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Quimera 253 Quimera

La obligación de Paul Auster

por Julián Jiménez Heffernan
Quimera nº 253, febrero 2005

Número de páginas: 6
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The case of the obliging stranger ( El caso del extraño servicial ) es el título de un ensayo filosófico de William H. Gass en el que aborda las ambigüedades de lo moral. El novelista americano ilustra su argumento con un relato extravagante. Una persona se acerca a otra en la calle, le pide ayuda para "realizar un experimento". El extraño, servicial ( obliging ), accede. El experimento consiste en recibir un golpe en la cabeza con un hacha y ser introducido en un horno a 450º Fahrenheit. Pero sale mal: cuando la persona vuelve a casa se da cuenta de que su especimen está demasiado hecho. El experimento se ha echado a perder. La lección que se obtiene es paradójica (¿dónde está el mal: en la propuesta, la disponibilidad o la ejecución?). Gass no descarta lo segundo: obligarse a un experimento desconocido supone siempre un riesgo. Otro narrador americano, Jonathan Franzen abre su meditación sobre la mortalidad, titulada My father's brain ( El cerebro de mi padre ), con su particular exposición a un experimento, al que, parece ser, estaba obligado : "He aquí un recuerdo. Una mañana nublada de febrero de 1996, recibí por correo enviado por mi madre, en St. Louis, un paquete con una romántica tarjeta rosa de San Valentín [...] y una copia del informe del neuropatólogo sobre la autopsia del cerebro de mi padre". En este ensayo-relato, incluido en el libro How to be alone ( Cómo estar solo ) Franzen explora la desaparición gradual de la identidad en su padre, enfermo de Alzheimer. Un padre que jamás equivocó la identidad de su hijo cuando acudía a visitarlo al hospital. Un padre, en suma, que jamás vio en su hijo a un obliging stranger , un extraño servicial, por mucho que la madre, muchos años después, tuviese la ingrata ocurrencia de exponerlo al amargo experimento de esta extraña herencia: el informe neuropatológico del cerebro del padre. Y al hacerlo, al enviarle ese obsequio, lo convirtió de golpe en una estatua de sal retrospectiva, un deudor obligado filialmente a relatar la historia de su padre: un hombre sin hobbies , sin otro placer que engullir comida, jugar al bridge o ver noticias televisadas. El juicio del hijo es severo: "La pasividad de esa ambición, la monotonía de sus días, tendían a volverlo invisible para mí" (p. 12). Una cuestión de historias, como ven, alrededor de un hombre invisible . Franzen invoca un intertexto clásico para ilustrar el paternalismo expectante de su padre, cuyo nombre, Earl, resulta un anagrama exacto de Lear, el padre más acerbo de los padres.
De 1982 data la primera edición de La invención de la soledad de Paul Auster, cuya primera parte se titula Retrato de un hombre invisible . Esta narración (relato, ensayo, experimento) podría haberse titulado, indistintamente, El caso del extraño servicial o El cerebro de mi padre . Cómo estar solo reformula, después de todo, La invención de la soledad . Es evidente que Franzen conoce el libro de Auster. Las resonancias entre ambos textos son estrechas, siendo la más alarmante el distanciamiento quirúrjico, notarial, que preside ambas perspectivas. ¿Cómo hablar, si no, del padre? ¿Cómo cursar la relación del padre, cifrar su narración, si no es desde la retrospección coriácea, desde una nostalgia amortiguada por el cinismo? En términos lacanianos: ¿cómo nombrar el nombre del padre si no es literalmente desdiciéndolo, entrecortando sus sílabas, cediendo a una mudez encriptada en símbolos transferidos: la invisibilidad del padre, el silencio del padre, la distancia del padre...? Pero la obligación persiste: urge, por una vez, hablar en el nombre del padre , urdir su narración. Eso sí: conviene siempre no cargar demasiado las tintas. En caso contrario, el amable extraño ( obliging stranger ) quedará demasiado hecho y el experimento (la experiencia) anulado. Una cuestión, como ven, de tacto. De hacer las cosas bien para que el fantasma responda, de ultratumba: obrigado , gracias, hijo, quedo obligado, en deuda contigo. Pues lo importante es desatarse: dejar atrás la obligación o transferirla de nuevo al espectro. Fue la tarea de Hamlet, quien, como recuerdan, no supo estar a la altura de la narración exigida por el fantasma paterno: matar a su tío. A Hamlet le pidieron un experimento culinario, un relato de sangre, y dio a cambio monólogos de bilis. Hamlet excedió una obligación (la del llanto filial) y no supo afrontar otra (la de la venganza).
La primera reacción de Auster al conocer la noticia del fallecimiento de su padre es precisamente la de tratar de responder a la imperiosa urgencia de su obligación filial: "Incluso antes de hacer las maletas para emprender las tres horas de viaje hacia Nueva Jersey, supe que tendría que escribir sobre mi padre. No tenía un plan ni una idea precisa de lo que eso significaba; ni siquiera recuerdo haber tomado una decisión consciente al respecto. Pero la idea estaba allí, como una certeza, una obligación que comenzó a imponerse a sí misma en el preciso instante en que recibí la noticia de su muerte" (p. 12). Se trata de la obligación protestante, el sentido de la Beruf (vocación, profesión) que Auster identifica en ocasiones al escrúpulo moral del escritor ("la obligación de alcanzar la claridad" en The Art of Hunger , Ground Work , p. 113). En otro lugar cita a Bataille ( Le Bleu du Ciel ): "¿Cómo cabe demorarse, dice, en libros cuyo autor nos parece que no estaba obligado a escribir?" ( The Art of Hunger , Ground Work , p. 119). Esta obligación se reconvierte aquí en mero deber filial, de raíces veterotestamentarias, amplificado a pugna intergeneracional, en el fondo querelle des anciens et modernes , por Nietzsche en La genealogía de la moral .
Así como Franzen invoca a King Lear para modelar su diminuto Familienroman , Auster no era insensible al hecho de que su vivencia se canalizaba, ab initio , por otro canónico intertexto shakespereano. Y no aludo sólo al goticismo atmosférico, la atrabiliaria Entfremdung protectora, o la claustralidad arquitectónica, que Hamlet y Retrato de un hombre invisible comparten. Hay indicios explícitos que delatan apoyo. Cuando Auster se refiere a la callada tragedia de su hermana lo hace en clave directamente hamletiana: "Era una Ofelia en miniatura y, por lo visto, condenada desde entonces a una vida de constante lucha interior" (p. 38). Indicación preciosa, pues traslada al padre de Auster la identidad exacta de Polonio, ser ridículo, periférico, cuyo deceso (ausencia, invisibilidad) sólo importa como diana del humor enfermo del protagonista, quien celebra el banquete en que unos gusanos dan cuenta del cadáver, no del todo bien fait , de Polonio. Auster pasa entonces a ser Laertes, lo cual no es del todo ajustado, pues el extravío melancólico del príncipe casa mejor con las múltiples personas narrativas del escritor americano. Si bien conviene no olvidar que la supuesta persona biográfica de Auster, la que se perfila en A salto de mata , se embarca, como Laertes, para inquietar la balanza de su destino: "Para mantenerme fuera de equilibrio, supongo". Y nunca conviene descartar que Auster, beckettiano obsesivo, optase, si preguntado, por encarnarse en Rosencrantz y Guildenstern, lanzados a la gloria del absurdo por Tom Stoppard.
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