Pero, volviendo al apunte de Herzogenrath, conviene ser cautos: las tesis de Lacan y Derrida no dejan de ser otras narrativas, equidistantes de la narrativa picaresca, coextensivas con ella, inscritas en el entorno textual del desmontaje de la lógica patrimonial. Son dos versiones más de toda novela occidental, titulables como aquella de Dickens, Bleak House (1853): historia de orfandad, relación de presencias aplazadas, crónica de herencias extraviadas. Historia gótica en la que el sujeto se transforma en su casa: "Ella se sienta en su cuarto (...) y toda la casa reposa en su mente". Desconstruir esa casa, arrasar esa presencia, es una tarea posible. Lacan y Derrida cuentan la misma historia que Auster en su Retrato de un hombre invisible : patria perdida, padre perdido, presencia perdida, propiedad perdida, casa vacía, casa desconstruida, deseo extraviado, sujeto en fuga, sujeto desligado y por ello (misteriosamente) reobligado: a contar, a correr, a huir, a recordar, a dialogar con el espectro. El Lazarillo es también la primera novela gótica. La casa del escudero, transitorio pater putativo de Lázaro, es casa tomada (Cortázar) casa encantada : "Esto hecho, estuvo ansí un poco, y luego vi mala señal, por ser ya casi las dos y no le ver más aliento de comer que a un muerto . Después desto, consideraba aquel tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa . Todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras. Finalmente, ella parescía casa encantada ". Así la casa del padre de Auster, casa encantada, en la que el progenitor oficia de espectro tutelar: "Durante quince años fue el fantasma de ( he haunted ) una casa enorme". La anécdota del padre volviendo un día del trabajo a su antigua casa, tras la compra de una nueva, resulta extraordinaria en su potencial de extrañamiento gótico. El padre es descrito como fantasma tenaz. Su casa, la que habita en cada momento, se convierte en metáfora de su vida: "La casa se convirtió en una metáfora de la vida de mi padre" (p. 17). La casa inerte, polvorienta, desoladora, que recibe el hijo, Paul Auster, como única herencia, singular patrimonio, es una cifra exacta del desahucio íntimo del padre, ser vacante, espectral, epidérmico, invisible incluso para sí.
El experimento de Auster se redacta sobre el mismo tejido nómico que permite el Lazarillo de Tormes . Ambos textos son expresiones de una misma lógica narrativa, fundada sobre la insumisión al orden patrimonialista. La acción primordial compartida es abandonar la casa del padre (Justo Navarro). Brotan dos trayectorias. Una, la picaresca: la persecución del sujeto nomádico, desligado. Otra, la gótica: el retorno del sujeto a la casa vacía del padre y la consiguiente asunción de su obligación. Si la narrativa de Auster, en su conjunto, evoca principios de la novela gótica es porque, en el fondo, la narrativa gótica es una co-extensión de la aventura picaresca. Retrato de un hombre invisible y El Palacio de la Luna son dos caras de la misma moneda. Y la moneda tuvo amplio curso norteamericano. Como apunta con acierto Allan Gurganus, "Los temas de Auster siguen siendo clásicamente americanos: la búsqueda de la libertad a expensas de la seguridad, las pruebas quijotescas a las que los personajes se someten, avanzando a través de un espacio real y peligrosamente horizontal".
Insujeto des(ob)ligado, Auster, como todo caballero errante, como todo pícaro tradicional (Lazaro, Guzmán, Quijote, Gil Blas, Robinson Crusoe, Moll Flanders, Tom Jones, Roderick Random, Barry Lindon), se precipita al afuera de la experiencia, a los caminos abiertos del mundo ( the ways of the world ): "Era libre de caminar en la dirección que yo quisiera" ( A salto de mata ), "Sencillamente comencé a caminar, dirigiéndome hacia donde mis pasos me llevaran", anuncia el huérfano de El Palacio de la Luna , por no hablar del detective errante de Ciudad de cristal . El insujeto busca un itinerario imprevisible gobernado por el azar ( chance ), por la aleatoriedad, por esa randomness que no cesa de hostigar las prosas del americano (irrumpe en la página 12 de La noche del oráculo). Pensamos, ahora, en la road novella , heredera de la segunda parte de Lolita (1955), con que arranca La música del azar , cuya "mente, vagabunda, no cesaba de regresar hacia la carretera", como la mente de Ishmael de Moby Dick no cesaba de arrimarle hacia el océano: "para hacerse a la mar cuanto antes". El objetivo, para Melville, escapar a la red de obligaciones patrimoniales que atenazan al sujeto. El resultado, para Ahab, es equívoco, pues "todos los hombres viven envueltos en whale-lines (rumbos, cuerdas, trazos, renglones de ballena)" El objetivo es, para Auster: "comprobar durante cuánto tiempo podía vivir en un estado de incertidumbre" ( La música del azar , p. 54). Pues ya se sabe que la certeza, en esta lógica, es la recepción de la herencia en la casa del padre: su memoria, sus cimientos, sus raíces... y toda esa estela de tropos patrimonialistas que nutren (y pudren) los nacionalismos contemporáneos. En su relato autobiográfico, A salto de mata , Auster percute otro tema recurrente, la aversión al dinero, gesto que delata, en el fondo, su adhesión (patética, histriónica) al terrorismo antipatrimonialista. Pienso, como es obvio, en Leviatán . Pero pienso también en aseveraciones próximas de A salto de mata . No sólo aquella en la que enlaza al anarquista de Los demonios (Dostoievski) al ideólogo socialista de The Iron Heel (London) y al Capitán Ahab en una misma figura simplificada: "El petróleo era la fuente primaria de riqueza, el crudo que abastecía la maquinaria de beneficios y la mantenía en marcha, y yo estaba contento de estar donde estaba, agradecido de haber aterrizado en el vientre de la bestia". Sino también un puñado de frases directas, tan tópicas como memorables: "Pero el dinero, claro está, nunca es sólo dinero. Es siempre algo más, y siempre tiene la última palabra (...) El dinero hablaba, y en la medida en que lo escuchabas y seguías sus argumentos aprendías a hablar el lenguaje de la vida". El lenguaje de la vida es el idioma patrimonialista del Estado capitalista y/o paternalista. No basta, pues, con escapar a la casa del padre. El desafío modernista y contemporáneo (¿postmoderno?) es escapar a la casa del Estado, desbrozar la herencia impuesta por un entorno, inesquivable, densamente politizado, capitalizado, mercantilizado: las whale-lines de las que hablaba Melville son en el fondo las Leviathan-obligations que teorizaba Hobbes. La cita de Emerson que abre Leviatán es elocuente: "Todo Estado real es corrupto". O, por volver a Hamlet: "Algo está podrido en el estado de Dinamarca".