A diferencia de la literatura de mujeres de la frontera norte de México, la literatura chicana ha tenido una gran difusión nacional e internacional. Su condición de minoría en el país más poderoso del mundo les ha servido de soporte. Si bien es cierto que las chicanas han tenido que solventar grandes dificultades sobre todo de discriminación y sexismo, también es verdad que los apoyos del Estado y de pequeñas editoriales de Estados Unidos no tienen parangón con los que se puedan tener en México, los cuales son escasos.
Entre las escritoras chicanas más reconocidas están Gloria Anzaldúa, Norma Cantú, Ana Castillo, Lorna-Dee Cervantes, Sandra Cisneros, Lucha Corpi, Margarita Cota-Cárdenas, Denisse Chávez, Alicia Gaspar de Alba, Inés Hernández, E.D. Hernández, Demetria Martínez, Pat Mora, Cheríe Moraga, Mary Helen Ponce, Estela Portillo de Trambley, Helena María Viramontes y Bernice Zamora.
La literatura de las mujeres fronterizas mexicanas y la de las chicanas no presenta diferencias abismales, aunque sí existen las disimilitudes correspondientes a las particularidades de cada realidad sociocultural. En general, en ambas -como en casi toda la literatura contemporánea de mujeres- encontramos la preocupación por cuestionar el papel de la mujer en la sociedad actual y romper con la tradición patriarcal. Sin embargo, la especificidad sociocultural tiene un papel preponderante en las temáticas a tratar y en el uso del lenguaje, o incluso en el idioma mismo. Recordemos que la literatura chicana está escrita en los Estados Unidos por personas de ascendencia mexicana. Por lo anterior, una diferencia mayor es la del idioma en el que se escribe: mientras que la literatura de la frontera norte de México está en español, la chicana se encuentra mayormente en inglés, aunque en ocasiones se utiliza el cambio de código lingüístico. Lo anterior se hace como una marca de subversión ante la lengua dominante; con un propósito estético; para distinguir el lenguaje del hogar con el oficial; porque la palabra no tiene traducción al inglés; o para marcar la preferencia de un idioma sobre el otro. En la escritura de las escritoras fronterizas mexicanas, esta situación es prácticamente inexistente.
Cuando estudiamos la literatura chicana, en general nos damos cuenta que hay una obsesión por la genealogía y las circunstancias familiares inmediatas. Este rescate genealógico se debe a que consideran todo un logro haber podido apoderarse de la palabra escrita dentro de un ambiente hostil y dadas las circunstancias económicas de sus familias. Dentro del contexto familiar, las mujeres chicanas rechazan al padre y el patriarcado angloamericano y el mexicano. Tal conflicto se aprecia de forma más abierta que en la literatura de mujeres fronterizas mexicanas. La figura de la madre les resulta también conflictiva. Por una parte la admiran, pues la presentan como una mujer que se ha entregado al trabajo en las fábricas y en los campos para sostener a la familia; pero por otra, la ven como una madre distante que prefiere mantener los patrones culturales tradicionales antes de apoyar a la hija en busca de la difícil autonomía dentro de una sociedad sexista y racista.
A fin de conformar una figura independiente, las autoras chicanas recurren a personajes iconográficos de la cultura mexicana. Así, las soldaderas de la Revolución mexicana servirán para reconstruir una imagen de mujer revolucionaria dentro de un ambiente constituido por dos patriarcados que han traicionado sus deseos. Una figura materna que recuperan es la Malinche, quien en México se percibió, durante mucho tiempo, como prototipo de la traición por haberse entregado a Hernán Cortés, el conquistador. La Malinche aparece en la literatura femenina chicana como símbolo de resistencia. Por medio de esta figura, las chicanas pueden explicar la experiencia histórica de la indígena y de la mestiza en los Estados Unidos; asimismo, las apoya a definirse como personas bilingües y biculturales. Otra imagen emblemática es la Virgen de Guadalupe, conocida como "la madre de todos los mexicanos", y que representa el mestizaje. Es éste uno de los atributos que las chicanas recuperan. También la presentan como símbolo de rebeldía, pues recuerdan que su imagen sirvió de estandarte durante diferentes movimientos armados contra la opresión, como la independencia de México, la revolución mexicana, y durante el movimiento chicano. Un último icono de mujer autónoma es Sor Juana Inés de la Cruz. Las escritoras chicanas la retoman porque fue una mujer que subvirtió los valores de su época y pudo aprender a leer y a escribir, e incluso publicar extensamente en una sociedad que se oponía a ello. También ha sido utilizada por las escritoras gay , dado su supuesto lesbianismo.
Otra característica presente en la escritura chicana es el cuestionamiento de la religión, específicamente de la católica, que conlleva una visión ideológica en cuanto a lo masculino, lo femenino y los modelos sexuales. Hay una desmitificación del amor romántico y por lo general al "amado" o al "amigo" se le asigna un nombre de pila con lo que lo vuelve mortal y no se queda en un ente abstracto. Asimismo se da una desmitificación de las relaciones heterosexuales y, a diferencia de las escritoras fronterizas mexicanas, surge una gama de expresiones lésbicas en poesía, narrativa, ensayo y drama, unida a una asunción abierta por parte de las escritoras de su preferencia sexual.
Las escritoras chicanas apenas tratan la problemática fronteriza. La perciben más como un problema interno, como un límite más cultural que geográfico. Esto se explica por el hecho de encontrarse físicamente dentro de los Estados Unidos pero desarrollándose dentro de la cultura mexicana y la estadounidense y hablando inglés, español o una mezcla de los dos. Por el hecho de no sentirse totalmente estadounidenses ni mexicanas, la frontera es para ellas más un espacio utópico dentro de la concepción del biculturalismo / bilingüismo; sin embargo, en contadas ocasiones se ve como lugar de confrontación. Con México mantienen una relación ambivalente de amor-odio, pues por una parte reconocen la herencia cultural, especialmente la indígena, pero por otra existe toda la tradición machista contra la que se rebelan.
Las temáticas, los estilos y las voces, como lo vimos con las escritoras fronterizas mexicanas, son variadas y atienden a una necesidad de expresión propia de sus circunstancias. Así pues, estas mujeres de fronteras habitan diferentes espacios geográficos con idiomas, culturas y realidades disímiles. Sin embargo, la mayoría conserva en su escritura un rasgo característico: proponer figuras femeninas abiertas, que a cada golpe de letra se van meciendo entre fronteras y reinventando a través de la escritura.