En los tres casos comentados la cinta magnetofónica se presenta
como un objeto simbólico que representa distintas concepciones de
la Historia: mítica e inspirada en la teoría viquiana de los
ciclos, en el caso de Barth; fabular e hiperreal en el caso de Sukenick;
conspiratoria, bajo la metáfora de la interpretación y reinterpretación
sin fin, en el caso de Bumpus. Es de señalar que la aportación
de Bumpus, que data de principios de los años ochenta, es representativa
de un momento más avanzado en la historia del posmodernismo, y por
esa razón llega a tener más equivalentes y formas derivadas
en un momento marcado por la estética del simulacro que su relato
representa de manera quintaesencial.
La cultura popular como deconstrucción del cine
De entre las muchas líneas de relación que pueden postularse
entre el cine y la literatura, hay una en particular que interesa especialmente
para nuestro discurso: la postulación del cine como mecanismo de
fabricación e industrialización de la cultura popular. Si
la segunda parte del siglo está marcada, entre otros fenómenos,
por el paso desde una cultura popular de raíz oral y, por así
decir, "artesanal", a una cultura pop como sistema de producción
industrial (y posteriormente digital), en este paso el cine se presenta
como una maquinaria que filma, empaqueta y reproduce el elusivo espíritu
de lo popular con sus nombres y situaciones características,
con su mitología y su repertorio de modelos de comportamiento. La
pérdida de una supuesta y siempre idealizada cultura popular auténtica
es percibida desde distintos frentes desde la sociología,
la crítica cultural o el periodismo- como un trauma identitario,
y determina una serie de respuestas que oscilan entre lo agresivo y lo nostálgico.
En el marco de la literatura, algunas de estas respuestas dan lugar a una
nueva forma de relación entre las artes audiovisuales y las escritas.
Una muestra temprana de relación entre las dos artes es la reducción,
en forma de pastiche, de un largometraje previamente conocido a un
relato presentado en forma cortometraje. Es el caso del relato de Donald
Barthleme "L´Lapse. A Scenario for Michelangelo Antonioni",
en que la forma del guión con diálogos acotados sirve para
una devastadora crítica en que la estética de la incomunicación,
la soledad y el tedio propia del director italiano se presenta como un conjunto
de convenciones genéricas sagradas. Barthelme pone en boca del personaje
de Marcello, crítico de cine, una serie de comentarios que consituyen
una parodia de la retórica celebratoria de la crítica de cine,
desactivando así el anuncio de L´Eclisse. Planteado
en términos de relación entre literatura y cine el relato
admite, al menos dos lecturas. Por una parte, puede entenderse como una
respuesta de tipo anti-intelectual al cine concebido como arte y no como
entetenimiento en lo que sería también una reacción
defensiva contra la invasión del espacio de la literatura por el
cine como arte. Por otra parte, la sátira de los elementos formales
y de guión pude entenderse también como una muestra del eclipse
de la técnica cinematográfica operado a partir de su recuento
literario. En esta lectura, la "tecnología literaria" se
nos aparecería como menos moderna históricamente pero más
destructiva que la del cine y, por tanto, como una reinvindicación
de la capacidad de la literatura para crear a su vez esa nueva cultura popular
que el cine parecía haber monopolizado, y que tiene una de sus vías
de expresión en la sátira. En esta misma línea puede
leerse el relato de Jonathan Baumbach "The Adventures of King Dong",
donde se describe, en parodia directa de la película, el rapto del
gran mono en su isla, su transformación en estrella de cine, su caída
en lo animal de la sociedad de consumo (el alcohol y las drogas)
y su retorno final a África. El planteamiento de la narración
en imitación del lenguaje cinematográfico, entendido como
forma tecnologizada de la visión, culmina con la significativa escena
de Lola soñando una escena sexual con su antiguo amante: "Lo
está filmando una cámara gigante. El gran mono ha dejado su
huella en la imaginación." (1979: 47). De esta manera la visión
hacia arriba que impone el mono gigante da lugar a la imagen inconsciente
de la mirada del mono como enorme cámara.
En esta línea de "conflicto técnico entre las artes"
el tratamiento más concienzudo de las relaciones entre literatura
y cine en relato breve corresponde sin duda a Robert Coover. En su volumen
de entrevistas con Thomas Kennedy, Coover declaraba que en ocasiones se
ve a sí mismo como un cineasta, y que estaría encantado de
hacer películas en vez de novelas si tuviera medios y presupuesto
para hacerlo. A la luz de esta caracterización del escritor como
director de cine sin medios pueden leerse los primeros relatos de tema cinematográfico
que Coover incluye en El hurgón mágico: los tres textos
breves de la sección titulada El objetivo sensible. Los tres
relatos están narrados desde un punto de vista de la cámara
emparentado con el nouveau roman, que contribuye a dotar a las escenas
de una característica frialdad. Esta se hace especialmente patente
en la versión "fílmica" de "La lechera de Samaniego",
en que los movimientos de la protagonista se reproducen en una suerte de
cámara lenta, que retrasa y congela el efecto cómico de la
narración, a la vez que desactiva su mensaje ideológico. Puede
decirse que en estos relatos de los años sesenta Coover contrapone
las dos modalidades antes apuntadas de cultura popular, empleando la más
reciente de ellas -el "último modelo de lo popular"- como
instancia crítica de la más tradicional.
Este gesto va a radicalizarse en los relatos que en los años ochenta
reúne en el libro Sesión de cine o Tócala de nuevo,
Sam. El relato que abre el libro, "El fantasma del palacio del
cinema", ofrece ya una muestra de la técnica del cine empleada
no sobre un referente literario sino como deconstrucción de sí
misma: el protagonista, un operador solitario en su cine, se dedica a una
combinación y recombinación de su fondo de cintas, que terminan
conformando una película privada e imposible en que los géneros
se anulan entre sí, "como si la distancia entre el terror y
la comedia del absurdo fuera en cierto modo algo erótico: una especie
de pornografía" (1987: 29). Los relatos de Sesión
de cine marcan el momento histórico en que las técnicas
metanarrativas dejan de aplicarse prioritariamente a un referente literario
para centrarse en un referente de la cultura visual, o audiovisual. Uno
de los casos más sigificativos es la cruel parodia "Charlot
en la casa del pesar", en la que el personaje de Chaplin es resituado
en un escenario de carácter gótico en que la descripción
pormenorizada de sus números cómicos se convierte en un puro
gesto en el vacío, sin contexto cómico ni público que
pueda empatizar con él. A esta denegación de los recursos
asumidos de la cultura pop se corresponde también el último
relato del libro, "Tócala de nuevo, Sam", que inventa un
detallado subtexto pornográfico para las últimas escenas de
Casablanca. En todos estos casos Coover emplea como forma retórica
de referencia la secuencia o plano-secuencia, entendida como forma de concentrar,
resumir y, en buena parte de los casos, reducir al absurdo una situación
narrativa.