la novela.
La expresión unreliable narrator -narrador no fidedigno- , si la memoria no me falla acuñada por Wayne Booth en The rethoric of fiction , es -ahora también- un pleonasmo indudable: a fin de cuentas, todo narrador, y en particular si es un narrador en primera persona, es siempre unreliable . Así pues, sentirse estafado porque Soldados de Salamina no es un relato real, como declara aquí y allá el narrador de la novela, constituye una ingenuidad -o, más precisamente, una estupidez- sólo equiparable -y perdonen ustedes los ejemplos: son los primeros que se me ocurren- a sentirse estafado por el Quijote porque, pese a lo que el narrador una y otra vez sostiene, la historia de don Quijote no es fruto de la pluma de Cide Hamete Benengeli, o a considerar un engaño intolerable que los autores respectivos del Lazarillo o Robinson Crusoe alentaran o propiciaran, mediante estratagemas diversas, que esas novelas fueran leídas como historias verdaderas, como relatos reales.