Bienvenidos a Poisonville
Como dije antes, la valoración y el sentido del crimen es muy diferente en la novela de detectives clásica y en la novela negra. La primera nos ofrece un mundo tranquilizador, una visión optimista de la sociedad en la que el crimen no es más que una ruptura momentánea del orden establecido que siempre acaba siendo subsanada gracias a las habilidades del detective de turno. Como dice Hercule Poirot en Cita con la muerte , "la absoluta lógica de los acontecimientos es simpre fascinante y ordenada".
Por el contrario, la novela negra supone una inversión del orden y signo de los principios éticos sobre los que descansa la novela policíaca clásica: el crimen ya no es un hecho extraordinario sino un ingrediente propio de la sociedad contemporánea. La novela negra, por tanto, se basa en el desorden, en la constatación de la corrupción en que está sumergida toda la sociedad. Ya no es tan fácil distinguir claramente entre ‘buenos' y ‘malos' en el sentido maniqueo que tenía dicha diferenciación en la novela policíaca clásica. Son historias bañadas en un evidente relativismo moral. Como dice uno de los personajes de la novela El hombre sonriente , de Henning Mankell, "Hubo un tiempo en que las causas del mal eran menos complejas. Pero ya no es así. Eso ya no sucede".
Uno de los maestros del género, Raymond Chandler, describe perfectamente este cambio y las sustanciales diferencias entre dichas variantes de lo policiaco: "Hammett extrajo el asesinato del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón [...]. Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tal como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines".
Lo que está diciendo Chandler con su ironía habitual es que la novela clásica de detectives se había olvidado de la realidad para crear un juego de ingenio ambientado en un ambiente sofisticado, que el lector consumía como entretenimiento, como simple juego. Por contra, la novela negra constituye un regreso a la realidad. Ello justifica la decisiva importancia que se da a la dimensión social, al retrato de la sociedad en su lado más negativo para mostrar cómo el poder se sustenta en la riqueza económica y en la violencia. Ello explica la constante incorporación de nuevos temas, reflejo de los constantes cambios en la sociedad y en los instrumentos para ejercer el poder y la explotación (en los últimos años, la novela negra se ha hecho eco de la inmigración ilegal, la globalización, el mundo neonazi, el fundamentalismo islámico, etc.).
Como he mostrado en los apartados anteriores, el misterio y el crimen son ingredientes fundamentales tanto de la novela policíaca clásica como de la novela negra, pero resulta evidente que cuando leemos novelas negras lo hacemos buscando sobre todo un retrato social comprometido, crítico, que constate (o revele) la verdadera cara de la realidad en la que vivimos. Salimos del mundo de Oz de la novela policíaca clásica, donde el aire es limpio y se respira orden y tranquilidad (los que tratan de alterarlo son rápidamente neutralizados), para caer en Poisonville, la ciudad creada por Hammett en su Cosecha roja , un pozo de corrupción y crimen símbolo del mundo contemporáneo.
Pero, pese a todo, ése no es el único objetivo de nuestra lectura, puesto que si sólo buscáramos testimonios críticos que constatasen dicha corrupción, acabaríamos leyendo novelas sociales o ensayos sociológicos. Para que el cóctel de la novela negra tenga todo su sabor hay que añadirle la necesaria cantidad de misterio y crimen.
Eso justifica también la creación de criminales a la medida del detective, supercerebros que dedican todo su ingenio al mal, como el profesor Moriarty, archienemigo de Sherlock Holmes.
Richard Alewyn, "Origen de la novela policíaca", en Problemas y figuras , Alfa, Barcelona, 1982, p. 207.
Suso de Toro, "Policía, siquiatra y cura", República de las Letras , núm. 47 (1996), p. 52.
Agatha Chirstie, Cita con la muerte , en el volumen Poirot en Oriente , RBA, Barcelona, 2004, p. 154.
Raymond Chandler, "El simple arte de matar", en El simple arte de matar , Bruguera, Barcelona, 1980, pp. 211-212.