La narración que mejor expresa la vergüenza del sujeto que traiciona el patrimonio profesional del padre es The Scarlet Letter (1850) de Hawthorne. En la introducción titulada "La aduana", Hawthorne imagina la rabia de sus antepasados, "severos y cetrinos puritanos", al confirmar el descarrío profesional de su descendiente, quien, entregado al ocio vano de las letras, dilapida un patrimonio sagrado y ancestral: "'¿Qué es él?' murmura una sombra gris de uno de mis antepasados a la otra. '¡Un escritor de libros de cuentos! Qué clase de ocupación para la vida, qué forma de glorificar a Dios, de ser servicial a la humanidad en su tiempo y generación podrá ser esa?'". La segunda parte de Retrato de un hombre invisible está, en gran medida, dedicada a conjurar idéntico sentimiento de culpa. El padre de Auster se dedicó en Newark a negocios inmobiliarios. Nunca logró entender la vocación de su hijo: "No parecía lógico que a un hombre como él le saliera un hijo poeta" (p. 90). Esta incomprensión espectraliza, adelgaza, nihiliza, aniquila necesariamente al hijo: "Nunca debe de haber tenido una idea muy concreta sobre mí, más bien me vería como si fuera algo etéreo o un ser de otro mundo" (p. 90). El padre, en cambio, habitante el país del trabajo ("Trabajo era el nombre del país en que vivía"), nación presidida por el dinero ("El trabajo era un medio para alcanzar un fin, un medio para obtener dinero") cobraba así una solidez imprevista, la de un ente envuelto en los lazos engañosos del dinero. Auster no duda en citar del Tercero de los Manuscritos juveniles de Marx: "Si el dinero es el vínculo que me liga a la vida humana , que liga a la sociedad, que me liga con la naturaleza y con el hombre, ¿no es el dinero el vínculo de los vínculos ? No puede él atar y desatar todas las ataduras? ¿No es también por esto el medio general de separación?" (p. 179). En ese horizonte mercantil de frágiles mediaciones, de obligaciones fluctuantes, el Estado capitalista, el padre es visible. En el otro horizonte, en el de la economía figural de las narraciones, es el hijo quien cobra visibilidad. La relación entre ambos es, pues, asimétrica. Uno de los dos es siempre un espectro para el otro. "Si sólo ves el mundo en términos de dinero, entonces no lo estás viendo en absoluto" (p. 54), asegura el hijo. Pero al padre le asiste otra sospecha, que las espirales de humo que su hijo secreta lo acaben envolviendo, haciéndolo invisible: "Su descripción más frecuente de mí era que yo tenía 'la cabeza en las nubes' o que no tenía 'los pies sobre la tierra'" (p. 90). Todo hijo, en el fondo, aspira a la leggereza de Mr.Vértigo. Y la vergüenza del hijo ingrávido, incapaz de asumir el patrimonio profesional del padre, nihilizado por su antecesor, inyectado de culpa, es sin duda el tema medular de la Carta al padre (1919) de Franz Kafka. El asunto se explicita bien temprano en la epístola: "tampoco he tenido nunca el sentido de familia, y me he desentendido del negocio y de cualquier otro asunto tuyo". El otro asunto luego resulta ser la religión. Así, la obligación profesional (el negocio) y la religación social (el judaísmo) son los lazos que el joven Kafka pretende seccionar, para, de este modo, ingresar en un ámbito libre, "un tercer mundo donde vivía el resto de la gente, felices y libres de órdenes y de obediencia". Para lograr ese ingreso, Kakfa reconoce, "habría sido preciso huir de casa", pero también de "todo lo que me recordaba tu presencia", como el "negocio". Dicha fuga sólo es posible de dos maneras: mediante el matrimonio, solución imposible, pues repite la solución del padre, lo arrastra a su dominio, lo iguala al padre, o mediante la evasión literaria, solución permanentemente condenada por un padre "absorbido por el negocio". El padre ataca su "actividad de escribir" porque entiende que el hijo conquista, mediante la literatura, "cierta independencia" (p. 175). Pero ni siquiera esta autonomía transitoria trae la paz. Al hijo le era, en el fondo, indiferente "escoger una profesión", pues se sabía "un hijo desheredado", un paria cuya libertad "recordaba un poco la del gusano, el cual, cuando un pie aplasta la parte trasera, intenta soltarse de la delantera y se arrastra hacia un lado". Este capricho entomológico esconde, en cualquier caso, una revelación extraordinaria, a la que Kafka no es ciego: "Naturalmente se trataba de un engaño, no era libre o, en el mejor de los casos, no lo era aún. Mis escritos trataban de ti". Por eso el padre podrá responder al final: "Si no me equivoco mucho, sigues viviendo a costa mía con esta carta". El mensaje es nítido y dicta una verdad fulminante: la literatura del hijo parasita, vampiriza, siempre, el patrimonio del padre. No hay escapatoria posible. Hacia el patrimonio o contra el patrimonio, en cualquier caso: en los predios censados del padre. De ahí el luto crónico del hijo, que Kafka también reviste de figuras hamletianas: "yo, el temeroso, el vacilante, el receloso", "a mi temperamenteo melancólico y a mi pedantería".
Toda la narrativa de Auster se tensa entre dos polos. De una parte Self-reliance de Emerson. De la otra la Carta al padre de Kafka. Quizás la nueva América frente a la vieja Europa, cuya aleación siniestra da Amerika (1927), el texto que Auster, y otros muchos (Gombrowitz, Abish, Gaddis, Kosinski) no han cesado de glosar. Lo fascinante, en el caso de Auster, es haberlo comprendido tan tempranamente, a la altura de 1976, cuando su carrera literaria no había, digámoslo así, arrancado aún, haber comprendido, digo, que convenía obligarse , narrativamente, al padre, antes de iniciar esa andadura incierta, que convenía trazar ese retorno, religarse, sujetarse, prestar ese servicio, de extraño a extraño, de espectro a espectro, redactar su carta personal al padre, su diminuta pieza gótica, esta sátira política, antes de diseminar, sobre su mapa novelesco, múltiples nómadas insujetos en el mar confuso de la vida. Fascinante resulta, asimismo, comprobar, después de tanto escrito, que Retrato de un hombre invisible sigue siendo su pieza más redonda, más contundente, puede que más sincera. Sin duda la más anómala.