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Quimera 250 Quimera

Apuntes sobre femonenología de las revistas

por José Carlos Mainer
Quimera nº 250, noviembre 2004

Número de páginas: 2
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Modelos de crítica (y de revistas)

Al pedirme este trabajo para Quimera , Domingo Ródenas me ha recordado un artículo, "La función de una revista literaria", que Lionel Trilling incluyó en un libro ejemplar y clásico, La imaginación liberal (1951; lo cito por la traducción argentina de Enrique Pezzoni, de 1956). Se trata del breve prefacio que el autor escribió para una entrevista de la mítica revista de la izquierda americana, The Partisan Rewiew , fundada en 1933. Con aguda melancolía, Trilling comprobaba allí que, en el fondo, "las innumerables revistas literarias del siglo XX han sido una heroica respuesta a la declinación de la literatura" como hecho social, porque la edad de oro del ascendiente social de la literatura fue el siglo XIX, cuando "la literatura se hallaba subyacente en toda actividad intelectual. El científico, filósofo, historiador, teólogo, economista, teorizador social y aun el político debían probar actividades literarias que al presente parecerían ajenas a sus respectivas vocaciones". De algo de esto hablaba yo cuando definía la función del crítico decimonónico como una mediación entre el autor y el lector, entre el sentido y la acción...
Puede que los rasgos de las revistas de la época siguiente -hablo de la primera mitad del siglo XX- hayan sido sugestivamente distintos: ha perseverado la mediación crítica (porque la literatura ha estado más cerca de la filosofía que de la ciencia) pero, a la vez, se ha sumado la tarea de provocación. Una revista del siglo XX se concibe como una acción coordinada que tiene una dirección carismática, un Estado Mayor en forma de Consejo Editorial, una patente jerarquización de sus invitados y hasta un marco de complicidad que comparece paladinamente en sus anunciantes o en las cartas de sus suscriptores y lectores.
Previamente, en el tenso e incitante final del XIX, la imagen romántica y positivista del sabio decimonónico se había transformado en la iconografía apasionada y polémica del intelectual : un hombre que está siempre a medio camino entre el arte y el pensamiento, la racionalización y el arrebato, la fuerza del prejuicio y los derechos de la razón individual, la moral antigua y la moral nueva. Las grandes revistas que perduraron hasta los años cincuenta de la centuria pasada fueron iconoclastas y persuasivas, refinadas y explosivas a la vez. No buscaron el inocente paraíso decimonónico de la Cultura Universal y de la admiración irrestricta por el Escritor, sino la conversión del ciudadano lector en partidario. Al menos, así fue hasta que las nieblas de la guerra fría no difuminaron y, al cabo, no disolvieron la misión del intelectual comprometido (algo adivinó Raymond Aaron al denunciar en 1958 "el opio de los intelectuales", el marxismo militante; las crisis y las paradojas de los años sesenta hirieron de muerte a un modelo que había durado desde 1930 a 1980).
Puede que el signo de las revistas posteriores, más próximas a nosotros, se base en otra encarnación del crítico que se ha trocado en una armonizador entre la Cultura de Estado (que se perfila como horizonte de consumo cultural de la Europa próspera) y los residuos domesticables de la vanguardia individualista, siempre en el marco de ese eclecticismo que hemos dado en llamar postmodernidad. Pero también es posible que la apuntada sucesión de modelos (de críticos y de revistas) -el árbitro , el mediador , el provocador... - no sea tal, y que haya mucho de superposición y convivencia. O incluso de regreso a las fuentes... ¿La nueva Cultura de Estado (en términos de Marc Fumaroli) no es un forma modernizada de lo que llamábamos hace unos años "despotismo ilustrado"? ¿No parece imponerse otra vez la añoranza de una divulgación bien hecha, frente al terrorismo venial de la reseña de palo y tentetieso? ¿No pedimos que la información cabal prevalezca sobre la militancia montaraz? El lector de las páginas que siguen podrá, a su sabor, verificar la justeza de esta fenomenología o, en su defecto, formular otra. Lo que siempre es mucho más divertido...
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