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Quimera 250 Quimera

Apuntes sobre femonenología de las revistas

por José Carlos Mainer
Quimera nº 250, noviembre 2004

Número de páginas: 2
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De los usos del tiempo
No es una casualidad que la revista de información política más importante se llame Time , tiempo. Y que nuestra memoria registre el nombre de otras que son prisioneras voluntarias de nociones ajenas: Tempo, Actualités, L'Instant ... Como todas las demás, las revistas literarias nos recuerdan que la literatura es también tiempo. Puede que sobre todo sea tiempo o, por decirlo con más precisión y pedantería, temporalidad . Sin embargo, nuestra imagen predilecta del arte se asocia a lo intemporal, a lo que T.S. Eliot llamó "simultaneus Order", donde Horacio convive armoniosamente con Valéry, Cervantes con Balzac, y Esquilo con Ionesco. Una biblioteca, démosle el orden que le demos -pensemos en una naturaleza pública o en una privada- es la plasmación más paladina de esa convicción que conmueve tanto a los clasicistas y a los universalistas, pero también a los que saben poca historia de la literatura.
Y es que una revista literaria es exactamente el anverso de esa temporalidad congelada: la revista es tiempo fugitivo en forma de presencia (una revista lusitana lleva ese nombre), o incluso de moda pasajera. Y no sólo porque imponga la literatura como actualidad , sino porque incluso puede suscitar la actualidad del pasado . Una revista es siempre lo nuevo, aunque hable de lo antiguo. En ese sentido, la revista tiene el derecho a equivocarse que sólo a regañadientes concedemos al libro.
De la historia a la actualidad
El tiempo significa, en efecto, mudanza de valores, pero también es la revelación de la Historia. Y, sobre todo, de ese modo de historia vinculado a la modernidad en que la Historia persigue inexorablemente los pasos del progreso y se identifica con él (en los años de entreguerras del siglo XX, Paul Valéry vio la Historia como un proceso de horrores; Walter Benjamin la encarnó en el ángel nuevo, pintado por Paul Klee, cuya cabeza vuelta hacia atrás observa el cortejo del espanto). Digamos, pues, simplemente, que la Historia es la continuidad enhebrada por la fuerza de la casualidad.
No es que el transcurso del tiempo no fuera perceptible para el mundo antiguo o para el medieval; sabían del prestigio del pasado, llegaban a enorgullecerse del presente, pero el porvenir les resultaba inhóspito, salvo si se concebía como postrimerías en el sentido religioso o como utopía en el político. La noción misma de un fuerte hilván de intencionalidad que unificara un pasado caduco, un presente mejorable y un futuro hecho de las mismas sustancias, pero más lúcido, más razonable, más libre, fue la conquista de lo moderno.
Que, a su vez, implicó todas las obras del hombre en la misma pugna: por eso, también el arte pasó a ser una revelación del forcejeo del porvenir por manifestarse en el presente. Y se hizo testimonio también de los tiempos muy diferentes que habitaban cada nación o cada época; por lo tanto, mientras que el cosmopolitismo resultante fue la forma activa del relativismo, paralelamente, la noción exclusiva de lo nacional fue la toma de posesión de su tiempo propio por parte de un grupo. Las revistas son historicistas o proféticas, nacionalistas o internacionalistas; habitualmente las dos (y hasta las cuatro) cosas a la vez. Las revistas surgieron precisamente porque algo debía evidenciar la existencia de esas encrucijadas.
De la variedad
Las revistas creen, por último, en la variedad (la variedad y la actualidad son meras impresiones, espejismos de algo más serio: ambas nos remiten siempre a la unidad de intención o a la continuidad de la Historia). Las revistas, en la medida en que siempre articulan fragmentos (las revistas románticas llevaban a menudo nombres que implicaban esa idea básica de fragmentismo y variedad), entrañan la creencia de que tales trazos forman parte de una escritura superior que los enlaza, lo que nos remite a creencias muy firmes: la de la personalidad entera de un escritor, la del espíritu común de una promoción literaria o a la vigencia de una modalidad de expresión (de un género, de una lengua...).
Por eso, las revistas suelen unir la necesidad de acotar una cultura concreta y la de visitar las culturas ajenas. Y por eso también, las noticias que nos proporcionan existen como retazos de una historia implícita que las unifica, a la vez que las piezas sueltas de creación adquieren sentido en la secuencia de una obra que no cesa. La crítica y el análisis que la revista ejerce explicitan precisamente ese sentido unificador. O, cuando menos, apuntan a su existencia.
De la nostalgia del orden
Advirtamos ahora que esto se debe a que las revistas nos recuerdan que existe un orden que nunca es fortuito, pero tampoco impositivo ni demasiado explícito. Y que tampoco procede una única potestad ordenadora, sino de las convergencias y divergencias de varias. En tal sentido, la revista recuerda que, al igual que -según Clemenceau - la guerra es asunto demasiado serio para dejarlo en manos de los militares, las letras son un asunto demasiado complejo para abandonarlo a los autores. Una revista es una institución literaria que opera (Pierre Bordieu nos autoriza el préstamos de su vocabulario) en un campo donde se ha acumulado un capital , y donde el calor se fía a la cotización .
En sus orígenes, los críticos fueron árbitros , la forma natural de orden que consentía y reclamaba un poder político absoluto. Las aprobaciones de los libros del Siglo de Oro eran, de hecho, benévolas (pero intencionadas) intervenciones del poder ideológico-literario en el curso de la literatura. El siglo de Luis XIV secularizó y especializó esa potestad creando las Academias. Igual pasó entre nosotros: el Diario de los Literatos de España surgió del deseo de unos funcionarios reales de Fernando VI, ansioso de establecer una aduana literaria que examinara novedades tales como la Poética de Luzán, el Fray Gerundio de Isla o el primer tomo del Teatro crítico universal de Feijoo...
De la crítica-árbitro , propia de la primera modernidad, se pasó en el siglo XIX a la crítica-mediación , característica de la sociedad afluyente y liberal. El árbitro conciliaba los intereses generales, vinculados al Estado, con las necesidades de un público al que se veía como un párvulo. El mediador operaría directamente en la mitad del camino entre los autores y los públicos: a los primeros se empeñaría en revelarles aquella parte sumergida de sus obras, de la que no siempre eran conscientes; a los segundos les indicaría qué debía leer y cómo hacerlo. Las revistas conocieron su esplendor en uno y otro momento, desde la Ilustración al complejo Positivismo-Naturalismo.
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