Cuando los grillos rascan su violín chirriante la noche adquiere una presencia burocrática, al suceder el simple hecho de que una norma se cumple. El sello por medio del cual se autentifica un acto cotidiano -la llegada y desarrollo de la noche cálida- queda impreso con algo de ilegibilidad y difuminación, trámite de la tinta, comprobación que al fin y al cabo no pide ser bien atendida. El grillo, con su canto, no acrecenta la noche ni nos la pone dentro. Todo lo contrario de lo que ocurre con el búho, o mejor, con el cárabo, la rapaz nocturna responsable del ulular más conocido. Esa u suya consigue subrayar de verdad, no vibra sólo para disolverse en el afuera casi opaco. Dice que la noche es doble. Ulula la sombra física cuando el cárabo ulula. Y también se llena de us la noche del espíritu. Así que con el cárabo entramos en dos noches. O dos noches nos entran. En cambio, al escuchar la textura lejana del clásico ladrido no notamos un aumento de intensidad en la tiniebla, pues el desvelo del perro no genera negrura ni en la materia nocturna ni en nuestros adentros: produce, más bien, extensión. Al ladrar, el perro estira las sombras y de este modo las empuja en todas direcciones, las hace perder grosor hasta que invocan el día, estando el día muy distante aún. Hay virus de amanecer en el ladrido. El perro viene a ser un gallo prematuro, un infiltrado de la mañana en queja permanente.
Por lo demás, la noche abierta huele sobre todo a tierra y humedad. No exactamente a tierra húmeda, sino a una humedad general proveniente del suelo y de cuanto desde él sube hasta el nivel en el que están las copas de los árboles; también en las elevaciones, por ejemplo en las cimas de los montes, el olor de la noche emana de esa capa inferior, y si allí el aire fluye perfumado es porque viene circulando pegado a las vertientes. ¿Habrá que recordar que los aromas de la oscuridad nocturna no guardan, por supuesto, ninguna relación con el cielo estrellado, ni siquiera con zonas de atmósfera bastante más próximas a nuestras cabezas? La cúpula de los astros y las constelaciones, tan protagonista en el escenario de esta nocturnidad, se mantiene en su estatismo. Digamos que la noche más tangible tiene cuerpo reptante, el que nos roza con olores intensos, bien definidos, el que otorga volumen a la sombra tendida sobre el mundo. Gracias a ese fondo de disuelta humedad universal nunca huelen más los pinos, ni los romeros, ni los tomillos; en los marjales nunca los limos alcanzan a exhalar más acres; jazmines y galanes de noche jamás endulzan o aturden con mayor potencia; no llega nunca a ser más nauseabunda y tenaz la vaharada de los vertederos.
5. Firmamento y velada realidad rasante: esa es la apariencia de la noche oscura que nos viene cubriendo desde siempre. Noche oscura, pero no del alma. La noche empírica rechaza toda mística, cualquier elaboración extrema que segreguen la razón o la fe. Ni una ni otra oscurecen ante ella. Ellas poseen, en todo caso, su propia oscuridad, que a menudo proyectan. Mentes o corazones fervorosos de hecho acostumbran a añadir a las sombras visibles dosis considerables de invisibilidad y enigma.
Se olvida muchas veces que existe la noche clara. Si afinamos nuestra capacidad de observación incluso podemos ver lo blanco que aparece en lo negro. Jacques Audiberti habla en un verso memorable de "la secreta negrura de la leche". Bien puede decirse que en la noche hay, por su parte, una blancura secreta. Y no tan secreta. Basta con que nos situemos en ese campo abierto por donde andamos todavía. Aunque no se presente la luna, la oscuridad -ya lo había sugerido- jamás encuentra una forma rotunda. Así no expreso sólo una verdad poética: se trata de algo apreciable, constatable. La luz es sideral, omnipresente, y rebota en los astros, y todo lo alcanza, y se atenúa y se tiñe sin dejar de estar.
Al comentar la naturaleza de los dioses, dice Cicerón que a la luna "se la ha llamado Diana porque por la noche produce una especie de día". La noche inundada de luminosidad pálida, únicamente afectada por ella, sin mezcla de claridad artificial, es uno de los espectáculos más hondos que pueden contemplarse. Sin embargo, parece poco frecuente disfrutar de él en nuestros días. Ha quedado como un tema de la imaginería literaria o de la pintura, más que como un acontecimiento natural susceptible de ser gozado. Y esto es un error, pues nada más fácil que acudir a ver la luz de luna. Para ello ninguna época como el mes de mayo, el de la serenidad y la pujanza, cuando además es tan probable escuchar durante toda la noche el canto de los ruiseñores, otro suceso, por cierto, demasiado lírico si se lo piensa, pero por completo subyugante si es realidad efectiva. En el acontecer real reside una poesía indeformable y dura como el diamante, previa a cualquier otra, ya sea mental o escrita. Noche diurna y ruiseñores ocurren juntos muchas veces. Las notas asertivas del pájaro aumentan entonces la extrañeza del mundo. Derraman en la noche de siempre más claridad, de una clase que no desea vencer a la tiniebla.
La noche urbana
1. De vuelta a la ciudad de donde nos habíamos alejado buscando la ya infrecuente experiencia de la noche ancestral, entramos otra vez en la noche que nos fue diseñando el siglo pasado. Accedemos por consiguiente a una enorme burbuja de luz eléctrica cuya membrana continúa siendo oscura, parecida a una mancha de bruma situada por encima de las azoteas y por detrás de las fachadas encendidas, algo entre atmosférico e intelectual; la misma mancha que espera al fondo de las avenidas, y a la que nunca se llega porque está más al fondo aún. Sigue siendo oscura esa membrana, sin duda, pero a la vez difusa, como de color negro incoloro, y ejerce de frontera con la noche auténtica de la que acabamos de regresar. Puede deducirse entonces que, puesto que permanece al margen de las calles, en realidad vamos a través de una simulación del día cuando recorremos las grandes vías o incluso las callejas mal alumbradas.
Las luces de la ciudad, al contrario que el canto luminoso del ruiseñor y que los resplandores lunares o errantes por el espacio citados arriba, sí quieren derrotar a la tiniebla. Lo quieren y lo consiguen en gran medida. El transeúnte avanza y cada paso suyo es dado en un interior vaciado de sombra. Insisto: en la urbe, la noche -esto sorprende cuando se percibe- ha sido expulsada del afuera inmediato, del entorno físico más cercano. No forma parte de lo que experimentan los sentidos del peatón, nada alertados ni conscientes durante las travesías callejeras. La oscuridad se ha exiliado del alrededor. Junto al escaparate o debajo de la farola vivimos en un artificio sensorial, si no en un fraude.