De los usos que se da a las tecnologías de la grabación
oral en un primer momento del posmodernismo, pueden derivarse ya cuatro
corrientes (o trazarse cuatro líneas) que serán determinantes
en la definción de la estética de la época. La primera
de ellas, que se ha caracterizado como posmodernismo clásico, viene
representada por el primer libro de relatos de John Barth, Perdido en
la casa encantada. El de Barth se presenta como un volumen para ser
grabado y emitido, de tal manera que a lo largo del texto que tiene
estructura circular o, más exactamente, de cinta de Moebius- la referencia
constante al lenguaje radiofónico se plantea como una actualización
satírica de la tradición literaria como en el relato
"Menelíada", que arranca con la presentación radiofónica
"Aquí Menelao". Esta voluntad de actualizar irónicamente
el legado cultural en la obra de Barth, el legado homérico y
la tradición épica que parte de él-, en forma ante
todo metaliteraria, caracteriza la modalidad de escritura posmoderna más
propia de los años sesenta y setenta, que se centra en las relaciones
de legado, adquisición y reinterpretación de la tradición
literaria, en este momento representada (en el marco del giro lingüístico)
como una tradición casi totalmente desvinculada de las otras modalidades
de arte e incluso de cultura: como una suerte de voz solitaria y entregada
a la revisión de su propia Historia. El gesto radiofónico
de Barth es aquí el vehículo de su voluntad de renovación
formal a la vez que de su descontento con la tradición del relato
moderno, a la que contrapone en una ya clásica introducción-
un sentido maximalista de las formas breves, declarando preferir "la
expresividad, incluso la extravagancia, la complicación, el fragmentarismo,
el telling en vez de shoking (...) y tal vez la fabulación
o alguna otra mezcla de irrealismo sobre el realismo sin adulterar. Con
este metabolismo narrativo, comprenderán que me pareciera claustrofóbica
la forma tradicional de la narración breve: Rabelais y Laurence Sterne
no deberían caminar sobre los pasos de Maupasant, o Shereazade en
los de Chejov y viceversa" (1995: 98).
Si Barth emplea la cinta y la grabación para proponer un cierto
retorno a la oralidad como origen de la tradición literaria, la obra
breve de Ronald Sukenick, en cambio, se atiene a una concepción algo
menos culturalmente idealizada de lo oral. A lo largo de su libro The
End of the Novel and other Short Stories Sukenick reproduce con frecuencia
pasajes o historias grabadas en una cinta, que representan episodios autobiográficos
o fabulaciones más o menos ensayísticas acerca del futuro
de la ficción. Su operación puede caracterizarse como un experimento
sobre el realismo vinculado a las ideas de la espontaneidad creativa
y de la improvisación que emanan de la contracultura norteamericana
de los años setenta y de la que forma parte uno de los "personajes
reales" del libro: el también cuentista Andrei Codrescu, célebre
por sus programas literarios de radio local en Nueva York. Para Sukenick
la mediación tecnológica no está puesta al servicio
de un reencuentro con el pasado de la tradición, sino más
bien de la búsqueda de un más o menos ideal punto cero de
la creación artística, presentada como pura vida sin mediación
estética. Se trata, por supuesto, de un concepto de realismo que
choca frontalmente con la elaboración cuidadosa de la experiencia
de la clase media que hemos descrito en el apartato anterior: hiperrealismo,
pues, presentado como liberación de los instintos afectivos y sexuales
y propuesto como alternativa a un sentido de la reglamentación estética
que en esto sí coincide en Barth- se percibe como represor.
Sukenick hará una consideración similar en los relatos de
los años ochenta que se presentan como transcripción de una
narración grabada, y especialmente en "Duck Tape": "Sólo
tienes que añadir "Él dijo" y "Ella dijo"
a todo lo que vamos diciendo. Entonces nos convertimos en personajes que
están siendo narrados por alguien." (1985: 81). En este gesto
de voluntad contracultural se pone en evidencia un rasgo que estará
muy presente a lo largo de la época: el vínculo entre la representación
de la tecnología como paso adelante histórico y la
búsqueda idealizada de lo primitivo como regresión antimoderna.
Si Sukenick confía en el magnetófono como idílica
voz de lo real, varios experimentos posteriores con ese mismo medio
técnico tenderán a poner de manifiesto su carácter
manipulable, regrabable, su falibilidad como narrador. La suspicacia acerca
de la autenticidad y fiabilidad de los documentos de cultura y de los
medios técnicos para presentarlos y preservarlos- es una constante
en la modalidad narrativa que Linda Hutcheon ha caracterizado como el historicismo
posmodernista, y que despliega una larga serie de suspicacias y reconstrucciones
de la Historia oficial, a la vez que pone en cuestión sus modos de
recepción cada vez más vinculados a la experiencia tecnológica.
En este sentido, uno de los relatos que mejor expresan el carácter
simulado que recorre la práctica e historización de
la vida política norteamericana después de Kennedy es el texto
de Jerry Bumpus "The Attack on San Clemente". Bumpus convierte
aquí en personaje literario a uno de los grandes renovadores de la
ficción breve de la época, su amigo Robert Coover, quien aparece
como uno de los "ghost writers" que trabajan, en estado de encierro
total, en la oficina de Richard (aquí Dick) Nixon. Tras haber organizado
para el presidente diversos rumores, montajes y conspiraciones ficticias,
los escritores son retratados en el momento en que discuten la fabricación
de las célebres cintas secretas de Nixon, que su oficina de propaganda
se encargará de filtrar a la prensa. El extenso debate sobre el proyecto
que está siendo grabado a su vez- puede leerse como un ejemplo,
antológico, de discusión teórica sobre la posición
del escritor posmoderno ante la crisis de la credibilidad de sus ficciones
y de la realidad misma a la vez que de discusión sobre la credibilidad
de las ficciones políticas y el papel del público como lector
avisado-:
"Cuando saquemos a la luz estas cintas el público empezará
a querer más y más."
"Esto suena muy bien", dijo Irwin Ott Haldeman, "¿no
te parece?", le preguntó a Hugo Halloway Erlichman.
"Sí, y en esas diversas versiones de las cintas seguirá
habiendo un solapamiento [de versiones]."
"Claro. Y el que el solapamiento sea contradictorio no parecerá
tan contradictorio como interpretativo.
"Por supuesto", dijo Dick (...)
"Todo el asunto entrará en una re-evaluación y re-análisis
y re-interpretación continuas, no sólo de las cintas sino
de sus propias posiciones." (1986: 121-122)
En el momento culminante de la escena, los conjurados caen en la cuenta
de que su conversación está siendo grabada y uno de ellos
propone borrarla, a lo que Nixon mismo se opone: "No lo borres",
dijo Dick. "No borres nada. Queremos que esto sea sincero, por
Dios" (1986: 124). Esta construcción real de la falsa honestidad
se corresponde con el retrato de Coover, cuya novela sobre Nixon, The
Public Burning, pasaría así a ser, según esta narración,
el simulacro perfecto de rebeldía política que oculta la connivencia
total con el poder. En un último detalle relevante, Bumpus describe
a Coover como un escritor que negando su leyenda literaria, asimismo
simulada- no reescribe nunca ni una coma de sus textos, para mejor conseguir
el efecto de realidad de la escritura.