Una doble sorpresa
En un artículo reciente el cuentista y novelista David Foster
Wallace caracterizaba la obra breve de una de sus compañeras de generación,
Susan Daitch, con una etiqueta tan llamativa como históricamente
significativa: "late-model literature". El membrete, según
me propongo demostrar en las páginas que siguen, es algo menos irónico
de lo que cabría suponer y bastante más sensible a la realidad
de las letras norteamericanas de los últimos treinta años
que otras aproximaciones históricas. En primera instancia la idea
de una literatura de último modelo parece responder a un más
o menos típico reduccionismo posmoderno, según el cual la
Historia (la de las artes y la literatura) experimentaría un progreso
lineal como el que es propio de la historia de la tecnología, de
las armas o de cualquier artefacto civil. Esta idea aberrante cabría
entenderla, ante todo, como el corolario perfecto a la actitud posmoderna
respecto de la Historia por extensión, que lleva a discutir la representación
Histórica-occidental-masculina entendida como secuencia de éxitos
coloniales y propone una larga serie de inflexiones y deconstrucciones ideológicas.
En segundo lugar, la idea de una escritura que progresa adecuadamente
a la par del progeso técnico debe relacionarse con la historización
del género literario al que Foster Wallace se refiere: el relato.
En efecto, si se resigue la evolución de la historiografía
misma de la narrativa breve desde los años sesenta, no es difícil
encontrar dos lugares comunes, compartidos desde diversas instancias críticas
que comentaremos a continuación. El primero, la convicción
según la cual, a diferencia de la mayor parte de las literaturas
europeas, la narrativa breve norteamericana pasa intocada o no pasa por
el proceso de las vanguardias históricas, en las que el relato no
conoce equivalentes a la eclosión producida en el teatro, en las
artes plásticas o en la novela. Esta idea del retraso histórico
del relato, que empieza a plantearse teóricamente a lo largo
de los años sesenta, se relaciona con una segunda crítica,
de carácter más interno: la discusión del modelo de
relato sentimental sobre los problemas de la clase media que en esa
misma época encarnan revistas como New Yorker o Story.
La concordancia de estas dos ideas el relato como forma atrasada
y la temática de la clase media como preocupación prioritaria-
resultarán determinantes en la configuración de una serie
de modelos y propuestas que configuran el posmodernismo nortemaricano al
menos en la forma que nos ocupa.
Una primera muestra de la tendencia crítica que hemos apuntado
puede encontrarse en el artículo de Richard Kostelanetz "Short
Story Anthologies and a History", publicado en 1965. Planteado
como crítica a la antología The Best American Short Stories
1964 editada por Foley y Burnett, el artículo se presenta como
una denuncia los reductivos criterios de selección empleados por
esta serie de antologías, que representaban y siguen representando
en nuestros días- una de las vías principales de elaboración
del canon literario del momento en narrativa breve. Kostelanetz caracteriza
el modelo de relato apto para la antología Best en términos
de prosa ("tan plana y eficiente como la de un reportero"), modelos
estructurales ("escaso gusto por las técnicas irónicas,
por la narraciones elípticas o por la complejidad estructural"),
ambientación ("La localización del relato suele ser contemporánea
y prototípica; los personajes suelen ser de educación media,
más o menos atractivos e inclinados a las respuestas más previsibles")
y exclusiones temáticas ("En las historias Best no hay
homosexuales, ni escenas de violencia, ni seductores, ni drogas, ni locos
ni nihilistas") (Kostelanetz 1987: 72). Estos rasgos son descritos
no como el resultado de una elección particular sino en tanto que
síntomas de una tendencia general, en la crítica del relato,
a elaborar distinciones a partir de "prejuicios sobre la naturaleza
de la ficción breve moderna" (1978: 74), prejuicios que Kostelanetz
identifica con la obra crítica de críticos tales como William
Peden. El problema, tal como aquí se plantea, no es tanto de configuración
histórica de un género como de ninguneamiento de una cierta
tradición: las formas opuestas del relato han existido siempre, si
bien han sido silenciadas por la tendencia crítica dominante, que
tiende a reservar para la narración breve el estatus de literatura
bien fâite, centrada en una sensibilidad de clase media. Un
segundo planteamiento de esta misma visión se encuentra en un artículo
algo posterior, "Notes on the American Short Story Today" (1967),
donde Kostelanetz contrasta el modelo de relato realista Best
con una serie de nuevas tendencias cuyos rasgos principales serían
"el rechazo del realismo literario" y la representación
de "el absurdo de la sociedad y la locura del yo" (Kostelanetz
1987: 82). Para Kostelanetz el conservadurismo en la práctica y crítica
de la forma es inseparable del solapamiento de ámbitos temáticos.
Si Kostelantez trabaja en el terrero de la literatura experimental y
la crítica de arte, proponiendo con frecuencia ejemplos y formas
que quedan muy fuera de los circuitos comerciales, otros críticos
de la época optan por una selección de autores algo más
convencional dentro de lo minoritiario. Es el caso de Philip Stevick, quien
en 1971 edita la que será la más influyente de las recopilaciones
del área: Anti-Story: An Anthology of Experimental Fiction. En
su ya clásica Introducción, Stevick incide en el problema
teórico de la vía única en la narrativa breve,
al que él añade los siguientes rasgos: simplicidad simbólica
("tantos símbolos evidentes y comodificados"), uniformización
("Es sorprendente qué pocas voces distintas encontramos")
e infantilización ("Sorprende comprobar cuántas de estas
historias tratan de niños, o de adultos dotados de una mente infantil")
(Stevick 1971: xi). En la línea de la lamentación de la
técnica propuesta por su antecesor, la Historia del Relato se
presenta, en el conjunto de las artes literarias del siglo XX, como una
suerte de vía perdida cuyo desarrollo "no se adecúa a
las oleadas de innovación y consolidación que tienen lugar
en otras artes. La evolución del género en la primera parte
del siglo tuvo lugar en lo que ahora se nos presenta como un estrecho margen
de posibilidades formales" (Stevick 1971: xii-xiii). Stevick contrapone
el desarrollo histórico de la novela con el del relato; a lo largo
de un breve repaso a la historia de las vanguardias constata un corte
histórico en la adaptación de los recursos estilísticos
principales:
Nadie pone en duda la importancia de la novela en la tradición
de la experimentación (...) Pero el lugar del relato breve es bien
distinto. En los primeros años del siglo, el relato puso en cuestión
las ideas recibidas sobre el tiempo y el espacio, la continuidad y la coherencia,
la ilusión artística y los procesos de la mente tan poderosamente
como cualquier muestra de ficción más extensa (...) Pero entonces
una especie de cansancio se apodera de la forma, convirtiéndola en
la que quizá sea la modalidad artística más conservadora
de mediados de siglo durante los años cincuenta, a la vez
que la forma de expresión artística que más tiende
a la autoimitación. (1971: xi-xii)