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Litoral 247 Litoral

Una fenomenología de la noche

por Antonio Cabrera
Litoral nº 247, 1º Semestre 2009

Número de páginas: 4
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Apenas ninguna noche externa, por lo tanto. Pero no concluyamos que así pierde su capacidad de afectarnos. Eso es imposible, pues su poder no declina, como mucho se modifica, de tal manera que, transustanciada en noche abstracta, logra introducirse dentro del que camina hacia casa, dentro del que conduce su automóvil por la circunvalación, dentro del que viaja en metro o del que cena en un restaurante. Dentro. Hecha nocturnidad moral, actitud, intención. Algo que impregna más la mente que los ojos. El ciudadano se traslada a lo largo del anómalo día de los neones poseído sin dramatismo por una nocturnidad casi de derecho penal, con sensación de estar parapetado tras algo indebido y de no hallar obstáculo sino provecho en ello. Le brota en el paladar del inconsciente un regusto no identificable, causado por un goteo que es el goteo de la incertidumbre.
2. Muy probablemente el territorio del hogar nos libera de ese sabor recóndito. Nuestra casa es más nuestra por la noche porque lo propio experimenta un movimiento de repliegue hacia su centro en cuanto disminuye la luz. Aquí hay paradojas: de día parecemos ser menos necesarios para nosotros mismos, nos diluimos justo durante las horas en que son más perceptibles los contornos y las formas; por contra, nos dibujamos con mejores resultados de identidad cuando la claridad se rebaja o desaparece. Nuestra casa es un cofre. Acudimos a depositarnos en ella para conservar con menor desgaste el ser, como monedas a las cuales su troquelado protegido las hiciera más valiosas.
A pesar de todo, no creamos que la entrada en casa se reviste con las características de una separación de la noche. Si así fuera estaríamos ante una separación fracasada, pues el contacto con la noche no se pierde por más que nos hallemos en el castillo particular de cada cual. A lo sumo logramos deshacernos del desasosiego abstracto al que he hecho referido. Nos movemos por las estancias íntimas con rara liviandad, en una ingravidez con peso derivada de la prolongación del cuerpo y del alma que suscitan los muebles, los objetos, los olores, las costumbres y el espacio organizado y dócil.
Así que estos interiores que habitamos por las noches son interiores también nocturnos. ¿De qué modo? Piénsese en primer lugar en un fenómeno de lo más asombroso: mientras íbamos por la calle, gracias a la iluminación artificial la noche quedaba en lejanía virtual, ahora en cambio, protegidos ya por nuestras cuatro paredes, la noche se ha acercado, está ahí mismo, en las ventanas, dejando su aliento sobre los cristales. Debe de ser ésta la ocasión en que actúa alguna ley desconocida -algún principio de compensación- de la física psicológica o de la psicología física. Y en segundo lugar, la noche está presente -quizá tan sólo sugerida por lo debilitada- en los rincones y en la cara oculta del mobiliario, las porcelanas y los marcos de las fotografías, e igualmente en el hueco estrechísimo entre los cuadros y la pared.
Esta segunda presencia, no obstante, no supera la simple anécdota. Tiene por añadidura un uso que la aligera de espesor: es la noche que el hermano mayor esgrime contra el pequeño, la de la risible tenebrosidad palpitando tras la puerta, la noche contenida en el pasillo a oscuras entrevisto desde el comedor. La otra, no acechante sino constatada, la que se asoma a nuestra interioridad para ejercer el poder de mezclarse con ella o diferenciarse de ella, ésa, ha cumplido y cumple (y es de suponer que cumplirá en el futuro) una función profunda, tanto que podría calificarse de civilizadora. Después de todos los seres humanos de las cuevas, de las chozas y de las viviendas urbanas le deben muchísimo al límite y al silencio que les propone. Es un hecho que el humano ha ido esculpiéndose durante el día, pero se ha venido matizando por la noche, mientras contaba historias, sacaba conclusiones o se hacía preguntas a resguardo de las sombras aunque estimulado por su proximidad.
A esa cercanía revertida en conciencia se la ha llamado respiración de la noche, el aliento de lo oscuro exterior que no puede dejar de percibirse y a la vez no ocupa la percepción entera, de modo que consiente que la atención se focalice con éxito en otras cosas. Pulsación de fondo, la noche es la propiciadora, la testigo, la que acoge lo mismo al asesino que al orante, igual al desolado que al feliz.
3. Feliz o desolado, en ese escenario nocturno trabaja arquetípicamente el creador, y en concreto el arquetipo de creador nocturnal que ahora nos interesa, el poeta, a quien el lugar común de origen romanticoide sitúa en la alta madrugada ocupado en escandir versos y sombras. ¿Es cierto? No lo será en multitud de casos. Con todo, tal vez no se peque de inexactitud al afirmar que en términos generales los poetas son deudores muy significativos de la noche. Todavía más si se tiene en cuenta lo siguiente: el poeta tiende a vivir en un estado de distracción con respecto al poema, no en relación con la poesía, a cuyo cuerpo lo une un cordón umbilical permanente cuando la vocación es inevitable. El poema demanda ser escrito, la poesía no. A las exigencias de esta última puede dárseles un curso fluido, nada dificultoso, pues vivir y mirar, interpretar e interrogarse, se dan por lo general como reflejos; no son operaciones arduas, sino las fuentes básicas de la vivencia poética inexpresada. En sentir sin tener que formular lo sentido o en pensar con cotidiana imprecisión no cabe duda de que se gastan menos unidades de esfuerzo mental. Pues bien, el poeta pasa más tiempo distraído en y por el mundo y la vida que atento a la escritura de versos donde mundo y vida muten en palabras.
En esa situación se manifiesta la dialéctica característica del poeta: ha de captar el mundo, pero salirse de él para concentrarse en el poema; ha de poner todo su cuidado en la escritura, y para ello debe dejar el mundo en un paréntesis. Acaso sea la noche el momento en que mejor se conjugan las condiciones propicias para ese despliegue dialéctico. La razón es que la noche envolvente y externa -la que respira alrededor sin alcanzarnos- parece dar lugar al punto de equilibrio donde nos encontramos tan ausentes como grávidos de presencia, tan solos como acompañados por la totalidad silente. Son éstas las coordenadas donde el verso puede exigir su nacimiento con muda fuerza apelativa y el poeta entregarle su máxima fijeza.
Cuando la vigilia le proporciona al creador un grado de concentración máxima, se levanta una campana protectora ante el poder narcótico de las horas nocturnas. Cuando hay concentración fértil surge un paraíso donde los frutos maduran con justa velocidad y se ponen a la mano de la meditación. La noche ha fabricado uno de los más grandes trampolines hacia el pensamiento, ella misma. A quien crea o piensa por la noche le es dado participar del don de la minuciosidad y de la hondura. Las ideas se abren, no las estorba el mundo. Los razonamientos empujan las palabras a través de la realidad aquietada en la oscuridad de afuera, realidad que sin embargo bulle en la mente diáfana.
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