Uno de los mejores ensayos de Emerson ( hijo de Emer ) se titula Self-reliance (1841). Reliance viene del francés relier , y éste, como religión , del latín religare , volver a atar. Emerson propone, pues, una religión del sujeto independiente, una ética de la praxis personal. Sociedad y familia, dos rostros del patrimonio, son obstáculos para esta autorealización: "Rechazo al padre y a la madre cuando mi genio me llama". El sujeto desligado desprecia el dinero, ignora la obligación ( reverence , loyalty ) hacia al poderoso. El sujeto a sí mismo ( self-reliant ) desprecia el epigonismo patrimonial: "¿Es el padre mejor que el hijo sobre el que ha proyectado su ser maduro? ¿Por qué, entonces, tanta reverencia hacia el pasado?". Los nuevos hombres deben liberarse ("detach themselves"), avanzar en soledad ("we must go alone"), lo que exige un abandono de la familia, comenzando por el padre, similar al del peregrino de Bunyan: "Oh padre, oh madre, oh esposa, oh hermano, oh amigo, he vivido con vosotros hasta ahora esclavizado a la apariencia. A partir de ahora dependo de la verdad". La vida verdadera exige, pues, la conculcación instantánea de toda obligación: "Tengo mis estrictas exigencias propias y mi círculo perfecto. No acepto el nombre de obligación ( duty ) para muchas cargas que se denominan obligaciones". Pero Emerson pide demasiado. Pide, entre otras cosas, la permanencia del sujeto en casa, patrimonial o matrimonial: "El alma no es viajera. El hombre sabio se queda en casa". ¿Qué casa puede tolerar la ventilación de su aire obligado, el borramiento de sus reliquias patrimoniales y/o matrimoniales? La cabaña de Thoreau, quizás, y poco más. La novela, picaresca o gótica, nace en la aceptación de la religación personal pero no asume el reto de la parálisis doméstica. "Iba a la deriva" ( Leviatán ) se nos dice de Sachs, un adicto a On Civil Disobedience (1849) de Thoreau. Atarse a uno mismo, exige, en la novela, esta deriva innegociable: eludir la casa encantada , asumir el mar confuso de la vida .
La historia de la novela es una crónica de casas desahuciadas, de desalojos, fugas y realojos, un capítulo lateral de la historia de la propiedad inmobiliaria. El fugado, el hijo del padre, el desligado, renuncia primero a la casa del padre, luego a la casa de la esposa, finalmente a la casa del Estado. Su hogar es la no casa: lo Un-heim-liche o siniestro. En esta triple renuncia desprecia la priva lex de su herencia, los beneficios del patrimonio. Su destino (una trampa) es el maleficio de la intemperie: una silueta de desdibujamiento, una trayectoria de ingravidez, un desafío al peso de la propiedad patrimonial (la gravidez de la tierra, el peso de la casa, la solidez de la moneda). Pienso, claro está, tanto El arte del hambre (1982) como en Mr Vértigo (1994). El vértigo no es sólo el pasmo literal que acompaña a la renuncia de la tierra (patrimonio, casa, propiedad) sino también la angustia que persigue a quien abandona, no ya la casa del padre, sino también la profesión del padre, expresión derivada de su patrimonio. Esta angustia es tanto mayor cuanto más intensa es la conciencia, en el hijo, de que su vida, pese a trazarse en la desobligación, repite (en fondos imprevistos) la vida de su padre.