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Quimera 255-256 Quimera

Los "gases" del oficio de Guillermo Cabrera Infante

por Fernando Aínsa
Quimera nº 255-256, abril 2005

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Cuando conocí a Guillermo Cabrera Infante en París, en noviembre de 1996, lo que más me sorprendió fue su extraordinario manejo de la lengua castellana y el actualizado diálogo que mantenía con el habla habanera. Después de tantos años de exilio viviendo en Londres, seguía atento el ritmo del lejano murmullo callejero, captaba como un atento cronista matices, acentos y signos de la voz humana atrapada al vuelo, cuyo sonido original "traducía" -como él mismo explicaba- en la forma literaria. En la "traducción" trascendía el simple decir en un ingenioso despliegue de parodias, retruécanos, calembours, palíndromos, collages, pastiches, sílabas mutantes (gato/toga; roto/toro), paradojas impregnadas de nonsense (al modo de Lewis Carroll) y pun en la tradición de James Joyce. La orquestación con que había reunido en Tres Tristes Tigres (1967) una vasta "galería de voces" seguía actualizándose día a día, como una "obra abierta", un "libro libre" eternamente inconcluso.
Los que vivíamos en París sabíamos lo difícil que es para un escritor expatriado mantener un vínculo nutricio con su propia lengua, percibir los cambios sutiles de acento, los nuevos giros, la creatividad espontánea del habla que sigue manifestándose en el país que se dejó atrás. Lo sufrió Julio Cortázar cuando pudo regresar a Buenos Aires y, pese a sus esfuerzos de aggiornamento , fue acusado por el chauvinismo porteño de escribir en un "argentino congelado en los años cincuenta". Otros -como Saúl Yurkievich- se extraviaban en galimatías propiciados por galicismos y neologismos hilvanados con satisfecha pedantería; un desfase que algunos solucionaban adoptando la lengua del país de acogida como los argentinos Héctor Bianciotti y Arnaldo Calveyra, o los más conocidos Milan Kundera, Cioran o Ionesco.
Por el contrario, Cabrera Infante había hecho de la distancia el mejor estímulo para que la lengua fuera "la casa del ser" -al decir de Heidegger- de su "ser habanero", como James Joyce desde su exilio en Trieste lo hiciera con Dublín. Su dominio del inglés (basta recordar su guión cinematográfico Vanishing Point, la escritura en inglés de Holy Smoke, su traducción de Dublinenses ) no contaminaba su español. Pareciera como si, siguiendo el ejemplo de Mark Twain y Erskine Caldwell en Estados Unidos, dos de sus reconocidos maestros, hubiera preservado la oralidad gracias a la creación literaria.
En la charla que nos ofreció en París el 16 de noviembre de 1996, Cabrera Infante nos habló sobre su Ars poética. Lo hizo con la ironía de alguien que sabe lo importante que es no tomarse excesivamente en serio. Como había dicho en una entrevista, podía repetir: "¡Basta ya de vacas sagradas! En literatura, en la vida, en la política, en la historia, en el lenguaje, que nada humano sea divino".
A modo de pasmoso inicio nos descerrajó: "Esta charla debería llamarse Parodio no por odio. Pero creí que si tenía un título en latín ustedes pensarían que soy un hombre culto, cuando soy un hombre oculto. Oculto detrás de mis gafas, oculto detrás de mi nombre, oculto detrás de las palabras. Una de esas palabras es parodia. Todos la conocemos, aunque nadie recuerda que está emparentada con paranoia o manía persecutoria. Afortunadamente parodia queda cerca de parótido que, como las parótidas, tiene que ver con el oído y no con el odio. Parodia y paronomasia, jugar con las palabras, son vocablos vecinos Se puede hacer parodia sin paronomasia pero muchas veces la paronomasia es parodia de una sola palabra. Paronom Asia es una tierra donde abundan las parodias. De ese Oriente vengo y voy".
Y sin más se puso a cantar:
"Mamá yo quiero saber
de dónde son las parodias.
Yo las quiero, tú las odias.
¿De dónde serán?
¿Serán de La Habana?
Tierra vana , soberana.
Mamá, ¿Por qué tu la odias?"
Con ese mismo ritmo frenético nos diría luego: "La parodia es una forma del delirio de persecución: perseguir un modelo hasta hacerlo delirar o tocar la lira. Si piensan que me repito es porque los respeto. Es lo que consigue su sonrisa o su risa y hasta su carcajada. La parodia es además parienta pobre de la paradoja, opinión que se hace notar por su espíritu de contradicción. Es decir de dicción contraria donde dicen sí, yo digo no. Mi parodia continúa como empezó -no por odio, sin odio, nada de odio. Pero la parodia no es amor, es humor. Sé que parodia y parásito se parecen y el diccionario reconoce el parentesco. Si ustedes creen que he hecho crecer mi prosa parásita pero alegre en vegetación más triste piensen siempre que he abonado una semilla para que produzca frutos, que he trepado a un árbol ajeno para adornarlo, que, como la orquídea, supe ser flor desde una rama seca. (...) Desde entonces he quedado marcado con una flor de lis en el hombro. Antes era un periodista, ahora soy un parodista. Es, en definitiva, lo que un ministro de Cultura cubano llamó, en serio, "los gases del oficio".
Y concluyó de golpe: " La parodia e finita"..
Años después viajé a Cuba en dos ocasiones -enero 2002 y febrero 2003- y pregunté a escritores amigos y conocidos por Guillermo Cabrera Infante. Al embarazoso silencio oficial de algunos, me alegró encontrar en la mayoría la misma conclusión a la que yo había llegado en 1996: la literatura de Cabrera Infante sigue asombrando e interesando, especialmente a las nuevas generaciones, por su ingeniosa e inagotable apropiación de la lengua, por el humor (el cubano choteo ) que ayuda a superar tantas dificultades y por esa dolorosa parodia con que transformó el poema de Nicolás Guillén definiendo a Cuba como "un largo lagarto verde", en Cuba, "una larga herida verde".
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