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Litoral 247 Litoral

Una fenomenología de la noche

por Antonio Cabrera
Litoral nº 247, 1º Semestre 2009

Número de páginas: 4
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4. Ahora bien, de noche, o se vigila en el sentido más amplio del término o se sucumbe a la imposibilidad de mantenerse despierto. En algún lugar de alguno de sus ensayos ha apuntado Adam Zagajewski esto mismo: que la noche es tiempo para meditar pero también para la gran indiferencia, no en balde uno de sus hijos principales es Hipnos, el sueño.
Y es que la pulsión de dormir va contra el impulso de conocer. Todo lo repele el sueño. Nosotros, que nos tenemos por esponjas ante el mundo, no siempre nos mostramos dispuestos a aceptar que aunque la fase oscura del día nos tolera muchas veces no por ello hemos de considerarnos criaturas suyas. Dormir es la salida airosa que nos propone la noche, la tregua que nos da a fin de que podamos librarnos del saco de la conciencia, tan susceptible de sobrecargarse de realidad precisamente cuando ésta parece más manejable por ser menos visible. Nos cuesta comprender que lo real es de naturaleza vibratoria. Sus ondas de baja frecuencia, las emitidas por la noche, cuando nos creemos a salvo, nos hieren con una particular violencia, con agresividad silenciosa, devastadora. De ahí que acabe por llegar el momento de la retirada tanto para el meditador, que crea o lee o piensa, como para el noctámbulo, ese empecinado con energías diurnas.
Se apagan las luces de la casa, y es como si la noche urbana que alienta detrás de los cristales dejara entrar en nuestra habitación a la mismísima noche de siempre, la negra noche, vástago del Caos, ante la que debemos ser indiferentes un cierto número de horas, refugiados en nuestro último refugio, el que se nos reserva a este lado de los párpados.
Únicamente los insomnes quedan como auténticos moradores de la noche. Son seres dignos de misericordia, pues nada en ellos se guía por la voluntad. Lo que hay de torturador en el insomnio reside en la terquedad con que obliga a fijarse en las sombras, a escucharlas en sus pormenores completos -tan densos, tan banales-, a apreciar en toda su insoportable sustancia la textura temporal, la lenta amargura de ser.
Quién duda que resulta agradable o bello habitar la noche, conocerla. Pero nunca hasta su fondo, no hasta su médula, no en viaje a su final, porque de esa manera la noche no puede ser un lugar para nosotros.
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