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Quimera 246-247 Quimera

Los libros de viaje de Camilo José Cela: ¿relatos autobiográficos o relatos de ficción?

por Carmen Aznar Pastor
Quimera nº 246-247, julio-agosto 2004

Número de páginas: 4
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Pero, a nuestro entender, el ente de ficción más logrado de Cela es su propio personaje, una criatura literaria que nace en Viaje a la Alcarria y que va creciendo, evolucionando, madurando en los relatos posteriores hasta convertirse en la figura inolvidable de "el viajero". A este respecto, nos parece importante evocar la cuestión de la elección de la voz narrativa en sus relatos de viaje. Cuando examinamos las notas, vemos que Cela duda entre un narrador en primera persona (también llamado autodiegético), y un narrador en tercera persona (heterodiegético). En los manuscritos adoptará definitivamente la segunda opción; el mismo Cela nos explica el porqué: «El vagabundo - que ahora habla de él como de otro hombre, objetivándose en la distanciadora y persuasiva tercera persona - se lavó el odio, se desnudó del odio en la ciudad y se echó al monte igual que un bandolero, para ejercitarse en las solitarias mañas que estrangulan al odio como a un conejo» ( Del Miño al Bidasoa ). El deseo de neutralidad y su rechazo de toda posible subjetividad son los argumentos invocados para justificar la adopción de este tipo de narrador. Pero Cela lleva aún más lejos su supuesto deseo de objetividad; la identidad del protagonista de sus relatos es misteriosa ya que el narrador se refiere a él utilizando una etiqueta totalmente impersonal: "el viajero" o "el vagabundo". En el primer relato el lector no conoce ni el nombre ni el apellido del viajero y muy pocos detalles de su vida personal son desvelados; sólo se nos dice que es joven, alto y delgado, que le gusta escribir y leer, que está casado y que tiene un hijo pequeño.
Sin embargo, el anonimato del viajero no es total; en los relatos de viaje posteriores, de manera progresiva, el narrador va desvelando elementos biográficos del protagonista, salpicando el texto de indicios con los que el lector puede reconstruir la vida y la identidad del viajero. Así, en Judíos, moros y cristianos , nos enteramos de que se llama Camilo y que no es francés sino gallego. En Del Miño al Bidasoa recuerda sus años infantiles pasados en los escolapios de Madrid, los peores de su vida, la frialdad de las aulas y sobre todo "los capones que recibía del padre Cirilo, y aquel postrero puesto de la clase que parecía tener como patentado". En Nuevo Viaje a la Alcarria el narrador es mucho más elocuente; evoca los barrios madrileños en los que vivió el viajero, las muertes y los nacimientos de miembros de su familia, sus abortados estudios de medicina, su atracción por la literatura. Paralelamente a estos detalles conformes al recorrido vital de Cela, hallamos en los relatos otros mucho más inverosímiles. Por boca de su supuesto cuñado, Pierre de la Cathervielle de la Saccourvielle, nos enteramos de que el viajero "compone unas poesías muy aparentes a la patria, a la bandera, a la Virgen del Pilar, al descubrimiento del Nuevo Mundo, etc., y también contrata artistas para las funciones en pueblos: frívolas, hipnotizadores, enanos, flamencos, de todo" ( Viaje al Pirineo de Lérida ). En el último relato las informaciones son extravagantes y muchas veces contradictorias. Así, el narrador habla de la boda del viajero con la negra Ondas del Lago Perozo S. con la que tuvo nueve hijos. Una páginas más adelante ya no son nueve sino doce hijos; el mismo viajero parece participar de la confusión general: «Entre los comensales, el viajero se encontró con un señor norteamericano llamado don Louis, poeta en inglés y en español, que le dijo que conocía a un hijo suyo. -¿Un hijo mío norteamericano? No sé; puede que sí, pero no recuerdo... vamos, que no caigo. Comprenda usted que, al llegar a ciertas edades, resulta muy difícil no perder la cuenta ( Nuevo Viaje a la Alcarria ). ¿Cuántas veces estuvo casado? El narrador evoca la existencia de una primera mujer, una tal Claudia Moriscote pero esta información es desmentida por una voz anónima que asegura que la primera señora del viajero era polaca. El misterio sobre la identidad del viajero es completamente desvelado en el último relato; el narrador afirma que se trata del autor de Viaje a la Alcarria y de Oficio de tinieblas y las palabras de un niño ponen fin al anonimato del protagonista: «Delante del palacio del Infantado, que está ya casi reconstruido y es una verdadera joya, cuatro o cinco niños de unos doce años juegan a revolcarse por el suelo; cuando el viajero llega, uno de ellos se le queda mirando y dice: - ¡Me cago en la leche, si es Camilo José Cela!».
En estos ejemplos aparece claramente la voluntad del escritor de manipular, con fines literarios, elementos autobiográficos. Voluntad no exenta de ludismo que nos parece resumirse en la contestación del viajero a un interlocutor que le exige una respuesta acerca de la veracidad de un episodio -el encuentro con Inicial Barbero Barbero, alias Cuescolobo, perito en las artes de robar gorrinos o sea balichero- aparentemente silenciado en el primer relato: «-Oiga usted, patrón, ¿por qué no somete usted a su padre, si lo encuentra, a ese interrogatorio de tercer grado? ¿No se da cuenta de que yo digo más o menos lo que me da la gana?» ( Ibid .).
Al alejarse del Cela de carne y hueso y convertirse en un ente de ficción, el viajero se libera de las limitaciones de la existencia humana. No podemos afirmar, como hace Zamora Vicente, que el escritor se "exhiba con loable impudor" en sus relatos de viaje. A nuestro entender, el escritor lleva a cabo un verdadero trabajo de creación y en cierta medida de mistificación. En realidad, Cela atribuye a la figura del viajero unos atributos que hacen de él un modelo ideal de lo que la humanidad debería ser. En sus páginas viajeras, el escritor esboza un personaje sensible bajo su aparente rudeza; un ser de una simplicidad desconcertante, dotado de una capacidad extraordinaria para gozar de las cosas más elementales de la vida: un trozo de pan, un trago de vino, unas palabras intercambiadas con la gente sencilla del campo, el placer de estar en perfecta armonía con la naturaleza. Es un ser de talante contemplativo que se aleja del mundo para conocerse a sí mismo y adquirir una forma de sabiduría. En este sentido, el viajero se emparenta con la figura del sabio antiguo, un hombre sereno porque no tiene nada ni nada desea, un hombre que ha sabido renunciar a las vanidades del mundo. En última estancia, el viajero de Cela encarna el ideal del escritor-viajero o del viajero-escritor, estando ambas actividades íntimamente vinculadas. El ideal del vagabundo -ese arte de poda y de renunciación- debe servir de norte al escritor puesto que, al fin y al cabo, ambas actividades son tan parecidas que acaban por confundirse: «Los vagabundos tampoco precisan de muy pesados e innecesarios ropajes y el escritor, aun el que más sedentario pudiera parecer, es siempre un irredento vagabundo: ese es su mayor timbre de gloria y de libertad» ( Obras completas , tomo IV, p. 14).
Quizá por ello, el escritor -a través de la figura del narrador- se transforma por momentos en el personaje principal de los relatos. Invadiendo el relato, el narrador no sólo cuenta sino que comenta los actos del viajero; abusando de su poder creador, da rienda suelta a su imaginación introduciendo "microrelatos" -embriones de relatos picarescos y epistolares por ejemplo-. Por momentos adopta un tono pedagógico e introduce digresiones o "microensayos" sobre temas muy variados: literatura, filosofía, etimología, toponimia, geografía, hidrografía, topografia, geopolítica, historia, pintura, arquitectura, música, tradiciones, tauromaquia...
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