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Litoral 248 Litoral

Género anfibio

por Jordi Gracia García
Litoral nº 248, 2º Semestre 2009

Número de páginas: 2
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Los grandes epistolarios contienen esos recursos y son ellos los que procuran la ilusión de verdad que tenemos ante un buen epistolario. Su valor como documento no tiene nada que ver: lo que importa ahora es determinar que las razones de la vigencia de esas cartas, las razones que nos hacen leerlas, a menudo tienen más que ver con esos elementos conjugados porque conspiran para convertirlas en literatura, porque nos hacen leerlas como literatura, y ya ajenos al perfil del lector que busca datos o necesita reconstruir un episodio histórico. Cuando Italo Calvino escribe a sus autores las cartas en las que comenta los libros rara vez escuchamos el informe profesional de un excelente lector: escuchamos a un excelente lector que sabe que detrás del nombre de un autor novel o inédito hay un ser discapacitado o impedido para recibir una respuesta negativa, pero sabe también que a ese minusválido temporal le conviene escuchar una voz honrada que le hable de su literatura como si no fuese su literatura sino la del otro. Calvino no imposta la voz sino todo lo contrario: la hace literaria porque la hace verdadera al ser matizado y escrupuloso, al no perder el tono coloquial, al querer cumplir con una función rutinaria como quien cumple con un arte, el arte de educar a autores y lectores, de recomendar esto o lo otro, el arte de decir la verdad.
El salto es al vacío porque es un salto a la literatura sin asideros, sin condiciones o sin finalidad ulterior a ella misma. Son las buenas cartas las que impulsan la  operación de leer como texto literario lo que había sido concebido como texto comunicacional o instrumental. Fue quizá decisivo lo que se comunicaron y abatió o entusiasmó su contenido a su receptor, y pudo ser vital para quienes las escribieron y las recibieron. Pero nada de eso importa al lector que asiste a ese cruce de cartas desde el desinterés, es decir, desde el máximo interés del placer y del gozo de lector. Las sorpresas de los epistolarios son magníficas por esa razón, que es puramente literaria: ignoramos si podrá llegar el instante en el que esas cartas dejarán de ser documentos privados en nuestra lectura para convertirse en literatura. A menudo los corresponsales nos resultan apenas conocidos o ni siquiera teníamos un interés previo en ellos, y sin embargo, y exactamente igual que sucede con una novela de la que ignoramos completamente su argumento y sin embargo quedamos atrapados en ella o seducidos por algunos de sus personajes, logran cautivarnos sin razones externas o anteriores al hecho mismo de la lectura: se han hecho fundamentalmente literatura. Es verdad que se empieza a leer el epistolario de Zenobia Camprubí por un inmoderado afán de saberlo todo de Juan Ramón pero a medida que el lector recorre los centenares de páginas va sabiendo que la ley literaria está creciendo por su cuenta y sin menospreciar la información precisa sobre Juan Ramón va quedando también entregado al relato detallista, fresco y tantas veces alegre de la vida de una mujer casada con un señor que es poeta, dispuesta a contar infinidad de cosas con gracia y con plena conciencia de narradora que quiere hacer comprensible a sus interlocutores lo que está siendo su vida. En ese quicio, o en ese tránsito, funciona la naturaleza anfibia del lector de cartas: lee con la conciencia de que esos textos pudieron ser cruciales o muy importantes para las vidas reales de los personajes y sin embargo no escapa a la tensión estética y ética que procura la buena literatura. Quizá son las cartas mismas un género anfibio.
 
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