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Álbum. Letras-Artes 77 Álbum. Letras-Artes

Albert Moore, El encuentro con lo femenino / Peter Beard, El ojo mecánico

por Félix Ruiz de la Puerta / Ernesto Parra
Álbum. Letras-Artes nº 77, verano 2004

Número de páginas: 2
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La otra gran aportación de Moore a la pintura es el espacio vacío que media entre el tema del cua­dro y el observador. Dicho espacio comprende tanto un fragmento del cuadro como la zona entre el cuadro y la posición del observador. De este forma crea ciertas expectativas e intenta romper con la fuerte inmovilidad de sus figuras femeninas, también crea volumen en la composición que de otra forma los cuadros no tendrían pues desarrolla un pintura con pocos elementos en diagonal y sí con una fuerte visión frontal. Sus figuras están pin­tadas de lado, de frente o de espaldas, pero casi siempre evitando introducir puntos de fuga, cuan­do esto no sucede sus figuras parecen flotar en el aire como sucede en el cuadro Botones de Oro. Tra­baja fundamentalmente con la verticalidad colo­cando sus figuras bien de pie sin apenas introducir profundidad espacial, o bien sentadas o tumbadas con un pequeño escorzo que no elimina la visión frontal sino que parece potenciarla. La frontalidad favorece la calma y da estabilidad a la escena colo­cando el centro de gravedad en las figuras repre­sentadas. La intención de Moore es dar el protago­nismo única y exclusivamente a la figura femenina para ello la ausencia de perspectiva es fundamen­tal. Por regla general, las figuras femeninas se apo­yan en la pared, están tumbadas o recostadas en un sofá o bien están protegidas por una tela que en cualquiera de los casos elimina siempre los puntos de fuga de la composición. Para que el resultado de la pintura no resulte demasiado plano Moore juega con ese enorme espacio vacío que generan sus cua­dros, por lo tanto, en esta nueva etapa coloca las figuras en el plano del fondo del cuadro dejando vacío el plano delantero. Todo esto exige que las figuras de los cuadros de Moore estén completas, es decir, pintadas desde la cabeza a los pies y ade­más quede un espacio vacío entre los pies de la figura y el extremo inferior del lienzo. En este espacio el pintor suele colocar un fragmento de alfombra que da la sensación de continuidad entre el espacio del cuadro y el espacio del observador.
En las décadas de los setenta y ochenta Moore no aporta nada nuevo a la pintura, repite una y otra vez el tema de lo femenino. Realiza más de treinta y tantos retratos de mujer en un formato rectangular utilizando solamente dos o tres modelos. La mujer aparece casi siempre de frente y de pie, y lo único que parece interesarle es la ropa y el color.

Bailarina, 1864


En sus cuadros posteriores mantiene la misma línea: sus mujeres no hacen nada, la mayoría dor­mitan. A1 final de la década de los ochenta realiza un cuadro con un formato casi cuadrado, total­mente atípico, aproximadamente de metro y medio de lado donde se sintetiza el cosmos de lo femenino en Moore. El cuadro lleva por titulo Sols­ ticio de verano y es una de las obras más importan­te del pintor. Suavidad , elegancia y dulzura en la imagen de lo femenino. Fuerza, brillantez y calor es lo que se desprende del color naranja de las túni­cas, del plateado del sillón y del verde-amarillo de los abanicos.
Al final de su vida realiza dos cuadros impor­tantes, uno de ellos es Noche de Verano donde la modelo se contempla así misma en el tránsito de acostarse, dormir y levantarse. La novedad del cua­dro es que ha eliminado el plano del fondo donde se ubicaba la modelo y lo ha abierto al infinito, en este caso mediante un lago que parece perderse en el horizonte. El mismo recurso utiliza en Ilumina­ción y Luz en el que además introduce un sorpren­dente movimiento curvo en las túnicas de las modelos.
Por cortesía de la editorial Phaidon Press Titulo Albert Moore
Peter Beard El ojo mecánico
Ernesto Parra
La mecánica posee un alto índice de sensi­bilidad, si no, no hubiesen existido ni el Rolls-Royce ni los hermanos Wrigth, quienes demostraron que el aire también es el papel de las palabras. Nuestro poeta Peter Beard nos asomará a las ventanillas del mundo bajo las notas de un obturador: una imagen vale más que mil palabras.
La mejor faceta de Beard es la escritura de su mirada. Una catarata o una silenciosa modelo junto al colmillo de un elefante, nos muestra cómo se ajustaban ciertos tornillos en Kenia, allá por los años sesenta. Fotógrafo de lo imposible le llamaron los mejores rotativos franceses. Los italianos, en cambio, le denominaban "cacciatore di stile". O sea, un buscador. Yo lo llamaría fotografía especial : donde los límites de la palabra coinciden con decirlo todo en silencio. Por eso mismo pudo haber sido espía y artista.
A Peter le fascinó África desde los siete años, cuando visitó el Museo de Historia Natural en Nueva York. En seguida, comprendió que el Con­tinente Tenebroso era su único destino.

Kenya
Conrad hacía el mismo botamen iconográfico, sólo que con cazadores en la tertulia del piojo del progreso o con los nativos sedientos de una bala. La vida se presenta como un biombo cuya cata no acaba dilucidando nada entre verdad y mentira. Beard sabe captar ese guiño y su dedo sobre la Nikon también.
Alelado por Karen Blixen, por Picasso y sobre todo por Francis Bacon nos seguirá presentando su perfil de la impostura tras una cámara fotográfica. Otra óptica de Beard se mide en la aventura de las discotecas, la jet society y, un largo etc de perso­najes desde Jackie Onassis a espectaculares mode­los colgadas de su brazo, pasando por su entraña­ble copiloto de copas Mick Jagger. Mundano, gentil y con mapa en blanco en todas partes del globo terráqueo, nos sigue mandando sus imáge­nes. La dualidad de este personaje siempre nos va a asombrar con las cerillas de su ojo mecánico.

Diario (collage) 1984
Peter fue, es y seguirá siendo un fascinado, un aventurero, un curioso de perderlo todo. Por eso mismo, África le cautivó "lo más gracioso es que cuando ocurrió el accidente ni siquiera estaba trabajan­do", recuerda. "Me encontraba con unos amigos en el Ma.r.rari Park, cuando decidimos aproximarnos a una manada de 20 elefantes".
Pero ese día le tocó la lotería y, un paquider­mo le dio unas cuantas volteretas. Sus porros en la mesa del desayuno, le mecerán después en la refle­xión de marchar de África, lenta pero definitiva­mente. "Es ridículo quedarse allí, es una batalla per­dida". Nuestro vividor contaba los granos de arena del desierto, despacio y hasta el como Sherezade. África, su pasión, quiem conocemos, aprendemos que no se camina= escucha o se ve.
África es una llave humana sin mares embai­dosados, que el viejo Peter sabe concertar coma <4 ojo en la manzana de Guillermo Tell. No exis= definiciones posible para este tipo de mares, comD tampoco existen definiciones para su estilo de vida y las viñetas del mundo, que con sus guiños na enseña: podría haber hecho cualquier fotografía de Saint-Exupery en alguno de sus vuelos de noche.
Peter es capaz de eso y más. Peter no tiene lími­tes con el silencio de la muerte. Peter dispone de op clínico con la vida y, por añadidura de talento.
Beard es un hombre de mil caras. Eso sí, con sus sandalias africanas y con sus pantalones de pintor de brocha gorda. Un personaje inventado, mitad Tar­zán, mitad Byron.
Cuando uno ama el entorno y lo va descubrien­do, como Peter en África, pese al dolor de tener que irse; la ausencia no tiene objetivo. Y, sea en el Con­tinente que sea, no tiene color.
Además la vida ya no tiene Infierno, lo dijo el Papa. África nos salva de quedarnos sin nada.
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