Cela fue un viajero incansable que anduvo con la mochila al hombro por las tierras de España desde su Galicia natal hasta el luminoso sur, pasando por las áridas tierras de Castilla sin olvidar el agreste paisaje pirenaico. De estos recorridos el escritor vuelve trasformado, más sabio, más sereno y sobre todo cargado de recuerdos, de imágenes y de notas. Durante el viaje ha ido apuntando -en cuadernillos escolares, cartas de visita, sobres, fichas de cartón, hojas de papel, antiguos programas de televisión y hojas de revistas- impresiones, descripciones de paisajes, retratos, reflexiones personales sobre temas variados, precisiones geográficas o históricas, comentarios etimológicos y toponímicos, datos sobre los pueblos que recorre...
De vuelta al hogar, apelando a su memoria y con la ayuda de las notas de viaje, el trabajo de escritor puede empezar: el viajero se transforma en escritor para relatar su experiencia. Esta primera etapa de creación -materializada en los manuscritos de los relatos de viaje-, es sumamente interesante ya que asistimos a una primera fase de metamorfosis del viaje real. En efecto, al cotejar los manuscritos de Cela con sus notas de viaje queda patente el proceso de selección, de amplificación y, sobre todo, de invención que hace que un viaje real se transforme en relato. Veamos algunos ejemplos. Durante su primer viaje a la Alcarria, Cela es recibido por el Gobernador de Guadalajara. En su cuaderno de notas leemos: "Me recibe el gobernador. Está muy fino conmigo"; de este episodio no hay rastro en el manuscrito. En el relato tampoco aparece la siguiente evocación del alcalde de Budia y de su hijo: « el dueño de la posada es el alcalde, un tipo escarrón, cazurro y medio albino que no suelta prenda [...]. Tienen un niño repugnante, de unos catorce años, que lleva un terno lila y se ve que está encantado con ser hijo del alcalde; habla despóticamente a los criados, viejos y con voz de señor » (Cuaderno de notas del Viaje a la Alcar ria).
Para que el lector crea que Cela hizo solo su viaje por la Alcarria, Cela suprime las siguientes líneas de la dedicatoria a Gregorio Marañon: «yo pasé algo de vergüenza porque iban conmigo dos amigos extranjeros». El escritor confiere así a su viaje una dimensión más profunda e íntima y se emparenta con los itinerarios iniciáticos.
Aparte de estos olvidos voluntarios, la confrontación entre notas y manuscritos evidencia el carácter fantasioso del escritor. Durante su recorrido por el Pirineo catalán, Cela recoge en su cuaderno de notas, con un estilo telegráfico, un episodio bastante banal: «Francia. Bosque más frondoso. Abetos, hayas con hiedra. La carretera es magnífica. La aduana, correcta... Tras la aduana, un gracioso camping. La Douce France. Le roi de la truite M. Bergé en Barbazán. Entrada en España por Lés». El escritor amplifica y falsifica estos hechos para crear una aventura novelesca llena de peripecias. A la caída de la tarde, y para evitar a los aduaneros, el viajero y su perro Llir, acompañados por Remigio Rossell -amigo del viajero, "zagalón cincuentón, de buen saque y panza de forma antigua (abultada y con silueta de pera), que gasta bigote y presenta hija moza y en estado de merecer"- ( Viaje al Pirineo de Lérida ), atraviesan la frontera a escondidas, como forajidos, para visitar en Francia a la hermanastra del viajero, Aldonza Villardegoda Zamayón, antigua cupletista que se casó con un sacristán francés, un tal Pierre de la Cathervillelle de la Saccourvielle, personaje polivalente, sacristán, patrón de café y dueño de una droguería. Tras una breve estancia con ellos, que el viajero aprovecha para probar las célebres truchas de M. Bergé, el famoso rey de la trucha, vuelve a España esquivando de nuevo el control de la frontera.
Otro ejemplo, particularmente esclarecedor, de ese proceso de literarización al que acabamos de aludir, lo constituye el caso de los relatos Del Miño al Bidasoa y Primer viaje andaluz . Ya hemos apuntado que estos dos libros de viaje se basan en diecisiete crónicas publicadas en Pueblo . Aparte de un trabajo puramente estilístico, Cela va a llevar a cabo transformaciones temáticas que van a cambiar por completo el alcance y la significación del texto. Así, el protagonista de las crónicas periodísticas -el viajero que se desplaza con el objetivo de visitar y dar cuenta del buen funcionamiento de las residencias de verano para los trabajadores, es decir con el fin de hacer "relatos de propaganda"-, se convierte en los relatos posteriores en un vagabundo que se desplaza sin rumbo fijo ni intención precisa. Ya no viaja en coche, sino a pie; el ritmo del viaje es también muy diferente: el viajero de las crónicas era un hombre con prisas, el vagabundo nunca da muestras de impaciencia. Evidentemente, los episodios relacionados con las visitas y las descripciones de las residencias de verano son eludidas en los relatos. Otro elemento novedoso es la aparición de personajes inéditos y, por supuesto, totalmente inventados. Entre ellos Dupont -equilibrista que acabó siendo vendedor de molinillos de papel a causa de un accidente- personaje que acompañará al viajero durante todo su periplo en Del Miño al Bidasoa , convirtiéndose en un verdadero alter ego del viajero.
Esta tendencia a inventar personajes es una constante en todos los relatos de viaje de Cela. Mucha de la gente que el viajero dice haber conocido es sólo fruto de la imaginación del autor. Paradójicamente, estos personajes imaginados tienen mayor consistencia y resultan más atractivos que los de carne y hueso con los que el viajero se cruza por el camino. La verdulera, sorda como una tapia, que se niega a vender tomates verdes al viajero a la salida de Guadalajara; Armando Mondéjar López, el niño pelirrojo y redicho que acompaña al viajero hasta el camino de Iriépal; don Estanislao de Kostka Rodríguez y Rodríguez, alias el Mierda, desposeído injustamente de una riquísima herencia legada por su tío, el virrey del Perú; Quintín Jumilla, representante de pastas para sopa dotado de un físico ingrato ("la barbilla metida para adentro; el labio leporino; rojos los párpados; regoldador el escabeche; y la color ajada y como hecha para no salir de las sombras", en Judíos, moros y cristianos ); Sisebuto Rascón y Garcilaso de la Vega, alias Justificativo, un pirante sin principios cuya cabeza "abultaba como la de un buey y era más bien picuda, por arriba, y como aplastada y medio muerta por uno de los bordes" ( Ibid .); don Toribio de Mogrovejo de Ortiz de la Seca y de Castilmembre de Fuentespreadas y de López de Valdeavellano, que no tiene oficio porque su condición de hidalgo no se lo permite, son sólo unos ejemplos de las numerosas figuras literarias que han permanecido grabadas en la memoria del lector por su gran poder evocador.