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Quimera 259-260 Quimera

¿Por qué leemos (todavía) novelas policíacas?

por David Roas
Quimera nº 259-260, julio-agosto 2005

Número de páginas: 3
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La novela policíaca sigue en plena forma. Basta acercarse a cualquier librería y comprobar el elevado número de títulos a la venta, entre novedades y clásicos. En los estantes conviven sin problemas los diversos subgéneros policíacos: Arthur Conan Doyle y Agatha Christie se dan la mano con Henning Mankell y John Connolly, bajo la atenta mirada de Jean-Claude Izzo y James Ellroy, mientras Dashiell Hammett y Raymond Chandler sonríen satisfechos. Son buenos tiempos para el género.
Pero ¿por qué seguimos leyendo novelas policíacas? ¿Por qué no nos hemos cansado todavía de un género cuyas convenciones conocemos bien, demasiado bien? Crímenes, misterios, tipos que resuelven (o intentan resolver) crímenes y misterios, tramas más o menos complejas, retratos de la sociedad más o menos críticos... el género policiaco es fácilmente reductible a un determinado número de pautas y temas. Pero eso no impide que siga gustando. Y que no cesen de aparecer nuevos autores y obras fascinantes, mientras los clásicos siguen ahí, algunos con más achaques que otros, conquistando nuevos lectores.
Tenemos una primera aproximación a este asunto en un reciente ensayo, Lire le noir. Enquête sur les lecteurs de récits policiers (Bibliothèque Centre Pompidou, París, 2004), en el que Annie Collovald y Erik Neveu exponen las conclusiones de un detallado estudio sociológico sobre los gustos y motivaciones de los lectores franceses en lo tocante al género policiaco. Entre las muchas preguntas que hicieron a los lectores encuestados hay una esencial: "¿Por qué leen novelas policíacas?". Las diversas respuestas destacan un buen número de ingredientes: entretenimiento, placer, lectura fácil, narratividad (cuentan historias), misterio, suspense, realismo social y documental, descubrimiento de otros mundos, violencia y situaciones límite... y lo que sus autores denominan el "efecto Izzo" (que más que una razón para leer sus novelas define a uno de los usos que se les da a éstas), es decir, la utilización de algunas novelas policíacas como complemento a las guías turísticas; en otras palabras, visitar los espacios reales que aparecen en dichas novelas: por ejemplo, comer en el restaurante al que va Fabio Montale -protagonista de las novelas de Izzo-, o, en el caso español, recorrer las calles por las que se mueve Pepe Carvalho.
Como se hace evidente, las respuestas citadas oscilan entre dos polos: la evasión (algo muy respetable pero incomprensiblemente mal visto) y lo que podríamos llamar la implicación en el desciframiento de la realidad social. Dos polos entre los que también se mueven los diversos subgéneros policíacos, como enseguida veremos. Pero lo interesante es que de toda esa variedad de justificaciones pueden extraerse, a mi entender, tres aspectos fundamentales que caracterizan el género policiaco desde su nacimiento y que determinan su larga vida y su popularidad actual. Tres aspectos que justifican que sigamos leyendo novelas policíacas (en sus diversas manifestaciones): el interés por el misterio, la atracción por el mal y la dialéctica orden/desorden. Los expongo por separado, aunque su relación es evidente.
¿A quién no le gustan los rompecabezas?
Hay una escena en la sorprendente película de J.L. Mankiewicz La huella ( Sleuth , 1972) en la que Andrew Wyke, exitoso escritor de novelas de misterio, magistralmente interpretado por Laurence Olivier, define el género en los siguientes términos: "La novela policíaca es la diversión habitual de las mentes nobles". Nobles tanto en el sentido de cultivadas como de elevadas socialmente. No hay duda de que tan aristocrática y anacrónica definición hace muchos lustros que dejó de funcionar. Pero también es cierto que llama la atención sobre dos de las justificaciones antes citadas: el entretenimiento y el placer de resolver misterios (o al menos intentarlo).
Una novela policíaca es una narración cuyo hilo conductor es la investigación de un hecho criminal, independientemente de su método, objetivo o resultado. Con esto quiero decir que la investigación es el elemento estructurador de todo relato policial, aunque su importancia puede variar en función de los objetivos de éste. Esa variación, además, ha marcado en buena medida la evolución de la literatura policíaca.
Así, en la primera manifestación del género, la novela clásica de detectives, el misterio lo es todo. Iniciada con Edgar Allan Poe, dicho tipo de novelas se centra única y exclusivamente en la resolución del enigma (el retrato psicológico y social son prácticamente inexistentes), labor que queda en manos de un investigador frío y cerebral dotado de una impresionante capacidad de raciocinio y deducción, personaje que alcanza su cumbre con Sherlock Holmes y que con el paso del tiempo dará lugar a los supercerebros como el profesor Augustus S. F. X. Van Dusen, conocido como la "máquina de pensar", o el irritante Nero Wolf, que nunca visita el lugar del crimen sino que se queda en casa revisando las pruebas mientras toma una cerveza y da, evidentemente, con la solución correcta. No es extraño que este tipo de narraciones también se conozca en español como ‘novela-enigma', adaptación del francés roman-problème , y en inglés se le bautice Whodunit (contracción de "¿Quién lo hizo?"), privilegiando el misterio como elemento fundamental del relato.
La aparición de la novela negra en torno a 1930 dio un vuelco a esta situación, puesto que situó en primer plano el retrato crítico de la sociedad y la introspección psicológica (tanto en relación al detective como al criminal), relegando el misterio a un segundo plano. Así, mientras que la novela-enigma muestra la tendencia a tratar el crimen como un juego estético donde el misterio y el ingenio tienen un fin en sí mismos, la novela negra mantiene el misterio aunque su importancia queda desplazada por la temática social y la especulación psicológica.
En otras palabras, el misterio siempre esta ahí. Porque ya se trate del investigador cerebral, del detective duro de pelar o del policía más o menos desencantado de su trabajo (figura corriente en la novela negra actual, como puede comprobarse en las obras de Izzo o de Mankell), los protagonistas tratan siempre de revelar una verdad oculta. Eso sí, cada uno a su manera y en función de una concepción de la sociedad y del crimen marcadamente diferentes (como veremos después). Ello determina, por tanto, la estructura del relato: la organización del material se ajusta a los avances del investigador en la resolución del misterio, que se produce inevitablemente al final. Y la lectura también se ve determinada por la intriga: los lectores avanzamos en el texto siguiendo los pasos del investigador. Estamos sometidos al suspense.
No hay duda, pues, de que ése es uno de los principales centros de interés. Leemos porque queremos saber quién es el culpable, qué ha motivado su actuación, cómo lo hizo..., en definitiva, qué se esconde tras el misterio planteado. El placer del rompecabezas, el juego matemático de desvelar la incógnita. Sin que ello, claro está, implique obligatoriamente que dicha resolución sea siempre el elemento central; como ya he señalado, en la novela negra la esencia del relato la constituye el retrato de una sociedad corrupta, o bien el análisis de la mente criminal. Pero sin misterio, vuelvo a insistir, no hay novela policíaca. Un buen ejemplo lo tenemos en las novelas de Izzo: a pesar del excelente retrato social que hace en Chourmo de la Marsella infectada por la Mafia y el fundamentalismo islámico, no hay duda de que también avanzamos en sus páginas deseando saber quién mató al pobre Guitou y cuáles fueron los motivos de ese crimen.
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