Hay muchas razones para venir a visitar este museo de Zúrich. Por supuesto, porque aquí está presente mejor que en ningún otro lugar la pintura suiza y su historia. Pero sobre todo, porque aquí está muy presente -lógicamente, puesto que son pintores suizos- la obra de algunos artistas excepcionales, Johann Heinrich Füssli, Arnold Böcklin y Ferdinand Hodler, que hacen evidente con sus obras el fascinante proceso que vivió la pintura centroeuropea desde el romanticismo a las vanguardias. Así, por ejemplo, qué reveladora es a este respecto la particular respuesta que dio Johann Heinrich Füssli al propósito romántico de crear una estética genial al servicio de lo fantástico y sublime. Y este museo conserva la más importante colección de obras de Füssli del mundo, con veinticuatro cuadros y seiscientos cincuenta dibujos, lo que le convierte en una cita obligada para todos los admiradores de este singular artista.
En cuanto a Arnold Böcklin, no hay que olvidar que encargó al arquitecto Georg Christian, profesor en la Politécnica de Zúrich, la construcción de un taller en Hottingen, sobre las colinas que bordean el lago de Zúrich, y que vivió en esta ciudad desde finales de 1884 hasta 1892. Y por supuesto que su célebre y jocoso sátiro de velludas patas tocando la flauta de Pan se convirtió en una imagen emblemática del Art Nouveau, un movimiento que de alguna manera preludiaba la obra de este fascinante pintor.
Con sus ensoñadores paisajes poblados de criaturas fantásticas; siempre empeñado en expresar la oscura realidad interior, agitada por las fuerzas fundamentales de la naturaleza y de la vida, por las angustias y las esperanzas arquetípicas, Arnold Böcklin es uno de los padres espirituales del movimiento simbolista, pero al mismo tiempo es algo más, algo que anuncia ya el uso que de estos temas harían algo más tarde las vanguardias.
Por último Ferdinand Hodler, que tras haber creado una obra realista importante, emprendió hacia 1890 un nuevo y poderoso estilo que también le conduciría hacia la vanguardia del simbolismo.
A estos tres artistas, sin duda fundamentales, hay que añadir algunos otros pintores suizos importante y conocidos, como, por ejemplo, Félix Valloton, vinculado con el movimiento de los nabis, y evidentemente Giovanni Giacometti y su hijo Alberto Giacometti (de quien el museo guarda ciento cincuenta esculturas, veinte lienzos y numerosos dibujos), y algunos otros, menos conocidos, pero no carentes de interés, como Albert Anker, Frank Buchser, Robert Zuñid o Stückelberg, por citar algunos de ellos.
Pero también ofrece este museo la posibilidad de descubrir algunas rarezas "exquisitas" relacionadas con este movimiento tan fecundo que agitó el romanticismo suizo, como los deliciosos gouaches de Salomón Gessner, un curioso erudito que fue librero en Zúrich durante la Ilustración, autor de poemas bucólicos y epopeyas pastorales, pero, sobre todo, creador de maravillosas estampas en las que se revela un precursor de la pintura de paisajes idealizados y a quien se considera un antecedente de Böcklin y su fascinante universo panteísta.
Por supuesto, además de estos pintores, el museo tiene una rica colección del arte suizo en general, que se inicia con algunos espléndidos retablos de altar del siglo XVI. Los pintores suizos del gótico tardío firmaban sus retablos dibujando claveles blancos y rojos. El museo conserva obras de los cuatro maestros más importantes de Berna y Zúrich y los cuatro grandes paneles del altar de San Miguel, atribuidos a Hans Leu el Viejo. Y también es importante tanto su colección de pintores de la edad de oro de los Países Bajos, del barroco flamenco e italiano o del settecento veneciano, como su colección del Impresionismo y Post-Impresionismo francés, con obras de Manet, Monet, Cézanne, Van Gogh, etc., como lo es su colección de pintores del expresionismo nórdico: Edward Munch (con obras como Winternacht que hacen evidente sus vínculos con Füssli y Hodler), Oskar Kokoscha, Max Beckman, Kirtchner, etc. El Kunsthaus de Zúrich cuenta además de excelentes ejemplos de Picasso, Mondrian, Klee, Chagal (una sala del museo le está dedicada), de los pintores surrealistas, Dalí, Miró, Max Ernst, y una interesante colección relacionada con el movimiento Dada, como se sabe nacido en esta ciudad. Finalmente, entre los representantes del movimiento Concreto de Zúrich hay que destacar a Max Bill y Richard Lohse, que integraban procedimientos matemáticos en la creación de sus obras, y a Verena Loewensberg y Camille Graeser, que utilizaban procedimientos más intuitivos.
En definitiva, como decíamos, el Kunsthaus de Zúrich es un museo que guarda un importante tesoro.