A veces es bueno detenerse un instante para intentar recordar minuciosamente
algo a lo que en su momento no pudimos prestar toda la atención que
hubiéramos querido. Sobre todo cuando lo hacemos para recordar algo
tan vinculado a la fugaz actualidad, pero al mismo tiempo tan a su vez cargado
de memoria, como lo es una exposición. Afortunadamente de ésta,
Arte y Poesía, nos queda un excelente catálogo que nos permite
ponderar en todos sus matices la exquisita sensibilidad con la que José
María Díez Borque, comisario de la exposición, supo
recrear, para nuestro deleite, pero también para dar "materiah
a nuestra meditación, aquel siglo que fue llamado de oro.
Pluma y espada. Vencer y convencer. Entregarse y conquistar. Ya en las
primeras líneas de su prólogo al catálogo de la exposición,
el Presidente de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, don
Luis Miguel Enciso Recio, nos dejaba ver que El amor y la guerra en el
Renacimiento tenía como protagonista o inspirador principal nuestro
más cumplido ejemplo de caballero, soldado y poeta. "La vida
de Garcilaso de la Vega, un caballero toledano, amante de la guerra,
impulsado a ella por desprecio de la muerte y por amor a las grandezas de
su patria, tiene una relación íntima con su obra. El
amor y la guerra, escribe en un bello libro Manuel Altolaguirre, eran
sus fines, y en estos dos reposos cifraba sus ansias. El sueño de
la muerte y los sueños de amor le aguardaban, y "tomando ora
la espada, ora la plumah, dibujó una de las vidas más hermosas
y atrayentes de su época. Almado y amado, Garcilaso de la Vega enlazó
sus versos con sus acciones, de forma que éstas eran, respecto de
aquéllas, hermanas en belleza, y sus versos como grandes victorias
Por supuesto, Garcilaso de la Vega no era el único soldado poeta
del período abarcado por esta exposición; un período
que, aunque como decía don José Alcalá-Zamora y Queipo
de Llano, se le podría dar como inicio "la fecha española
de 1492, con toda su significación, todavía hoy incumplida,
de diálogo y entendimiento planetarioh, y como término la
muerte de Felipe II en 1598, en realidad, parece más bien iniciarse
en la conversación que, en 1526, en Granada, ciudad a la que se había
trasladado la Corte tras las bodas de Carlos V con Isabel de Portugal, mantuvieron
dos hombres, el poeta barcelonés Juan Boscán y Andrea Navagero,
el embajador veneciano. Conversación decisiva para la historia de
la poesía española, en la que el veneciano convenció
al poeta de que debía probar a hacer "en lengua castellana sonetos
y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia; y no solamente
me lo dijo así livianamente, mas aún me rogó que lo
hicieseh.
Y es sólo seis años después de esta conversación,
en 1532, cuando, a causa de una romántica, triste y desgraciada historia
de amor, Garcilaso de la Vega es desterrado a Nápoles. Allí
entra en contacto con los miembros de la famosa Academia fundada por el
humanista Pontano, Bembo, Minturno, Tansillo y Bernardo Tasso. El poeta
escribiría lo mejor de su obra en Nápoles, donde permanecería
hasta 1535, si se exceptúa un rápido viaje que realizó
en 1533 a Toledo, su ciudad natal, y otro que le llevó a Aviñón,
ciudad a la que fue para visitar la tumba de la Laura de Petrarca, pues,
como dice Alberto Blecua, "los humanistas eran turistas exquisitosh.
Desde allí el poeta escribiría a su amigo Boscán (Epístola
a Boscán vv 83-85): Doce del mes de octubre, de la tierra/ do
nació el claro fuego de Petrarca/ y donde están del fuego
las cenizas.
Pero lo verdaderamente fantástico de exposiciones como ésta
es, evidentemente, que nos permiten contemplar y estimar al mismo tiempo
muchos y muy diferentes elementos y objetos de la época que están
relacionados con el tema propuesto. El progreso y perfeccionamiento durante
las últimas décadas de las técnicas expositivas, al
mismo tiempo que ha ido creando una mejor comunicación entre las
instituciones implicadas, facilitando y agilizando la cooperación
entre ellas y el préstamo de las obras que cada una de ellas conserva,
ha ido permitiendo la elaboración de discursos expositivos cada vez
más ricos, didácticos y lúdicos.
Culminación del largo y paciente esfuerzo realizado por un equipo
de investigadores, que además se apoyaba en el constante trabajo
de muchos otros, bibliotecarios, restauradores, estudiosos, etc. (como hace
evidente la larga lista de ciudadanos e instituciones a los que en el catálogo
se les agradece su colaboración), Arte y Poesía: el amor
y la guerra en el Renacimiento estaba dividida en cinco grandes apartados:
I. Mujer-hombre: Canon de perfección (El cuerpo desnudo. La dama.
El caballero); II. El placer de los sentidos (el oído: la música;
el gusto: el banquete; el olfato: flores y aromas); III. El amor: omnia
vicit amor (formas y conceptos del amor; la bella naturaleza: lugar
de amor y de huida); IV. La guerra (elogio de Carlos V; elogio de Felipe
II; la guerra); y V. Parnaso renacentista español (los poetas: ecos
clásicos, ecos italianos, ecos hispanos, ecos bíblicos). Y
para ilustrar todas y cada una de estas facetas muchas y muy maravillosas
obras de arte. Por supuesto, las impresionantes estatuas funerarias de Garcilaso
de la Vega y su hijo, de autor anónimo del siglo XVI, ocupando, como
si dijéramos, el corazón de la exposición. Pero a su
alrededor los retratos de damas de Tintoretto y en lugar privilegiado la
escultura de Leone Leoni, representando a la emperatriz Isabel, todo ello
procedente del Museo del Prado. Y evidentemente el famoso Retrato de
una mujer joven llamada "la Bellah, prestado por el Museo Thyssen-Bonermisza,
o los muy eróticos tres lienzos de Paolo Flammingo procedentes del
Kunsthistoricaes Museum de Viena. Armaduras y armas procedentes del Museo
del Ejército. Tapices del Palacio Real. Cuadros y grabados representando
batallas, algunos de ellos, como los excelentes grabados de Hans Schaufelein
o Leonhard Beck que forman parte de El triunfo de Maximiliano, procedentes,
como el conocido Adán y Eva o los menos conocidos Apolo
y Diana y Las cuatro mujeres desnudas o las cuatro brujas de
Durero, de los ricos fondos de la propia Biblioteca Nacional. De donde también
procedían, lógicamente, los ejemplares de primeras ediciones
de las obras de los principales poetas del período: Boscán,
Garcilaso, Hurtado de Mendoza, Timoneda, Fray Luis de León, Fernando
de Herrera, etc., los de los numerosos autores clásicos editados
durante el período o los preciosos ejemplares de las obras de los
humanistas italianos.