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Álbum. Letras y Artes 96 Álbum. Letras y Artes

Clasicismo y Revolución

por Joaquín Lledó
Álbum. Letras y Artes nº 96, Primavera 2009

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CLASICISMO Y REVOLUCIÓN
 
A mediados del siglo XVIII, no sólo la ciudad de Roma, sino Italia entera se convierte en un gigantesco atanor donde se van fraguando los fundamentos de un nuevo estilo que va a revolucionar el mundo del arte, el neoclasicismo. Entre diciembre de 1749 y septiembre de 1751 Abel François Poisson de Vandières, marqués de Marigny, hermano de la amante de Luís XV, la famosa madame Pompadour, y desde muy joven nombrado responsable de la pinacoteca real, realiza, en compañía del grabador Charles Nicholas Cochin, el arquitecto Jacques-Germaine Soufflot y el erudito abad Leblanc, un viaje por Italia que va a tener una enorme importancia para la evolución en Francia de las artes y el estilo. Pero evidentemente este fenómeno no sólo atañe a los franceses. Los ingleses han convertido a la Ciudad Eterna en meta obligada de su famoso Grand Tour y en Roma vive entre otros muchos británicos el pintor y arqueólogo escocés Gavin Hamilton. En 1751 se instala en Italia el pintor alemán Antón Raphael Mengs. Y en 1755 lo hace Joachim Winckelmann, que se convertiría en bibliotecario de un célebre coleccionista italiano, el cardenal Alessandro Albani, y, sobre todo, en el autor del más famoso texto de referencia del nuevo fenómeno, Réflexions sur l'imitation des oeuvres grecques en peinture et en sculpture.
En cualquier caso, aunque sería exagerado pensar que el interés por la Antigüedad y por los vestigios de la República Romana jugase un gran papel en el desencadenamiento de los acontecimientos que conocemos como la Revolución Francesa, es evidente que el nuevo arte impregnado de referencias al mundo antiguo aportó a esta revolución numerosos elementos estéticos que vinieron finalmente a moldear su imagen.
Jacques Louis David, el pintor más importante y representativo del periodo neoclásico nació en París el 30 de agosto de 1748. Tras unos primeros estudios en el taller de François Boucher, David asistió a los cursos que impartía Joseph-Marie Vien en la Academia de Pintura y Escultura, entonces situada en lo que hoy es el Louvre. En 1774, tras ganar el Premio de Roma, David viaja a Italia, donde permanecerá cinco años y donde seguirá recibiendo la influencia de Vien, que ha sido nombrado director de la Academia de Francia en Roma.
Las obras de Joseph-Marie Vien de este periodo eran ya el perfecto ejemplo de ese gusto por lo antiguo que se había ido imponiendo y su cuadro La mercader de amores en el tocador de damas, pintado en 1763, había alcanzado una gran notoriedad. Ello se debía en parte a que el artista se había inspirado en un fresco descubierto poco antes, en 1759, en una pequeña localidad napolitana llamada Gragnano, que había sido grabado por Nolli que le incluyó en el tercer tomo de su célebre Pitture antiche d'Ercolano.   
Pero si Vien aplicaba sobre todo la estética neoclásica a las escenas de género, muy pronto los pintores de historia comenzaron a crear obras cuyo dramatismo restituía la visión de una Antigüedad virtuosa y al mismo tiempo violenta. De su mano la pintura francesa de este periodo tiende hacia una dramatización que se pone al servicio, no sólo de una depuración estética antibarroca, como hace en este mismo periodo la arquitectura, sino también de una renovación de la moral cívica. A partir de 1760 las composiciones se hacen más rígidas y teatrales; algunas se inspiran en los bajorrelieves antiguos, otras en los lienzos de Poussin. Pero es con la generación de los alumnos de Vien, Jacques Louis David, Jean-Baptiste Regnault o Jean Joseph Taillasson, que el neoclasicismo triunfa y revela una profunda relación entre los ideales antiguos representados con una iconografía a menudo trágica y las aspiraciones reformistas de los hombres que muy poco después van a hacer la Revolución. Quizás por ello su arte no es simplemente esa visión serena  de "noble simplicidad" propuesta por  Joachim Winckelmann, fascinado por el Apolo del Belvedere, sino también lo que algunos autores han llamado un néoclassicisme horrifique, es decir, un neoclasicismo impregnado de aspiraciones ya románticas, es decir, impregnado de una visión sublime de la historia, de una violencia expresiva. Así, por ejemplo, el lamento de Hero delante del cadáver, demasiado "plásticamente correcto" de Leandro en el famoso cuadro de Jean Joseph Taillasson es de esencia romántica, aunque el tema y los cánones sean propios a la cultura clásica.
En definitiva, con la llegada a la madurez de la generación que liderará David comienza a cultivarse el exemplum virtutis, convertido en el símbolo del rechazo del sensualismo vacío y decadente del estilo rococó que les había precedido. Los héroes dan su vida por la patria, por los valores de la antigua república romana. La carrera de David refleja perfectamente esta evolución, del Retrato del conde Stanislas Potocki, de 1781, al Marat asesinado y a Las Sabinas, de 1793 y 1799 respectivamente. Lentamente ese impulso hacia un mensaje moralizador y cada vez más radical se va convirtiendo en un discurso más y más politizado. Y uno de sus cuadros más famosos, El juramento de los Horacios, aunque pintado antes de la Revolución, en 1784, será visto años después como una premonición profética de los tiempos que se anunciaban. Algo que también sucederá con otro de sus lienzos, Los lictores trayendo a Bruto el cuerpo de su hijo, pintado el mismo año en que se iniciaron los acontecimientos, 1789, y representando al héroe romano que no dudó en condenar a muerte a sus propios hijos que conspiraban para restaurar la dictadura.
En 1789 el mundo artístico es agitado por un viento de contestación de las jerarquías y los privilegios. Y David, el artista más representativo de las nuevas corrientes, se implica, no sólo en este movimiento cultural, sino también en la política propiamente dicha. Así, tras recibir el encargo de un lienzo titulado El juramento del Jeu de paume, representando el momento en que los 557 diputados del tercer estado decidieron no separarse hasta haber dotado al país de una Constitución, finalmente, en septiembre de 1792, el pintor es elegido como miembro de la Convención. Por supuesto, David no es el único artista que se implica en el proceso revolucionario. También lo hacen muchos otros, por ejemplo, Jean-Baptiste Regnault, que pinta en 1795 un cuadro emblemático, La Libertad o la Muerte, o, por citar algún otro, François Gérard, famoso por su Psique y el Amor, pero que también fue autor de un cuadro titulado El pueblo francés pidiendo la destitución del tirano en la jornada del 10 de agosto.   
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