El cine parece haberse inventado para expresar la vida subconsciente, que
tan profundamente penetra, por sus raíces, la poesía; sin embargo casi nunca
se le emplea para esos fines. Entre las tendencias modernas del cine, la más
conocida es la llamada neorrealista. Sus films presentan ante los ojos del
espectador trozos de la vida real, con personajes tomados de la calle e incluso
con edificios e interiores auténticos. Salvo excepciones, y cito muy especialmente Ladrón
de bicicletas, no ha hecho nada el neorrealismo para que resalte en sus
films lo que es propio del cine, quiero decir, el misterio y lo fantástico. ¿De
qué nos sirve todo ese ropaje de vista si las situaciones, los móviles que
animan a los personajes, sus reacciones, los argumentos mismos están calcados
de la literatura más sentimental y conformista? La única aportación interesante
que nos ha traído, no el neorrealismo, sino Zavattini personalmente, es la
elevación al rango de categoría dramática del acto anodino. En Humberto D.,
una de las películas más interesantes que ha producido el neorrealismo, una
criada de servicio, durante todo un rollo, o sea durante diez minutos, realiza
actos que hasta hace poco hubieran podido parecer indignos de la pantalla.
Vemos entrar a la sirvienta a la cocina, encender su fogón, poner una olla
a calentar, echar repetidas veces un jarro de agua a una línea de hormigas
que avanza en formación india hacia las viandas, dar el termómetro a un viejo
que se siente febril, etc., etc. A pesar de lo trivial de estas situaciones,
esas maniobras se siguen con interés y hasta con suspenso.
El neorrealismo ha introducido en la expresión cinematográfica algunos elementos
que enriquecen su lenguaje, pero nada más. La realidad neorrealista es incompleta,
oficial; sobre todo, razonable; pero la poesía, el misterio, lo que completa
y amplía la realidad tangente, falta en absoluto en sus producciones. Confunde
la fantasía irónica con lo fantástico y el humor negro.
«Lo más admirable de lo fantástico», ha dicho Andre Bretón, «es que lo fantástico
no existe, todo es real.» Hablando con el propio Zavattini hace algún tiempo,
expresaba mi inconformidad con el neorrealismo: estábamos comiendo juntos,
y el primer ejemplo que se me ocurrió fue el vaso de vino en el que me hallaba
bebiendo. Para un neorrealista, le dije, un vaso es un vaso y nada más que
eso: veremos cómo lo sacan del armario, lo llenan de bebida, lo llevan a lavar
a la cocina en donde lo rompe la criada, la cual podrá ser despedida de la
casa o no, etc. Pero ese mismo vaso contemplado por distintos hombres puede
ser mil cosas distintas, porque cada uno de ellos carga de afectividad lo que
contempla, y ninguno lo ve tal como es, sino como sus deseos y su estado de ánimo
quieren verlo. Yo propugno por un cine que me haga ver esa clase de vasos,
porque ese cine me dará una visión integral de la realidad, acrecentará mi
conocimiento de las cosas y de los seres y me abrirá el mundo maravilloso de
lo desconocido, de lo que no puedo leer en la prensa diaria ni encontrar en
la calle.
No crean por cuanto llevo dicho, que sólo propugno por un cine dedicado exclusivamente
a la expresión de lo fantástico y del misterio, por un cine escapista, que
desdeñoso de nuestra realidad cotidiana pretendiera sumergirnos en el mundo
inconsciente del sueño. Aunque muy brevemente, he indicado hace poco la importancia
capital que le doy al film que trata sobre los problemas fundamentales del
hombre actual, no considerado aisladamente, como caso particular, sino en sus
relaciones con los demás hombres. Hago mías las palabras de Engels que define
así la función de un novelista (léase para el caso, la de un creador cinematográfico): «el
novelista habrá cumplido honradamente cuando, a través de una pintura fiel
de las relaciones sociales auténticas, destruya las funciones convencionales,
sobre la naturaleza de dichas relaciones, quebrante el optimismo del mundo
burgués y obligue a dudar al lector de la perennidad del orden existente, incluso
aunque no nos señale directamente una conclusión, incluso aunque no tome partido
sensiblemente».