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Álbum. Letras-Artes 73 Álbum. Letras-Artes

Arte y poesía: El amor y la guerra en el Renacimiento

por Joaquín Lledó
Álbum. Letras-Artes nº 73, verano 2003

Número de páginas: 2
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A veces es bueno detenerse un instante para intentar recordar minuciosamente algo a lo que en su momento no pudimos prestar toda la atención que hubiéramos querido. Sobre todo cuando lo hacemos para recordar algo tan vinculado a la fugaz actualidad, pero al mismo tiempo tan a su vez cargado de memoria, como lo es una exposición. Afortunadamente de ésta, Arte y Poesía, nos queda un excelente catálogo que nos permite ponderar en todos sus matices la exquisita sensibilidad con la que José María Díez Borque, comisario de la exposición, supo recrear, para nuestro deleite, pero también para dar "materiah a nuestra meditación, aquel siglo que fue llamado de oro.
Pluma y espada. Vencer y convencer. Entregarse y conquistar. Ya en las primeras líneas de su prólogo al catálogo de la exposición, el Presidente de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, don Luis Miguel Enciso Recio, nos dejaba ver que El amor y la guerra en el Renacimiento tenía como protagonista o inspirador principal nuestro más cumplido ejemplo de caballero, soldado y poeta. "La vida de Garcilaso de la Vega, un caballero toledano, amante de la guerra, impulsado a ella por desprecio de la muerte y por amor a las grandezas de su patria, tiene una relación íntima con su obra. El amor y la guerra, escribe en un bello libro Manuel Altolaguirre, eran sus fines, y en estos dos reposos cifraba sus ansias. El sueño de la muerte y los sueños de amor le aguardaban, y "tomando ora la espada, ora la plumah, dibujó una de las vidas más hermosas y atrayentes de su época. Almado y amado, Garcilaso de la Vega enlazó sus versos con sus acciones, de forma que éstas eran, respecto de aquéllas, hermanas en belleza, y sus versos como grandes victorias
Por supuesto, Garcilaso de la Vega no era el único soldado poeta del período abarcado por esta exposición; un período que, aunque como decía don José Alcalá-Zamora y Queipo de Llano, se le podría dar como inicio "la fecha española de 1492, con toda su significación, todavía hoy incumplida, de diálogo y entendimiento planetarioh, y como término la muerte de Felipe II en 1598, en realidad, parece más bien iniciarse en la conversación que, en 1526, en Granada, ciudad a la que se había trasladado la Corte tras las bodas de Carlos V con Isabel de Portugal, mantuvieron dos hombres, el poeta barcelonés Juan Boscán y Andrea Navagero, el embajador veneciano. Conversación decisiva para la historia de la poesía española, en la que el veneciano convenció al poeta de que debía probar a hacer "en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia; y no solamente me lo dijo así livianamente, mas aún me rogó que lo hicieseh.
Y es sólo seis años después de esta conversación, en 1532, cuando, a causa de una romántica, triste y desgraciada historia de amor, Garcilaso de la Vega es desterrado a Nápoles. Allí entra en contacto con los miembros de la famosa Academia fundada por el humanista Pontano, Bembo, Minturno, Tansillo y Bernardo Tasso. El poeta escribiría lo mejor de su obra en Nápoles, donde permanecería hasta 1535, si se exceptúa un rápido viaje que realizó en 1533 a Toledo, su ciudad natal, y otro que le llevó a Aviñón, ciudad a la que fue para visitar la tumba de la Laura de Petrarca, pues, como dice Alberto Blecua, "los humanistas eran turistas exquisitosh. Desde allí el poeta escribiría a su amigo Boscán (Epístola a Boscán vv 83-85): Doce del mes de octubre, de la tierra/ do nació el claro fuego de Petrarca/ y donde están del fuego las cenizas.
Pero lo verdaderamente fantástico de exposiciones como ésta es, evidentemente, que nos permiten contemplar y estimar al mismo tiempo muchos y muy diferentes elementos y objetos de la época que están relacionados con el tema propuesto. El progreso y perfeccionamiento durante las últimas décadas de las técnicas expositivas, al mismo tiempo que ha ido creando una mejor comunicación entre las instituciones implicadas, facilitando y agilizando la cooperación entre ellas y el préstamo de las obras que cada una de ellas conserva, ha ido permitiendo la elaboración de discursos expositivos cada vez más ricos, didácticos y lúdicos.
Culminación del largo y paciente esfuerzo realizado por un equipo de investigadores, que además se apoyaba en el constante trabajo de muchos otros, bibliotecarios, restauradores, estudiosos, etc. (como hace evidente la larga lista de ciudadanos e instituciones a los que en el catálogo se les agradece su colaboración), Arte y Poesía: el amor y la guerra en el Renacimiento estaba dividida en cinco grandes apartados: I. Mujer-hombre: Canon de perfección (El cuerpo desnudo. La dama. El caballero); II. El placer de los sentidos (el oído: la música; el gusto: el banquete; el olfato: flores y aromas); III. El amor: omnia vicit amor (formas y conceptos del amor; la bella naturaleza: lugar de amor y de huida); IV. La guerra (elogio de Carlos V; elogio de Felipe II; la guerra); y V. Parnaso renacentista español (los poetas: ecos clásicos, ecos italianos, ecos hispanos, ecos bíblicos). Y para ilustrar todas y cada una de estas facetas muchas y muy maravillosas obras de arte. Por supuesto, las impresionantes estatuas funerarias de Garcilaso de la Vega y su hijo, de autor anónimo del siglo XVI, ocupando, como si dijéramos, el corazón de la exposición. Pero a su alrededor los retratos de damas de Tintoretto y en lugar privilegiado la escultura de Leone Leoni, representando a la emperatriz Isabel, todo ello procedente del Museo del Prado. Y evidentemente el famoso Retrato de una mujer joven llamada "la Bellah, prestado por el Museo Thyssen-Bonermisza, o los muy eróticos tres lienzos de Paolo Flammingo procedentes del Kunsthistoricaes Museum de Viena. Armaduras y armas procedentes del Museo del Ejército. Tapices del Palacio Real. Cuadros y grabados representando batallas, algunos de ellos, como los excelentes grabados de Hans Schaufelein o Leonhard Beck que forman parte de El triunfo de Maximiliano, procedentes, como el conocido Adán y Eva o los menos conocidos Apolo y Diana y Las cuatro mujeres desnudas o las cuatro brujas de Durero, de los ricos fondos de la propia Biblioteca Nacional. De donde también procedían, lógicamente, los ejemplares de primeras ediciones de las obras de los principales poetas del período: Boscán, Garcilaso, Hurtado de Mendoza, Timoneda, Fray Luis de León, Fernando de Herrera, etc., los de los numerosos autores clásicos editados durante el período o los preciosos ejemplares de las obras de los humanistas italianos.
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